Parte sin título 139

4 0 0
                                        

Mientras en la Inglaterra muggle los ecos de la Revolución Francesa y las primeras campañas de Bonaparte agitaban los cimientos políticos y sociales del continente, el mundo mágico parecía ajeno, protegido por la quietud milenaria de sus tradiciones. Las flamas de las guerras no alcanzaban aún los pasillos encantados de Hogwarts ni los vagones brillantes de sus carruajes automáticos. Allí, la magia continuaba siendo maravilla, y la maravilla, rutina.Era el séptimo y último año de Albus Dumbledore en el colegio, y el joven mago lo sabía bien. Con apenas diecisiete años, ya había sido nombrado Premio Anual, el más alto honor otorgado a un estudiante. Inteligente hasta lo improbable, de mente brillante y modales pulidos. Su nombre era ya conocido, aunque no por linaje, sino por mérito. Desde el verano anterior, circulaban rumores en toda Europa sobre él y su inseparable amigo Nicholas Flamel: los dos jóvenes habían realizado investigaciones alquímicas que despertaron el interés de maestros y eruditos por igual. Algunos susurraban que no estaban lejos de crear la mismísima Piedra Filosofal.En el carruaje que los llevaba desde el castillo a la estación de Hogsmeade, Albus compartía compartimento con Nicholas y con Griselda Marchbanks:, la también Premio Anual. El carruaje, sin embargo, era cualquier cosa menos privado: brujas jóvenes se aparecían y desaparecían constantemente, cruzando el umbral con sonrisas ansiosas, solo para hablar brevemente con Albus, preguntarle por su verano, o simplemente mirarlo. Aunque era apuesto, de porte elegante y expresión melancólicamente curiosa, nunca había gozado de tanta atención femenina como ahora. Fue el título, y sin duda también la fama repentina lo que atrajo de pronto ese desfile constante de admiradoras.Griselda observaba la escena con una mezcla de paciencia y resignación. Era una muchacha de complexión robusta y rostro amable, con grandes ojos marrón chocolate, cabello castaño muy largo y liso, y una inteligencia aguda que reservaba solo para quienes consideraba dignos. Hablaba poco, pero con sustancia. Albus apreciaba su compañía por esa razón, y también porque, entre todas las candidatas al cargo, ella era la única que no le resultaba insoportablemente altiva.Nicholas, en cambio, apenas parecía notar a nadie. Era alto, de hombros amplios, con ojos turquesa y cabello dorado como el trigo bajo el sol. A pesar de su apariencia idealizada, o quizás debido a ella, las chicas suspiraban al pasar, sin obtener más que un gruñido pensativo. Nicholas, siempre estaba absorto, con una pluma entre los dientes, haciendo anotaciones apuradas en pergaminos sueltos que parecían multiplicarse a su alrededor. No era indiferencia deliberada: simplemente, su mente estaba en otro plano.Y eso tenía sentido. Nicholas Flamel no era un estudiante común. Nacido en 1337, había tomado accidentalmente el Draft of Living Death en 1352, durante unas vacaciones en Italia. Un hechizo protector de sus padres lo mantuvo inalterado, y despertó más de cuatro siglos después, en 1792. Reinsertarse en Hogwarts como un muchacho de quince años fue tan extraño como natural, y en Albus encontró de inmediato a su igual, su complemento intelectual.El carruaje se llenaba y vaciaba con el vaivén de apariciones, hasta que una figura conocida irrumpió con un estallido suave de magia: la bruja del carrito de comida.—Oh, gracias a Merlín, es usted —dijo Albus con una sonrisa cansada—. —No, no, cariño. Sólo soy yo. ¿Quieren algo para el camino?—Unas empanadas de calabaza y dos pasteles de caldero, por favor —dijo Griselda, revolviendo en su bolso para sacar unas monedas de oro.—Ahí tienes, querida. Debo decir, Griselda, que cada año estás más guapa. Sin duda encontrarás un buen marido —agregó con una mirada significativa hacia Nicholas. La chica se sonrojó violentamente, justo cuando Albus pedía con rapidez:—Unas varitas de regaliz y algunos frijoles de todos los sabores, por favor.La bruja se volvió hacia Nicholas.—¿Y tú, Nicholas?—¿Mmm? Oh... eh... Un poco de todo, gracias —respondió sin despegar la vista del pergamino. —Arrojó unas monedas en la mano de la bruja, quien les entregó el pedido y desapareció tan rápido como había llegado y Albus comentó: — Estaba a punto de lanzar un hechizo de repulsión para mantener alejadas las apariciones espontáneas. —expresó, sintiendo que la paciencia, esa virtud que solía dominar con facilidad, se le escurría como tinta aguada entre los dedos. Inmediatamente después, se recriminó por alzar la voz. No era propio de él, pero Merlín, que agotador podía ser pretender cortesía eterna. No obstante, el alivio duró apenas unos minutos antes de que dos nuevas visitantes se aparecieran sin invitación. La primera era una muchacha de cabello negro muy rizado y una boca ancha que la hacía parecer, a juicio de Albus, vagamente anfibia. La segunda, altísima, huesuda, con nariz puntiaguda y expresión inquisitiva.—Oh, ¿estaban ocupados? —preguntó la de pelo rizado—. No queríamos interrumpir.—No lo haremos —la interrumpió la alta—. Solo comeremos algo con ustedes, si no les importa.— Sin esperar respuesta, apartó los pergaminos de Nicholas —lo que los arrugó inevitablemente— y se sentó con aire de autoridad. Nicholas no se movió.Se presentaron como Helga y Poppy Pomfrey, ambas Hufflepuff de séptimo año y prefectas.—Escuchamos mucho sobre ustedes en El Profeta —dijo Helga, con sonrisa forzada y una mirada que intentaba ser encantadora—. Mi padre dice que no le sorprendería que ustedes dos se convirtieran en las mentes más brillantes de nuestro tiempo.—Ya lo son —intervino Griselda con tono tranquilo.—¿Qué quieres decir? —preguntó Helga, irritada.—¿Quién más ha creado la Piedra Filosofal?—Aún no la han hecho.—Sin duda lo harán pronto. Por eso, ya lo son.—Helga frunció los labios, visiblemente molesta. Miró a Albus, intentando recuperar el control de la conversación.—¿Y tú, Albus? ¿Qué hiciste este verano, además de investigar?—Nada. Íbamos a viajar, pero Nicholas y yo estábamos tan enfrascados en nuestro trabajo que el verano terminó antes de que nos diéramos cuenta —respondió Albus con un tono que comenzaba a sonar menos cortés—. Fuimos al Callejón Diagon, compramos nuestras cosas y ahora estamos aquí... —¿Pero nada más? ¿Ni fiestas? ¿Ni un solo baile?—¡Por Morgana! —exclamó Albus, ya sin paciencia—. ¿No tienen algo más que decir además de "¿Qué hiciste este verano, Albus?" ¡Es francamente agotador!Helga abrió los ojos con fingida indignación, se levantó de golpe y, tras lanzar una última mirada ofendida, dijo:—Vamos, Poppy. Fue un placer conocerlos... supongo.—Adiós... —dijo Poppy tímidamente antes de desaparecer con un chasquido.Albus se dejó caer contra el respaldo del asiento, exasperado.—¡Por todas las maldiciones! Creo que voy a tener una crisis nerviosa. Si ser Premio Anual significa lidiar con esto todos los días, pueden quedarse con el título. Que se lo den a Nicholas. Las chicas ya lo adoran, de todos modos.—Pero entonces yo también tendría que entregar el mío —comentó Griselda con serenidad—. Y sin ti, Albus, no podría hacerlo.—Claro que podrías. Podrías hacerlo perfectamente... con Nicholas. A él le gustaría eso. — Nicholas levantó una ceja, miró a Albus, luego volvió a su pergamino sin decir palabra.—Sabes —añadió Griselda, mientras tomaba una empanada—, tal vez deberías considerar ese hechizo para repeler apariciones. Nos vendría bien un poco de paz antes de que comience el año.—Albus suspiró, se acomodó el cabello con los dedos y, sin mirar a nadie en particular, murmuró:—Un poco de paz... sí. Eso estaría bien.

Los Secretos de DumbledoreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora