Albus Dumbledore condujo a Newt Scamander a través de las puertas de Hogwarts. El escarbato que el profesor había invitado a tomar el té caminaba junto a ellos olfateando, distanciándose cada tanto para alzarse en sus patas traseras y levantar la nariz.
Cada piedra, cada rincón y grieta, trajo a Newt de vuelta a sus días de escuela. Sus libros, sus criaturas rescatadas y Leta.
—Es bueno estar de vuelta— dijo Newt, mirando todo lo que le era tan familiar con cariño y nostalgia. Observó los grabados en madera en la puerta que solía trazar al pasar por los pasillos y las escaleras móviles con las que tropezaba en su camino a clase.
—Podrías enseñar aquí, lo sabes. Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas está pensando en jubilarse— propuso Albus. Newt levantó las cejas en un momento de consideración.
—No sé nada de eso. — contestó sonrojado. Dumbledore sonrió. Sabía que tal vez era pedirle demasiado luego de recordar lo del Boggart.
—¿Demasiado trabajo de escritorio, entonces?
Newt también sonrió. —No, eso no. Simplemente no soy bueno con... los niños humanos. —Dumbledore se rió entre dientes, inclinando la cabeza para reír.
—Está bien, entonces. —asintió—. Seguramente, ¿nos dejarás usar tu libro en clase?
Newt y Dumbledore comenzaron a subir las escaleras hasta el tercer piso. Los retratos por los que pasaron le dieron a Newt una punzante sensación de nostalgia.
—¿Mi libro?
—Animales fantásticos y dónde encontrarlos . —combinó Albus de inmediato. —Una lectura interesante y un fantástico material de libro de texto —Los ojos de Newt se dilataron.
—Sí, eso sería excelente. Sería un honor para mí, profesor. Gracias.
—No hay de qué agradecer, Newt. En realidad es un gran aporte. Podría apostar que nadie conoce mejor las criaturas que tú. Sin que me escuche el profesor Kettleburn o dudar de sus capacidades, por supuesto —murmuró confidencialmente, a lo que ambos volvieron a sonreír.
Finalmente llegaron al salón de clases de Defensa Contra las Artes Oscuras donde Newt entró primero. Inmediatamente encontró su viejo escritorio y pasó sus dedos por él. Levantó la tapa. Entre innumerables iniciales y corazones, un pequeño bowtruckle yacía tallado en la esquina. Newt le sonrió por un momento antes de mirar a Picket, guardado en el bolsillo de su abrigo. Dumbledore contemplaba con atención el salón.
—Aquí arriba—dijo Dumbledore, subiendo las escaleras hacia su oficina privada. Newt lo siguió y cerró la puerta detrás de él.
Alrededor de la habitación había todo tipo de curiosos instrumentos mágicos. Sin embargo, lo más notable fue un cuenco de metal poco profundo que flotaba unos centímetros por encima del escritorio de madera. Acercándose a él, Dumbledore miró fijamente su contenido inquietantemente brillante.
—Eso es un pensadero— exclamó Newt, sorprendido de que Dumbledore hubiera podido entrar en contacto con un objeto así.
—Sí, lo es. —afirmó—El director Dippet me ha permitido usarlo en ocasiones. —Dumbledore lo miró por un momento antes de volverse hacia Newt. —¿Te gustaría ese té que te prometí?— preguntó Dumbledore amablemente.
—Sí, gracias— dijo Newt, volviéndose para recoger al escarbato, que ya había comenzado a arrebatar varias baratijas.
Ya había una tetera en un estante cercano, todavía calentada por arte de magia. Dumbledore sirvió tres tazas, colocando una suavemente frente al escarbato, que Newt había dejado sobre el escritorio, apartando objetos del camino, y con el movimiento se dejó entrever el dial del Pacto de Sangre.
—Creí que ya lo había destruido, Señor — dijo Newt casi quemándose la lengua. Estaba sorprendido y confundido porque el Dial aún estuviera en su posesión. —Necesitamos destruir el pacto de sangre. Eres el único que puede ayudarnos a derrotar a Grindelwald.
Dumbledore sacó dicho pacto de su bolsillo y lo balanceó como un péndulo. De ida y vuelta, de ida y vuelta. Tomó un largo sorbo de su té y volvió a colocar la taza vacía en un estante con otra porcelana.
—No puedo.
—Sí, por el pacto— Newt Sea apenas tocó el té nuevamente e hizo un gesto hacia el colgante que aún se balanceaba. —Ustedes juraron no pelear entre ustedes. Por eso tenemos que destruirlo.
Dumbledore dejó escapar una risa por lo bajo y recogió el objeto plateado, clavándolo en su palma izquierda. Lo miró por un momento y le dedicó la más breve de las sonrisas.
—Eso no es... todo. —Dumbledore dijo mientras metía el colgante de plata en su bolsillo y miraba a Newt.
—¿A qué se refiere?— preguntó Newt, algo distraído. El escarbato intentaba robar el asa de su taza de té, que estaba decorada con remolinos dorados. Newt suspiró y lo levantó, colocándolo en su bolsillo derecho. La nariz y los ojos del escarbato sobresalían de la tela azul marino.
Entonces, Dumbledore caminó hacia el Pensadero y sus misteriosas aguas. Newt paseó junto a la mesa, rozando su espalda contra la fría pared de piedra, y dio un paso hacia el profesor. Dumbledore agarró los bordes del escritorio y miró a Newt con un brillo travieso en los ojos. —¿Alguna vez has usado uno de estos antes?— preguntó, refiriéndose al Pensadero.
—No, señor.
Dumbledore asintió y tomó su varita de su escritorio y apuntó a su sien.
—Profesor, no estoy seguro de que-- Newt cerró la boca cuando vio una sustancia plateada brillante escapar de la cabeza de Dumbledore.
Con un rápido movimiento de su varita, la sustancia extraída cayó con gracia en el Pensadero. El líquido brillaba más intensamente en el interior y vagas imágenes revoloteaban por la superficie. Newt contuvo un pequeño grito ahogado.
—Pon tu cara justo por encima del agua— instruyó Dumbledore. Newt lo miró inquisitivamente.
—¿ Perdone?—dijo Newt, pero Dumbledore no dijo nada más. Simplemente hizo un gesto hacia el Pensadero de nuevo. Newt se rindió y contuvo la respiración, sumergiendo su cabeza más allá de la superficie del agua.
De inmediato la imagen de un Dumbledore adolescente apareció corriendo al encuentro en un pequeño establo.
—
"Albus se sonrojó ligeramente, y no hizo más que disculparse, aunque al fin ya estaba ahí. Bastaba solamente su presencia para que su expresión se alimentara de felicidad casi culpable.
— No tuve mayores inconvenientes esta mañana — respondió bajando la mirada— Solo que debía preparar el desayuno para Ariana. Ella es quien más me preocupa cuando me ausento, pero lo nuestro lo estudié y repasé bastante con tiempo–. Aseguró el mago, levantando la vista hacia el contrario de manera fugaz e inquieta, comenzando a despojarse del saco que traía puesto para arrojarlo a paja.
— Solamente las varitas —asintió y repasó con voz firme y clara las indicaciones —una vez tengamos nuestras varitas en posición, debemos márcanos con ellas la palma de la mano hasta formar una pequeña herida sangrante. Luego entrelazamos nuestras manos a la altura de nuestras cabezas como muestra de convicción al acto y murmuramos el uno al otro nuestros deseos de forma íntima, en silencio, para que la unión se compacte en una sola. — terminó de explicar y extrajo su varita del bolsillo y dio unos pasos hacia Gellert de manera cariñosa y paciente — ¿Se comprende? Necesitamos la máxima concentración e intensión en esto... —sus últimas palabras resonaron de modo determinante. Después de realizar ese pacto no había marcha atrás en la vida de ambos.
En breve, darían inicio a su compromiso. Albus vislumbraba en su destino únicamente amor, grandeza y esperanza. Tenía ansias de dejar ya todo atrás y por fin, por fin, ir juntos lejos para convivir el resto de sus vidas. Sus sentimientos hacia él eran verdaderos y estaban ahí, invariables, inmortales. Dándole fuerzas para soportarlo todo. El destino o algo mayor les esperaba; se ataba y se enredaba entre ambos, formando nudos imposibles de romper. Llevaba mucho tiempo con el corazón traspasado por ese sentimiento.
Los azulados ojos del mago penetraron con calidez en la mirada del contrario, entretanto la sincera expresión alegría en su rostro era todo lo que azoro en él profundamente.
—Si vamos a trabajar juntos, no debemos lastimarnos ni volvernos el uno contra el otro— las palabras de Gellert resonaban del aquel entonces resonaban como un eco en la oficina como una profecía. Mientras que el incauto Albus adolescente oía cada palabra con sublime paciencia y devoción, atesorando cada una de ellas como si quisiera inmortalizar de memoria sin perder de sus recuerdos sus gestos y el tono en que las decía. Quería conservar cada verbo de su juramento.
El mago esperó fervientemente su turno con inevitable nerviosismo. Sus ojos se dirigieron hacia su acción en su propia mano mientras con la varita se provocaba una pequeña herida, y no reparó en soltar un pequeño jadeo de dolor como si fuera el mismo quien se lo provocara.
El joven Dumbledore se dispuso a hacer lo mismo en la suya con su propia varita y recitó en ese momento parte del juramento.
—Prometo amarte siempre ante cualquier adversidad que se nos imponga. Ser tú compañero, amante y velar por ti como si fuera yo mismo. — sus labios se entreabrieron ligeramente ante el evidente dolor de la herida y de ella surgieron unas gotas de sangre.
Ahora sangrando, ambos entrelazaron sus manos en una unión que sellaba sus gotas de sangre. Albus se dispuso a cerrar los ojos lentamente, mientras Gellert hizo lo mismo solo por unos instantes mientras verbalizaban unas palabras en latín.
"Semper et in aeternum"
De sus palmas, se elevaron dos brillantes gotas de sangre en el aire, que se mezclaron ante sus ojos y se fusionaron para crear una sola. De ella comienza a formarse una forma metálica alrededor de la gota, volviéndose más definida e intrincada. Es el vial de Gellert y luego el de Albus".
De pronto, ahogados por el momento ambos magos se apartaron del pensadero, Newt congelado por la pequeña visión, quien sólo reaccionó alertado por los jadeos de dolor de Albus. Él dial en su mano parecía querer estrangularle.
—¡Profesor! ¡Profesor Dumbledore!
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Los Secretos de Dumbledore
FanfictionTodos los escritos son de mi propiedad. No copie o se inspire en ellos.
