Capitulo 1.5

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-Abeforth, cielo. Bájate del árbol. - la voz de Kendra se escuchaba desde la sala donde Albus continuaba su lectura.

El niño miró a su madre con los ojos entrecerrados y negó enérgicamente con la cabeza. ¿Por qué querría bajar? Estaba perfectamente bien ahí arriba.

-Como tenga que ir a por la varita para bajarte yo...-Kendra dejó la frase sin terminar, y Abeforth continuaba mirándola y reflexionando sobre lo que podría pasarle. Abeforth, amaba distraerse en el campo, y no le apetecía para nada encerrarse en casa para leer un libro como lo hacía su hermano mayor, Albus durante sus tiempos libres, pero su madre quería precisamente eso, que siguiera el ejemplo de Albus y estudiara.

- Déjame quedarme, madre - le pidió esta vez, aún aferrado al tronco, por otro lado, Kendra suspiró y revoleó ojos en blanco aceptando la petición de su hijo:
-Está bien. Procura no caerte, cielo.

El muchacho calculó la distancia hasta el suelo. Definitivamente se había subido más alto que nunca, pero no pensaba caerse. Si se rompía algún hueso (otra vez) lo llevarían a San Mungo y le darían una poción horrible y le obligarían a quedarse quieto durante por lo menos una hora, y eso no podía ser. Kendra, por su parte, entró en casa. Se había dejado la varita en la mesa de la cocina, al lado de los libros de Albus.

Ambos hermanos siempre habían sido muy distintos pese a que aún no había comenzado a estudiar en Hogwarts, Albus adoraba estudiar magia. Generalmente era calmado y reflexivo, amable y maduro para su edad.

Abeeforth era el único inquieto de los tres niños. Albus era bastante responsable a pesar de su corta edad y Ariana era una dulzura de niña. A Percival se le caía la baba con ella y estaba convencidísimo de que sería la más poderosa de los tres hermanos Dumbledore. Tan guapa, tan tímida, tan tranquila. Kendra podía dejarla perfectamente jugando con sus muñecas para dedicarse a vigilar a Abeforth, que nunca hacía ninguna trastada.

-¿Otra vez en el árbol? -Le preguntó Albus vio a su madre coger la varita. Apenas despegando la vista del libro que tenía entre manos.

-Otra vez en el árbol -corroboró Kendra con una sonrisa resignada.
Albus bufó.
-¿Cuándo madurará?
Kendra se rio internamente. Aberforth sólo tenía siete años. Se comportaba exactamente como lo haría cualquier niño de su edad, pero la mente de Albus trabajaba de forma poco convencional. Le apretó un hombro en un gesto cariñoso y miró a su alrededor.

-¿Y Ariana? -preguntó.

La niña había estado desde entonces jugando en su rincón de la cocina. De hecho, las muñecas seguían allí.

-Creo que ha ido a su cuarto.
Kendra asintió, poco preocupada por su hija, y fue a rescatar a Abeforth nuevamente. El niño seguía encaramado al árbol, con cara de estar pasándolo en grande.

-Abeforth. Voy a bajarte, ¿de acuerdo? No te agarres a las ramas o te lastimarás.
Esta vez Abeforth no protestó. El chiquillo se dejó hacer y Kendra lo levitó con cuidado hasta el suelo. Una vez abajo, lo cogió de la mano para obligarle a entrar en casa.

-Tienes que dejar de hacer eso. Algún día te caerás y te harás mucho daño.

-¡Qué va, madre! Soy un experto trepador.

-No lo pongo en duda, pero los accidentes ocurren.

Ya estaban en la cocina. Kendra se puso delante de él y le puso las manos en los hombros:-Ya sabes qué toca ahora, ¿no?

-Estudiar. -Lo dijo absolutamente resignado, como si le estuvieran obligando a pasar el resto de su vida en una mazmorra.

Kendra conjuró los cuadernos para que practicara y buscó de nuevo a Ariana. Era raro que no hubiera regresado.

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