Capitulo 2.7

6 0 0
                                        

Albus Dumbledore así mismo se percibía como alguien diferente, extraño desde el primer día de su educación en Hogwarts e incluso antes, pero ser diferente al contrario de lo que crees, estimado lector era marcar la diferencia. Ser auténtico.

Todo ese autodescubrimiento habia iniciado desde que comenzó a leer a temprana edad. Devoró todos los libros que pudo encontrar. Se convirtió en un experto en una variedad de disciplinas y temas mágicos incluso desde antes de ingresar a estudiar a un colegio. Le gustaba leer más que los otros niños del lugar donde vivía; quienes preferían jugar al aire libre en lugar de leer o aprender sobre invenciones y descubrimientos mágicos. Desde ya tenía conocimiento de que era anormalmente inteligente, que podía llegar a ser cualquier cosa si se lo proponía, pues la magia y el encanto residía en él, y tan sólo él podía engrandecerla o apagarla.

A pesar del hecho de que Albus sabía que era increíblemente bueno, había algunos lugares donde Albus se consideraba a sí mismo como alguien promedio en habilidades sociales. Razones quizá porque no compartía mucho y prefería leer, el niño no era un estudiante muy popular entre los suyos, pero tenía un par de amigos cercanos y algunos conocidos. Pero esto no le desanimaba y en cuanto a su físico, estaba conforme con lo que consideraba "su envoltura".

Una vez que la pubertad llegó a las niñas alrededor del primer y segundo año, notó que todas ellas se obsesionaron con su apariencia. Comenzaron a experimentar con su cabello, con maquillaje y cosas por el estilo. En cambio los niños, comenzaron a preocuparse por su apariencia alrededor del tercer y cuarto año, pero de una manera diferente. Estaban acomplejados por ser altos y tener una voz profunda. Querían parecer atléticos incluso cuando no lo eran. Albus era alto para su edad y tenía una voz profunda, pero no creía que se viera tan guapo. Él tampoco era consciente de eso. Pero había un área en la que Albus estaba por debajo del promedio o, al menos, un desarrollo tardío.

Elphias Doge comenzó a hablar de niñas en su tercer año. Le hizo esos comentarios a él y no a su otra amiga, una chica llamada Griselda. Los comentarios de Elphias eran en su mayoría lo que Albus consideraba "apropiados para la escuela". Pero había oído otros comentarios en el dormitorio de los chicos que no eran del todo apropiados. Los otros chicos estaban todos hablando de chicas como si estuvieran sintonizados con una temporada de apareamiento.

Cuando se trataba de la atracción por el sexo opuesto, Albus se sentía muy por debajo del promedio. Aún no sentía que había despertado ese interés en él como en los demás, por lo que en varias ocasiones fue un poco incómodo seguir las conversaciones cuando sus intereses eran otros.

Una vez durante la Navidad, su madre había tratado de hablar con él. Ella le había preguntado si él y Griselda estaban juntos. Albus se había reído y le había dicho a su madre que no. Por supuesto, Aberforth había escuchado el intercambio de palabras y a pesar de que tenía la boca llena de papas no tardó en comentar:

— Si Albus va a tener una relación romántica con alguien, será con Elphias.

Albus estaba acostumbrado a que Aberforth se burlara de él y hiciera bromas a su costa, pero eso no evitó que sintiera que se sonrojaba de inmediato. Su madre le hizo callar la risa con la chancla.

—¿Con cuántas chicas has estado en una relación, Abe?— respondió Albus tranquilamente.

—Cero, y eso es aún más que tú porque ese jugador de Quidditch de Ravenclaw que siempre te atrapa boquiabierto en cada partido no cuenta.

—¡Está bien, eso es suficiente! — su madre había dicho enojada.

Pero era demasiado poco, demasiado tarde. Se sentía demasiado humillado. Y no porque pensaba que amar a alguien del mismo sexo fuera algo inaceptable, sino que él mismo no se había dado cuenta y por poco su madre creería y tendría problemas reales. Aunque él era de pensamientos abiertos, sabia que su madre era más errática en cuanto a esas relaciones y también lo era su hermano.

Albus había dejado la sala de estar para retirarse a su dormitorio. Su madre finalmente le siguió y entró en su habitación para darle una charla acerca de que él quizá floreceria tarde, lo cual era igual de humillante. ¿Por qué todos pensaban únicamente en el amor en pareja?, ¿cuál era la necesidad? Aunque quizá muy en el fondo, sabía que estaba lejos de sentir algo amoroso o sexual hacia una chica. Aún así, se repetía a sí mismo que cuando fuera el momento adecuado, alguna chica estaría interesada en él y él también se sentiría atraído por ella. Después de todo la oportunidad simplemente nunca se había presentado todavía.

Con el pasar de los días, Albus había hecho todo lo posible por olvidar esa Navidad, pero eso era lo que tenía en mente dos noches antes de que los estudiantes de Hogwarts regresaran a casa para las vacaciones de Navidad.

Mientras Albus, de dieciséis años, caminaba por los pasillos, trató de pensar en otras cosas. Al día siguiente era su último día completo en Hogwarts hasta después de Año Nuevo. Entonces sería el momento de volver a casa. Era tarde en la noche. No podía dormir, pero él sabía que para ser honesto, realmente no quería irse a casa en un par de días, porque el hogar siempre se sentía como un viaje de culpa. Amaba a su familia, a pesar de que a veces quería estrangular a Aberforth. Sin embargo, tener que mirar a Ariana y sus luchas diarias siempre lo hacía sentir muy mal. Se suponía que Albus en ese día fatal la estaba observando cuando esos terribles muggles la secuestraron y le hicieron esas cosas horribles. Se había distraído y se había olvidado de ella.

Era una vieja herida, pero Albus aún podía sentirla cuando estaba en casa. Había tratado de decirse a sí mismo que solo tenía diez años en ese momento, ni siquiera lo suficiente como para ir a Hogwarts, pero la culpa dentro de él todavía se retorcía cada vez que sentía que Ariana lo miraba. Él no tenía la relación que Aberforth tenía con Ariana porque no podía. Una conciencia culpable le impidió eso. Sabía que Ariana en realidad no lo culpaba, pero a veces se sentía como si lo hiciera.

Dejó de caminar y entrecerró los ojos en la penumbra. Había oído pasos y quería saber de donde provenian. Encendió la luz y distinguió la silueta de una persona que no tardó en asomarse.

—Hola Albus — saludó suavemente, como si fueran los mejores amigos. A pesar de que ya era pasada la medianoche, todavía tenía todo el maquillaje puesto y se veía impecable. La reconocía. Era su compañera de Gryffindor, pero no era Prefecta ni Premio Anual, por lo que no tenía por qué deambular por el castillo después de horas.

Albus parpadeó hacia ella. —¿Qué haces dando vueltas a esta hora de la noche?

—Yo podría preguntarte lo mismo— inquirió ella con una sonrisa tímida.

—No puedo dormir, pero yo soy Prefecto y tú no, así que deberías volver a la cama.

La adolescente puso los ojos en blanco.
—Oh, vamos, Albus— dijo ella con la cabeza inclinada. Después de todo, es Navidad.

Albus no sabía qué tenía que ver la Navidad con romper las reglas de la escuela, asi que no se dejó convencer: —Sí, pero no deberías estar fuera de la Sala Común de Gryffindor.

—Está bien —dijo, poniendo parte de su cabello castaño oscuro detrás de la oreja izquierda. —¿Vas a caminar de regreso conmigo?

Albus parpadeó de nuevo, desorientado. —¿Por qué?

Ella sonrió, mostrando sus dientes blancos. Luego se encogió de hombros. —Es un poco espeluznante por aquí a altas horas de la noche, pero él ahora la estaba examinando con gran desconfianza. Si encontraba Hogwarts "espeluznante" por la noche, ¿por qué deambulaba sola por los pasillos? Pero estaba más ansioso por deshacerse de ella que por entenderla, así que accedió a regañadientes a caminar de regreso con ella a la Sala Común de Gryffindor.

La chica caminó cerca de él, demasiado cerca. Su brazo derecho rozaba el suyo, pero cuando Albus se alejó de ella, ella se acercó a él. Caminaba con el riesgo de comenzar a chocar contra la pared, por lo que finalmente se dio por vencido y el recorrido se hacia muy silencioso e inquietante.

—Entonces...— dijo ella —¿qué es lo que haces para divertirte? Pasas mucho tiempo en aulas vacías, ¿qué es lo que estás haciendo?

—Sangre de dragón— murmuró Albus cuando el brazo de la ella rozó el suyo de nuevo. —Estoy tratando de encontrar usos para las propiedades mágicas de la sangre de dragón. La sangre de dragón es extremadamente poderosa, pero sorprendentemente infrautilizada, por lo que estoy tratando de descubrir nuevas formas en que los magos y las brujas puedan beneficiarse de ella.

— ¡Oh ! —dijo ella en lo que sonaba como interés fingido. —Eso es interesante. ¿Cómo obtienen los magos sangre de dragón de todos modos?

Albus podía sentir su cerebro latir muy lentamente. —¿Lo siento?

—Digo...Son realmente malvados los dragones. ¿Cómo lo recolectas?

Albus trató de ser amable; trató de ser comprensivo. Él creía que era importante ser amable con todos, y que había todo tipo de personas diferentes con sus propias fortalezas y debilidades, pero la palabra estúpido se abrió paso en su mente sin darse cuenta.

—Los aturdes— respondió Albus lo más pacientemente posible. —Múltiples brujas y magos los aturden al mismo tiempo.

—Correcto— asintió, sonando como si realmente no le importara. Albus se preguntó brevemente si ella se había resbalado y golpeado su cabeza contra algo y estaba sufriendo una conmoción cerebral. O tal vez ella había estado disfrutando de una bebida alcohólica esta noche pues la conversación no tenía ningún sentido y ella parecía muy fuera de sí. Pero, por supuesto, no se le ocurría una forma educada de preguntarle si se había golpeado la cabeza o si había estado bebiendo, así que cambió de tema.

—¿Estás emocionado de ir a casa para las vacaciones?— preguntó finalmente.

—Oh, sí —dijo —felizmente. —No más trabajo escolar...— Entonces pareció recordar con quién estaba hablando. —Yo... quiero decir—balbuceó, —me gusta, aprender, pero a veces todo el trabajo me estresa, ¿sabes? — respondió ella.

Albus realmente no podía estar de acuerdo, pero no quería ser descortés. Él solo gruñó y luego optó por el silencio.

Habían llegado a la Dama Gorda. La notó respirar hondo y giró sobre sus talones para quedar frente a él. Estaban tan cerca, demasiado cerca, y Albus sintió que iba a caer hacia atrás.

—Eres realmente inteligente— suspiró ella mientras se acercaba aún más a él. Albus podía sentir su aliento en sus labios.

Sintió que su cerebro había dejado de funcionar y el tiempo comenzaba a pasar a media velocidad. No le gustaba ella, nunca había pensado para sí mismo que ella fuera atractiva o bonita, pero sintió una oleada de adrenalina invadirlo. Tal vez podría llegar a sentirse atraído por la chica; ella era popular de todos modos, por lo que debe tener algunas buenas cualidades, pero por alguna razón no le gustaba, no quería corresponderla y estaba nervioso. Pero por otra parte ese era el momento que los adolescentes de todas partes esperaban: Su primer beso.

El ojiazul cerró los ojos y dejó de respirar por completo, pero cuando ella presionó sus suaves labios contra los suyos, no sintió nada. Estaba congelado. La castaña empezó a mover los labios, pero lo único que sintió fue una clara sensación de anticlímax. Albus dio un paso atrás y frunció el ceño.

—No hagas eso— dijo con el ceño fruncido. Se sentía como si lo hubieran estafado de algo que debería haber sido maravilloso. No era nada como él había esperado. No sentía absolutamente nada por esta chica, y eso lo molestaba.

—¿Qué?— dijo, luciendo desconcertada.

Albus tomó aliento y se recordó a sí mismo ser amable. —Lo siento, de verdad. Es solo que... no siento nada por ti.

Ella lo miró fijamente. —¿Estás diciendo que no te atraigo?— dijo con frialdad.

—Lo siento pero no.

Un fuego se encendió en sus ojos.

—No puedes rechazarme, ¡nadie me rechazaría nunca! ¡Soy la chica más linda de toda la escuela! ¡Y tú tienes un aspecto normal !

El temperamento de Albus estalló. —Acabo de rechazarte—dijo brevemente. —Ahora vete a la cama antes de que te reporte. Que tengas una Feliz Navidad.

Echando humo y mirándose positivamente incrédula, la muchacha le gritó la contraseña a la Dama Gorda y se fue a la cama. Una vez cerrado el retrato, la Dama Gorda se echó a reír.

—Sí, muy gracioso —dijo Albus enojado, pero se encontró sonriendo. Todo parecía más divertido ahora que Albus no estaba frente a la mirada furiosa de ella. —Me alegro de que te diviertas a mi costa.

Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora