1939
Desde hacía ya mucho tiempo que lo venía manteniendo allí, en el absoluto olvido, guardado en una esquina de su habitación, cubierto por una gruesa sábana de polvo y bloqueada por montones de pergaminos y libros, para disminuir la tentación de pararse frente a él y observarlo. Después de todo, muchos hombres se habían vuelto locos mirando el Espejo de Oesed, y Albus Dumbledore era demasiado sabio y demasiado talentoso para permitir que eso le suceda a él. Al menos, eso se dice a sí mismo.
En las horas de vigilia amplias, iluminadas y llenas de ajetreo y debate, investigación y elogios, es fácil creer que ese podría ser el caso. Acababa de regresar de una conferencia en Alejandría, donde el séptimo uso de la sangre de dragón estaba teniendo excelentes resultados. Su lista de correspondencia crecía día a día en tamaño y fama, al igual que los idiomas que dominaba y las invitaciones que recibía o enviaba.
Para Albus, la vida era plena y tan emocionante, que sentía que no había necesidad de lamentarse por la angustia y los sueños perdidos. Al menos no pensar en algo que ya estaba fuera de control.
Sin embargo, existian otros momentos, cuando los canales de las velas y los textos rúnicos ante él permanecen desprovistos de calor humano; cuando la vida se extiende ante él como un gran vacío negro sin igual a su lado. Su mano se contrae, anhelando sostener la de otro; Y es entonces cuando alcanza el sentimiento de plena soledad. Siente que su piel se eriza con ella, y Albus piensa que su alma podría secarse hasta quedar crujiente, presionando entre los papeles de un tomo de la biblioteca.
Han pasado cuarenta años desde la última vez que vio a Gellert.
Se separaron sin despedirse en ese terrible duelo, y Albus ha estado cuidadosamente evitando noticias de lo que su amante podría haber hecho desde entonces, aunque, cuando está desprevenido, los susurros de Bavaria suenan sombríos. Sin embargo, es difícil, casi imposible, para Albus no pensar en ese rostro angelical con otra cosa que no sea cariño.
Imaginar ese intelecto deslumbrante como la otra mitad de un gran equipo; la otra mitad de sí mismo.
Habian momentos en los que se siente completamente débil, solo y exhausto, en los que no quiere nada más que cerrar los ojos y estar allí de nuevo: con dieciocho años, en Godric's Hollow, en los brazos de Gellert.
Es entonces cuando la tentación se vuelve demasiado. El mago se levanta de su silla detrás del escritorio y levita los libros y la tapa. Ante él, el espejo brilla, parpadeando, invitando a ponerse de pie frente a él y visualizar lo que tanto su alma anhela en ese momento y que no puede tener.
"Mira en mí. Date a ti mismo. Piérdete"
Le pareciera escuchar entre ecos como un suave susurro del viento.
Sus rodillas tiemblan levemente con anticipación. El calor se encrespa en su vientre y sus párpados revolotean mientras nivela su mirada. Las pupilas se ensanchan, las lentes se enfocan en las lóbregas profundidades. Lentamente, se forma una imagen, y su corazón sube por su garganta al verlo: Gellert, junto a su propia imagen siendo más joven.
Están sentados juntos, afuera bajo el cálido sol, descansando bajo el gran manzano. A su alrededor hay garabatos frenéticos en pergaminos y recortes, y más marginales de los que podrían caber en toda una biblioteca de libros. La escritura es incisiva; brillante; destinado a cambiar el mundo.
Sin embargo, nada de eso parece importarle en ese momento a las dos figuras que descansan. Están mucho más enfocados el uno en el otro.
El cabello largo y rojo se arrastra en el regazo de Gellert mientras este acaricia la frente de Albus, y Albus acaricia el toque, mirando hacia arriba a los ojos azules y los rizos dorados.
Comienzan a besarse, largo y lánguido al principio, pero con una intensidad creciente, y Albus, que observa, humedece sus labios con la lengua, imaginando el toque de Gellert, palpando los labios con sus dedos suavemente.
Los besos se vuelven abrasadores y las manos se juntan desesperadamente en la tela, y luego las figuras se desvisten unas a otras sin preocuparse por las arrugas o los botones. Sus bocas no se separan, y Albus se encuentra sin aliento mientras observa, ahogándose en el fantasma de las pasiones pasadas.
Estremeciendose cada vez más mientras observa, la incredulidad suspendida. Su mente se halla adormecida en aquellas profundidades nubladas de esperanza.
Gellert acariciaba el rostro de Albus, susurrando promesas de amor y unión, y su corazón se sentía extasiado de amor, como burbujas flotando de alegría.
Su cerebro se nubla de felicidad y su mirada se nivela, perdiendo incluso un parpadeo. Podría mirar esto para siempre, perderse fácilmente en esa imagen...
Un golpe detrás de la puerta lo interrumpe.
—¿Albus?
Sobresaltado, pensando en cuanto tiempo debió pasar que estuvo allí de pie inmóvil. Apartó la mirada del espejo y apresuradamente poniendo la habitación y él mismo en orden, respondió: —Aquí estoy. ¡Adelante!
—Oh, Albus, realmente trabajas demasiado— sonrió Minerva, entrando apresuradamente, trayendo una bandeja con un amuleto calentador. —Tu cena ha estado sentada conmigo durante horas.
—¿Horas?—Albus está realmente sorprendido.
McGonagall se ríe. —¡Sí, horas! Pero sé cómo eres cuando empiezas a trabajar en algo, no puedo arrastrarte
Sintiéndose mucho más castigado de lo que su amiga pretendía, Albus niega con la cabeza:
—Me disculpo, profesora McGonagall. No me di cuenta.
—Tranquilo, no hay necesidad de disculparse conmigo. —deja la bandeja y se movilizo hacia atrás con un cariñoso gesto de cabeza, esperando con las manos bajo el vientre.
Albus no se quedó atrás y tomó un trozo de pan que partió y se llevó a la boca— Pero me temo que la hay. —contestó. No hacía muchas señales para que ella, su fiel amiga, descifrara que algo más le perturbaba y no tenía mucho apetito. La bruja hizo una mueca y respondió:
—Bueno, si no tiene hambre, profesor Dumbledore. Puede llamarme en cuanto lo necesite. Por ahí lo está esperando una salida que me prometió a Hogsmeade. — dijo en tono neutral y volteó en dirección hacia la salida.
— Quizá mas tarde. Gracias, Minerva—Albus asiente y la sigue, sintiéndose repentinamente muy cansado y preguntándose por todos. No podia rechazar la amabilidad y una amistad sincera que le ofrecían. Queria volver a conectarse con su viejo y encogido corazón.
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Los Secretos de Dumbledore
FanfictionTodos los escritos son de mi propiedad. No copie o se inspire en ellos.
