Scamander

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El aula de transformaciones olia a pergamino antiguo y a cera de velas recién encendidas. La luz del sol de la mañana atravesaba los ventanales altos, reflejando destellos dorados sobre los pupitres alineados. El sonido de varitas practicando movimientos de precisión llenaba el aire, mezclándose con murmullos estudiantiles y el suave crujido de libros sobre las mesas.

Dumbledore, aún de porte erguido, con su túnica azul oscuro impecable y cabellos que comenzaban a platearse, caminaba con pasos medidos entre los pupitres, observando cada movimiento con una sonrisa tranquila. Su mirada azul, profunda y siempre curiosa, recorría los gestos de los estudiantes, detectando tanto los aciertos como los errores. Su mente, sin embargo, estaba parcialmente ocupada con notas sobre hechizos de protección y la planificación de la próxima clase, recordando también mensajes recientes de los eventos que le preocupaban.

Perdido estaba entre sus preocupaciones  y pensamientos cuando Newton Scamander, un joven delgado y curioso, con los ojos brillantes de entusiasmo y cabello despeinado, levantó tímidamente la mano.

—Profesor Dumbledore —dijo con voz un poco temblorosa—. ¿Podría explicarme otra vez cómo transformar un caldero en jarrón sin que se deforme? Ayer no entendí completamente la instrucción.

Dumbledore se volvió hacia él, pero su atención volvió a desviarse hacia un pergamino sobre el escritorio que necesitaba revisión inmediata.
—Ahora no, Newton —respondió, con voz calmada pero firme—. Permíteme terminar esto primero; después te atenderé con toda mi atención.

Los hombros de Newton se tensaron. Sus ojos destellaban frustración contenida; sentía que sus dudas importantes eran aplazadas y un grupo de estudiantes murmuró algo entre risas.

Dumbledore percibió esa emoción, y un nudo se formó en su propio pecho. Por un instante, recordó sus años jóvenes, cuando también sentía ansiedad al no recibir orientación inmediata de figuras de autoridad. Respiró hondo y cambió entonces de opinión:

—Sr. Scamander —dijo finalmente, suavizando la voz y esbozando una leve sonrisa llamándolo hasta la mesa—. Gracias por tu paciencia. Acércate, por favor. Quiero que me escuches atentamente ahora.

Los ojos del joven se iluminaron con alivio y curiosidad.
—Gracias, profesor —respondió, caminando hacia el escritorio—. Temía haberlo olvidado todo.

Dumbledore tomó un caldero y su varita, y comenzó a mostrar con movimientos lentos y precisos la transfiguración.
—Observa atentamente —dijo—. La intención de la varita dirige la forma, no solo la fuerza. Cada gesto debe ser exacto y acompañado de concentración.

Newton imitó los movimientos, pero el caldero tembló y se deformó ligeramente.
—No me sale como usted —dijo, frustrado—.

—No te preocupes, Newt —respondió Dumbledore con paciencia—. Es natural que al principio las transformaciones no salgan perfectas. Aprende a confiar en tu varita, en tu mente y en tu intención. Cada error es un paso hacia la corrección.

Mientras Newt repetía, Dumbledore lo observaba de cerca, ajustando sutilmente la postura de la varita y guiando con palabras tranquilas:
—Suaviza el giro, siente el objeto, visualiza cómo quieres que quede… eso es todo. No apresures nada.

Newt respiró profundo y volvió a intentarlo. Esta vez, el caldero tomó la forma correcta: un jarrón elegante y simétrico.
—¡Lo logré, profesor! —exclamó, con la emoción a flor de piel—. Gracias por enseñarme.

Dumbledore sonrió, sintiendo una satisfacción tranquila.
—Excelente, Newt. Me alegra ver tu esfuerzo recompensado.

Newton asintió, con los ojos brillantes y una sonrisa tímida.
—Ahora entiendo por qué insistió en que esperara un momento —dijo—. Me hizo sentir que realmente me escuchaba. Por un momento sentí que mi pregunta era...tonta...

—No, no pienses por un segundo eso — dijo Dumbledore alarmado— te pido disculpas por ponerte ansioso— dijo Dumbledore — A veces, debemos terminar tareas urgentes primero, pero la intención de escuchar y atender plenamente es esencial para mi y también necesitaba ver mis asuntos. Ahora, puedes volver a tu lugar si atendí a tu duda.

— Gracias profesor.

El aula se llenó de murmullos y movimientos de varitas, pero Dumbledore sonrió internamente.

Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora