Capitulo 7.9

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 Hospital San Mungo


— ¡Quítame las manos de encima, niña! — desde el pasillo de ala del Hospital, se escuchó ĺa escandalosa voz del Auror mientras Albus asistía a visitarlo. La sanadora que estaba al cuidado estaba harta. Desde que ese Alastor había llegado a San Mungo, no había hecho otra cosa más que despotricar e intentar agredir a todo el mundo, por lo que el hombre recostado en la camilla y cubierto de vendajes, tras sacudirse en su lecho se sintió aliviado cuando vio a la mujer desaparecer y se sorprendió al ver a Albus, su amigo.

—No deberías comportarte así, Alastor. — le regañó dulcemente poniéndose junto a su camilla.

El contrario recibió de buen grado al recién llegado. Si existía una persona de la que uno podía fiarse, ése era Albus Dumbledore. Le invitó a entrar moviendo los brazos. También quiso sonreír, pero su cara no se lo permitió. Y, total, tampoco la habría visto, puesto que su rostro estaba totalmente cubierto con vendas.

—Tú no sabes la paciencia que estoy teniendo, Dumbledore. No aguanto más a esos cretinos. — maldijo el hombre. — son apenas unos críos. No me fío de ellos. ¿Quién me puede asegurar que no son mortifagos en estos tiempos? — añadió alucinando.

Albus pensó que posiblemente ellos podían decir lo mismo de él. Luego de observarle detenidamente se sentó.

—¿Cómo te encuentras?

— Bastante bien. — respondió.

Dadas las circunstancias, por supuesto. Reconoció que Alastor no estaba dispuesto a quejarse. No era ningún blandengue. Después de todo, perder un trocito de nariz no era el fin del mundo al parecer. Y la pierna perdida tampoco.

—Evan Rosier no puede decir lo mismo. — añadió con fiereza, recordando el duelo que habían mantenido, sonriendo como un loco.

—Es una pena que no pudiéramos interrogarlo —Añadió Dumbledore con suavidad.

Alastor chasqueó la lengua.

—Sé que desapruebas el asesinato, pero no me quedó más remedio.

—No me cabe la menor duda.

Posiblemente era sincero. Albus sabía muy bien que Alastor no era de los que iban matando por ahí, pero a veces había que hacer lo que había que hacer.

—¿Han encontrado algo entre sus cosas?

Albus negó con la cabeza.

—El señor Rosier era un hombre muy cuidadoso. Sin duda, Voldemort ha perdido un buen aliado.

—Mejor para nosotros.

—Sin duda.

Alastor se sintió un poco incómodo durante los minutos de silencio que se sucedieron. Albus seguía mirándole con mucho detenimiento, tal vez intentando averiguar qué partes del cuerpo había perdido.

—Al menos sabemos que estamos siguiendo una buena pista. Si Rosier era un mortífago, Wilkes también debe serlo. Espera a que le ponga las manos encima.

—Me temo que tendrás que esperar, Alastor. Has de recuperarte.

Moody bufó.

—Sabes perfectamente que, incluso en mi estado, podría cazar a esos desgraciados con los ojos cerrados.

Albus sonrió, condescendiente.

—Mejor no correr riesgos.

—Odio estar aquí.

—Apuesto a que sí.

—¿A ti te han dicho algo los sanadores? A mí sólo me responden vaguedades.

—Me temo que desean guardar el secreto profesional.

—¡Bobadas!

—Bobadas que debes aceptar, Alastor. Cuánto antes te resignes, mejor para ti.

—Espero que, al menos tú, estés al pie del cañón, Dumbledore.

—Por supuesto.

—Bien.

Alastor se quedó solo un poco más tranquilo. Cuando Albus Dumbledore se fue, decidió que no perdía nada por dejar que los sanadores le curaran las heridas de la cara. Valía la pena correr el riesgo sólo para tener ocasión de largarse de allí lo más pronto posible. 

Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora