Era mediodía cuando los Dumbledore habían acabado de almorzar cuando a Albus le correspondía hacer la limpieza. Un grito desde la venta del patio llamandolo por su nombre le hizo levantar la mirada y su corazón latió con fuerza incluso antes de captar la imagen de los rizos dorados y su rostro alegre. El plato que sostenía con su varita se resbaló y cayó al suelo con un ruido estrepitoso.
— ¡Albus! — lo llamó nuevamente.
Albus sonrojandose levemente atendió el escándalo que habia hecho y señaló las piezas rotas con su varita y estas rápidamente se volvieron a ensamblad. —Reparo — pronunció. Gellert ya estaba a su lado, riéndose alegremente de su torpe error; sin saber que era solo por su culpa.
Se oyeron fuertes pisadas bajando las escaleras, y pronto apareció Aberforth con su cabello alborotado y su rostro somnoliente y enojado se dejandose ver entre los barrotes desgastados
— ¿Podrías hacer menos ruido? ¡Acababa de comenzar mi siesta!— le regañó Aberforth.
— Lo siento— se disculpó suavemente, pero Aberforth ya había visto a Gellert y rostro se contrajo aún más. Su odio era evidente en cada línea.
—¡¿Qué estás haciendo aquí de nuevo ?! No eres bienvenido en esta casa, Grindelwald. Vete.
Gellert apartó la mirada de él con frialdad, haciendo girar su varita delicadamente entre sus dedos, y ni siquiera pareció reconocer la presencia de Aberforth.
—No creo que seas el dueño de esta casa, Aberforth, y por lo tanto no tienes la autoridad para ordenarme que salga. Además —de repente dejó de jugar con su varita y agarró la muñeca de Albus, casi haciendo que volviera a soltar el plato—. Solo vine a invitar a tu hermano a una excursión, y ya estaría a cientos de millas de aquí si no nos hubieras interrumpido y hubieras comenzado a actuar con tu terquedad.
La sangre se apoderó de la cara de Aberforth y Albus supo que era hora de intervenir. Aberforth no era bueno con las palabras y cualquier otro argumento solo lo llevaría a volverse agresivo. No era rival para Gellert, con varita o sin ella. También debían pensar en Ariana.
—Aberforth —avanzó un paso y se colocó entre Gellert y Aberforth—. Ya terminé de lavar los platos y también limpié el piso. Te prometo que Gellert y yo no tardaremos mucho. Definitivamente regresaré antes de la cena, ¿de acuerdo? —
Aberforth lo miró con enojo y Albus supo que tampoco estaría bien. Pero la mano de Gellert todavía estaba envuelta alrededor de su muñeca y lo
estaba jalando hacia la puerta.
—Te veo luego— terminó por decir antes que la puerta se cerrara, y con ella todos los pensamientos desagradables en la mente de Albus.
Los dedos de Gellert eran suaves y cálidos contra su piel, su agarre era firme, pero nunca incómodo. Estaba gritando algo sobre el río y el calor mientras caminaban contoneándose por la calle, pero Albus no escuchó casi nada. Su corazón latía de nuevo aceleradamente; Gellert siempre lucía mejor bajo el sol.
—¡Oh, casi lo olvido! — dijo Gellert. La abrupta detención de sus movimientos casi hizo que Albus tropezara y la mano se le soltara de la muñeca. Al levantar la vista, vio a Gellert sacar algo de sus bolsillos.—¡Ranas de chocolate!— sus dientes blancos brillaban mientras Gellert sonreía, y Albus se encontró sosteniendo cinco barras de chocolate.
— Mi tía Balthilda los compró para unos invitados la semana que viene, pero me dio algunos para probar. Nunca había probado uno antes. No los tenemos en Alemania, aunque escuché que pronto se venderán a nivel mundial. ¿Cómo son?— preguntó y luego le arrancó uno de los envoltorios a uno y se quedó sin aliento cuando una rana de chocolate saltó sobre su brazo. El sol brillaba y resplandecía con cada parpadeo de los ojos abiertos y alegres de Gellert.
—¡Albus! ¡Mira, míralo!
Los ojos de Albus se posaron en la rana, que saltó escapando de sus manos. Gellert soltó una risita y de inmediato volvieron a mirarla. Había una felicidad salvaje en sus rasgos, libre y plena en su totalidad. Lejos de las copiosas cartas y las animadas discusiones sobre el bien mayor.
— ¡Oye, incluso hay una tarjeta!
Albus bajó la mirada y apartó la mirada. En la mano de Gellert había un retrato de una bella mujer, con el nombre Cliodna inscrito en el marco.
— He oído que sólo imprimen brujas y magos famosos— Gellert había dado la vuelta a la tarjeta y estaba mirando el dorso con los ojos entrecerrados.
"Cliodna, la primera bruja que descubrió la compatibilidad del pelo de unicornio en la fabricación de varitas, aunque debido a los numerosos avistamientos por parte de muggles, es quizás más conocida y reconocida popularmente como la diosa celta irlandesa de la belleza, y se cree que es la protectora de las criaturas etéreas del cielo "
Albus abrió un paquete propio y, sin esperar, mordió la rana de chocolate. Gellert continuó leyendo a su lado mientras la pegajosa dulzura le manchaba la lengua. Sacó la tarjeta de su paquete -Paracelso- y se la ofreció a Gellert.
—Toma —su corazón dio un vuelco cuando Gellert se giró—. Toma el mío.
Media hora después, ambos estaban tumbados cómodamente en la orilla cubierta de hierba, con envoltorios de chocolate vacíos esparcidos a su alrededor, mientras Albus observaba las nubes pasar por encima; el chocolate todavía estaba dulce en su boca.
—Un día, Albus, estaremos en estas cartas. —Hizo girar las cartas en su mano mientras el fuego se encendía en sus ojos—. Entre los magos y brujas más famosos, estaremos allí. Por supuesto, no serán solo estas cartas. No... ¡estaremos escritos en libros, recibiremos lecciones y seremos el tema de conversación de la gente durante siglos en el futuro! ¡Sucederá, puedo verlo! Un día, tú y yo les traeremos el mundo perfecto; en el que los muggles y los magos puedan vivir en paz y en armonía, uno al lado del otro.
Y entonces Gellert lo miró, la pasión salvaje todavía ardía en sus ojos, y Albus no pudo decir nada más. Simplemente asintió.
Sus ojos azules cansados, con sus parados caídos se abrieron recobrando a la realidad después de ese recordatorio que le hizo cerrar los ojos. El tiempo seguía siendo igual de implacable mientras regresaba de aquella visión que le llevó haber recibido aquel reconociento de su propia crono en las Ranas de Chocolate.
Afuera ya era de noche. Dumbledore sacudió la cabeza suspirando de nuevo, y giró la imagen en la que él aparecía todavía con la crono en su mano. La miró con tristeza y leyó en voz alta con su voz ya pausada:
"Considerado por muchos el mago más grande de los tiempos modernos, Dumbledore es particularmente famoso por su derrota del mago oscuro Grindelwald..."
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Los Secretos de Dumbledore
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