La muerte se sentía como estar en un sueño, un viaje hacia otro plano de inmortalidad. Había esperado tanto por ese momento, en el reencuentro con sus seres queridos que la vida en el otro plano les había robado y quizá solo ellos sabían cuanto remordimiento había sentido en su vida. Cuanta tristeza y culpa habían sido sus aliados en vida. Era a los únicos que necesitaba pedirles perdón por todo y tal vez permitirse al fin expresar algunas lagrimas.
¿Los vería dentro de poco? O ¿tal vez tendría que continuar esperando hasta el momento correcto? Tal vez lo último le parecía más sensato, ya que en vida lo había practicado, o tal vez cuando menos lo pensara los vería ante sus ojos.
La túnica blanquecina se deslizó por una especie de niebla brillante sin fondo que mientras mas avanzaba iba cambiando se hacia cada vez mas infinita. Albus comenzaba a sentirse mas liviano de cuerpo y espíritu. Su vida había acabado para el bien de otros y ya solo quedaba un solo camino; la libertad en el mundo mágico.
La piel en su mano media muerta sanó y recupero toda movilidad sin dejar rastros de la maldición; inclusive su caminar se volvió más agil y ya no caminaba erguido.
Risas de niños jugando, el dulce aroma a lavanda del jardín, te y galletas horneadas se tornaron en el ambiente hasta que logró ver su hogar.
—¿Mamá?, ¿Papá? — su voz de anciano se mezclo en medio del suave ruido.
Era bastante mayor para llamarlos como si fuera apenas un chiquillo, sin embargo, lo sentía tan fuerte como un adolescente. Giró con la cabeza hacia ambos extremos de pie en esa especie de limbo donde estaba su conciencia y las nubes de vapor, como lo había hecho en algún sueño sin obtener nada, absolutamente nada igual que ahora.
El mago se sintió algo confundido, pero mantuvo la calma, pues al final del camino siempre esperaba lo que estaba buscando. Sería paciente si el estar allí era como una especie de penitencia el tener que vagar sin ver a nadie. El tiempo allí era finito, no habían horas, días o meses... nada de eso se sentía... solo era él y un par de imágenes y ruidos que iban y venían como un eco.
Podia cambiarse de ropa sin prescindir de una varita, o retocar el cabello sin ayuda, solo con desearlo. Cada tanto lo hacia para hacerse parte del lugar.
De repente, escuchó el sonido de un arroyo, y el barullo de unas ovejas. Debía estar cerca de algún establo...o si era lo que estaba pensado ese no era cualquiera, sino, que era el de su familia. De inmediato, sintió dolor por ello. Aún estaba lejos de verlos en medio de ese lugar y quién sabe cuánto ya había caminado en línea recta. Sólo era él, los recuerdos, su conciencia, imágenes y ruidos extraños.
De nuevo escuchó otro ruido, el sonido de una cadena y no tardó el ver algo brillante flotando. Albus extendió su mano y sus labios se entreabrieron al ver el dial del pacto intacto...En ese momento lo tomó en sus manos con vitalidad, como si la juventud de pronto comenzara a recobrar en él. Lo tomó dentro del puño para confirmar si era en verdad tangible y cayó en cuenta de que lo era, por lo que temió que tuviera una conexión con Gellert en su celda.
Se sintió desnudo, pero no lo estaba.
No tuvo tiempo de continuar meditando cuando al fin logró ver a la niña de sus ojos aguardando al final de la vía del tren de la vida que se había acabado en un instante como un soplo. El tiempo se habia detenido en ella tal -como decían-, manteniendo conservada su apariencia juvenil tal como la recordaba. Incluso aquema magia oscura que la apoderaba la había abandonado en ese sitio.
Ariana Dumbledore le extendió sus brazos con tanto cariño que su rostro se iluminó de inocencia y corrió presurosa a abrazarlo. Albus no contuvo la alegria y la tristeza del primer encuentro y la rodeó con sus brazos, acucurandandola a su pecho, besando calidamente su cabeza una y otra vez.
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Los Secretos de Dumbledore
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