Firenze 1995

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Era de noche, y pronto el cielo los vivos colores del cielo se fueron apagando hasta cubrirse en un manto azul oscuro tapizado de estrellas. Albus Dumbledore por esa noche se había asentado sobre el Bosque Prohibido mientras la noche caía y las estrellas y la luna brillaban intensamente arriba sobre su cabeza, para visitar el corazón del bosque en busca de la colonia de los centauros.

Con un poco de suerte los cautelosos centauros le recibirían y con un poco mas le escucharían, pues siendo él y en su larga trayectoria a cargo del castillo, fue el que les permitió que continuaran sus vidas en ese lugar que habían hecho su hogar mucho antes de la fundación de Hogwarts, y establecer normas en respetar sus espacios en el bosque prohibido.

Habian pasado años que no traspasaba esa línea que los separaba, sin embargo, ppr ningún momento sintió miedo. Mientras el anciano director se abria paso entre los arboles, la brisa y el batir de las hojas dejó engañar en sus oídos mirando cuidadosamente a una particular flor que crecía prácticamente en medio de la hiedra aún seca.

—Dumbledore— la voz de Firenze lo hizo levantar la mirada cuando estaba contemplando la luz que mágicamente se proyectaba en ella. El centauro apartó una rama baja y entró en un pequeño claro donde estaba el humano, mirando tranquilamente la flor y las estrellas.

—Firenze, un placer verte. — saludó cordialmente, cuidando no pisar la flor que estaba tan cerca de su pie.

—Una rara flor. —respondió hermético —Por muchas razones no debería florecer aquí. La naturaleza es misteriosa. —sentía curiosidad por la visita de Dumbledore. Había escuchado de él y tan solo le había visto siendo pequeño. Seguramente cosas extrañas estaban ocurriendo. —Tú sabes tan bien como yo que este bosque es peligroso. —dijo— ¿Qué te trae por aquí a esta hora? —preguntó, dando un paso adelante. El director, de todos los humanos que Firenze había conocido, era el más audaz en el bosque por la noche. Dumbledore por otro lado, no se sorprendió por la llegada de Firenze; ni parecía preocupado por las otras criaturas que podrían haberse movido sin ser vistas en la oscuridad que se acumulaba a su alrededor. Se volvió hacia el centauro con una sonrisa.

—Las estrellas son un hermoso misterio para mí, ¿sabes?— dijo, como si fuera una respuesta. —Parecen reflejarme la preciosa fragilidad de la vida, con una sabiduría añadida que ningún mortal puede alcanzar. Saben cómo brillar frente a la gran oscuridad y proyectarse. —fijo nuevamente la mirada en la flor y luego en el centauro —Tal vez también sabrían cómo combatir la oscuridad venidera que amenaza el mundo humano, pero si lo hicieran —suspiró—, no nos lo dirían.

Firenze se acercó con pasos suaves. —Cuando crece en mí la desesperación por el mundo —dijo —voy y me acuesto debajo de los cielos, y vengo a la paz de las cosas salvajes, que no gravan sus vidas con la previsión del dolor. Eso es lo que tienen las estrellas.

Dumbledore pareció considerar sus palabras muy profundamente por un momento. —Siento sobre mí las estrellas ciegas del día esperando con su luz— dijo. —Pero el sentimiento me da poca paz. No soy un salvaje, y no veo la gracia en el mundo sin el útil reflejo de las estrellas.

—Eres humano— dijo Firenze— y como tal no puedes descansar bajo la luz de las estrellas. ¿No es esa la fuente de toda infidelidad en la humanidad?

Dumbledore rió levemente. —Tal vez tengas razón, amigo. Sin embargo, tú, a diferencia de tus demás compañeros, no nos culpas por esta falta de fe. ¿Por qué?

Firenze agitó su cola y aproximó muy cerca su cabeza. Dumbledore sentía esa calidez y respetuo mutuo—. Los demás te harían responsable de tu locura. Yo no responsabilizo a la raza humana por lo que no puede cambiar en su naturaleza— respondió.

—Sí—respondió Dumbledore —y es por eso que he venido a ti. Necesito tu peculiar compasión más que nunca.

Firenze no se sintió seguro de a que rumbo iría todo eso, pero sabía que esa era la forma en que Dumbledore siempre hablaba, al menos para él. Dumbledore siempre fue uno de los seres humanos más interesantes con quienes tener una conversación, incluso si, en ocasiones, esas conversaciones tomaban giros inesperados.

El joven Firenze permaneció en silencio, cruzándose de brazos y esperando pacientemente a que Dumbledore explicara, y así lo hizo:

—Tengo motivos para creer que nuestra reciente incorporación, la profesora Umbridge, tiene la intención de arrasar con mi personal, y ella comenzará con Sybill Trelawney.

Firenze resopló. —Sé poco sobre la profesora Trelawney, pero lo que he escuchado no ha sido elogioso.

—Tal vez no— reconoció Dumbledore—pero sean cuales sean sus defectos, es de suma importancia que permanezca en Hogwarts, por razones que incluso ella no comprende.

Firenze se una breve pausa mientras alzó la mirada al cielo y tomó una bocanada de aire, luego respondió:

—Efectivamente. ¿Crees que puedo ser de alguna ayuda en este sentido?

Dumbledore asintió con gracia. —Nunca presumiría del servicio de un centauro; no tienes lealtad hacia mí ni hacia ningún ser humano, y lo reconozco. Sin embargo, me enfrento a la perspectiva de desterrar a Sybill Trelawney del castillo, a menos que pueda encontrar un reemplazo adecuado.

—Con "adecuado"—dijo Firenze lentamente— te refieres a un reemplazo que no necesitaría hacer uso de la vivienda actual de la profesora Trelawney.

—Exactamente—respondió Dumbledore. —Es con la mayor humildad, y sin esperar su aceptación, que le pido que asuma el título de profesor de Adivinación. Yo mismo hare todo lo posible por otorgarle un lugar cómodo para impartir sus clases, ¿Lo hará?

Firenze se tomó un momento para considerar la sombría perspectiva de estar rodeado de humanos todo el día. No era tan crítico con ellos como el resto de su rebaño, o el resto de su especie, pero tampoco los encontraba como una compañía particularmente agradable. Luego estaba la manada a considerar. ¿Qué tan favorablemente reaccionarían a su decisión de dejar el bosque y enseñar en una escuela humana, aunque sea temporalmente?

Levantó la vista hacia el dosel de estrellas que se asomaba entre las copas de los árboles. Parecían temblar en lo alto, murmurando, susurrando y mucho más vivos de lo que cualquier ser humano podría imaginar. Escuchó su canción por un momento y luego volvió a mirar a Dumbledore, quien esperaba respetuosamente su respuesta. Por fin, Firenze asintió.

—Gracias, Firenze— respondió Dumbledore con una ligera reverencia. Le estaré eternamente agradecido y siempre a su servicio. ¿Puedo pedirle que visite el castillo al anochecer, mañana por la noche?

—Puedes— respondió Firenze con calma.

—Te hablaré entonces. Muchas gracias —se retiró de regreso agradecido. Entretanto, detrás de los árboles se asomaban más centauros que Albus no se percató que estaban allí, pero lo miraban silenciosos. No estaban por su visita, sino, por la ausencia de Firenze.

Resultó que la gratitud de Dumbledore era les era de poca importancia a la manada y en lo que respecta, Firenze les comunicó su decisión a última hora de la tarde siguiente lo que el mago le pidió. Los centauros tomaron la noticia de Firenze con menos gracia aún de lo que había imaginado. Su declaración de su intención de asumir el cargo en Hogwarts fue recibida con una fuerte oposición. Casi antes de darse cuenta, el primer centauro lo había golpeado, acompañado por las voces de los otros centauros, sus amigos, o eso había creído, exigiendo su destierro del bosque y de la manada.

—¡No interferimos con la vida de los humanos!— gritó uno de los centauros lideres del grupo.

—¡Deja que los humanos se las arreglen solos!—gritó otro.

Firenze trató de explicar, pero nadie queria escuchar pretextos. Si tan solo pudiera hacer que vieran que su bienestar y su territorio estaban bajo el ataque de la misma amenaza que enfrentaban los humanos entonces comprenderian.

—Pones en riesgo a la manada al entrar en los asuntos de los humanos, Firenze— dijo.

—¡No se puede confiar en ellos!— gruñó otro centauro, pateando sus patas traseras con furia.

—¡Su relación con la magia es completamente diferente a la nuestra!

—¡Así es! ¡Los humanos requieren palos de madera y rimas idiotas para dirigir su magia!

Firenze se levantó a la defensiva cuando uno de ellos se acercó a él, resoplando con enojo. Aunque era un hábil luchador, Firenze no podía defenderse por todos lados, menos cuando le rodeaba uno que otro inquieto.

—¡No vale la pena protegerlos, Firenze!

—Sus problemas no son realmente amenazas. Tratan con otros humanos, no con los elementos, ¡no con truenos y relámpagos, como hacemos nosotros! ¡Encuentran que estas cosas son demasiado aterradoras para enfrentarlas! Se esconden detrás de sus muros de piedra. ¡Son cobardes!

Esto fue lo último de la discusión que escuchó Firenze, mientras con un rugido ensordecedor de voces, las flechas de su rebaño llovían sobre él desde todos los lados, dejándolo sin aliento una y otra vez; parecía interminable. Firenze intentó luchar, para protegerse, pero todos sus intentos de bloquear o evitar los ataques fueron frustrados.

De repente, un bramido le llegó desde lejos: —¡Alto!

La manada no se detuvo de inmediato, pero para gran sorpresa de Firenze, vio que los empujaban y derribaban a un lado como si no fueran nada. Finalmente, miró a través de sus brazos para ver a Hagrid, el semi-gigante, parado sobre él de manera protectora.

—¡Deberían estar avergonzados de ustedes mismos!— el hombre enorme gritó, —¡Peleando entre ustedes, como animales!

Solo el silencio siguió a este estallido, pero Firenze pudo sentir una oleada de indignación pasar entre el anillo de centauros que los rodeaba.

—Firenze ya no es parte de esta manada— dijo Bane con vehemencia. —Simplemente estábamos protegiendo nuestro territorio de un extraño. ¡No interfieras con lo que no puedes entender, humano!

—¿Sí? Veremos qué tiene que decir el profesor Dumbledore acerca de patear a uno de los tuyos en los terrenos de la escuela entonces, ¿de acuerdo?— exigió Hagrid en voz alta.

A Firenze le pareció que a Bane le importaba muy poco lo que Dumbledore pudiera decir, pero él Lider alargó la mano para agarrarlo por el hombro, sacudiendo la cabeza bruscamente antes de liderar el camino de regreso a los árboles.

Antes de desaparecer, el líder de los centauros se volvió hacia él: —Considérate advertido, humano. Has traicionado a los centauros tanto como Firenze al faltarle el respeto a nuestras leyes. Como él es desterrado de nuestro bosque, tú también.

—¡Me gustaría verte intentarlo!—Gritó Hagrid, mientras el resto de la manada seguía al Líder y Bane, mirando con odio a Hagrid y Firenze mientras se iban. Cuando todos se fueron, Firenze intentó ponerse de pie, y solo lo logró con la ayuda de Hagrid.

—Gracias, Hagrid— dijo Firenze débilmente, comenzando a caminar lentamente en dirección al castillo. Hagrid se apretó contra su costado izquierdo, apoyándolo como ningún ser humano de pura sangre podría hacerlo.

—Está bien—respondió Hagrid. —Dumbledore me dijo que podias necesitar ayuda para hospedarte. Le envié un mensaje y está esperandote para llevarte al castillo él mismo".

—¿De verdad tenías que hacer eso?

Hagrid refunfuñó.

—Ustedes, los centauros, son un grupo muy extraño. Primero, las criaturas de tú manada, luego se patean unos a otros hasta la muerte. Luego, su orgullo se interpone en el camino para dejar que la gente les ayude. No tiene sentido, si me preguntas.

—Tal vez— admitió Firenze, tropezando con Hagrid. —Pero entonces, gran parte de la interacción humana también se pierde en mí...

El castillo apareció a la vista, visible contra el sol poniente de esa tarde del dia siguiente. Firenze dejó de caminar por un momento y suspiró. Ya sea que los entendiera o no, tendría que unirse a los humanos ahora, y Albus Dumbledore buscaría la forma de darle la más familiar bienvenida.

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Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora