Capítulo 1

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Todo comenzó cuando Alice tenía 11 años, una adolescente inocente y llena de energía. En esos días, conoció a Chloe Blanchett, una chica igualmente llena de vida y siempre risueña. Alice la describía cariñosamente como un "Golden Retriever" debido a su inagotable entusiasmo y alegría contagiosa. A pesar de sus personalidades vibrantes, había una distinción visual que las hacía inconfundibles: Alice, con su cabello castaño y ondulado, y Chloe, con su melena rubia y radiante. Ambas eran tan hermosas que no pasaban desapercibidas ante los ojos de los demás.

— ¡Vamos, Alice! ¡Juguemos un poco más! — gritaba Chloe, agitada y sonriente.

— Estoy cansada, Chloe. Vamos a descansar un rato — respondió Alice, dirigiéndose hacia la casa.

Desde el momento en que se conocieron, se volvieron inseparables. Crecieron juntas, compartiendo secretos, sueños y experiencias que cimentaron una amistad profunda y duradera. Su vínculo era tan fuerte que muchos las veían como hermanas, unidas no solo por el tiempo compartido, sino por un entendimiento mutuo que pocos podían igualar. Uno de los aspectos que más le gustaba a Alice de su amistad con Chloe era la oportunidad de conocer a su madre, la doctora Cate Blanchett. Cate, una figura imponente en la comunidad académica y médica, era una hermosa rubia de ojos azules y un modelo a seguir para Alice. La castaña la admiraba profundamente, no solo por sus logros profesionales, sino por su gracia y calidez como persona.

— ¿Cómo estás, pequeña? — preguntaba Cate al ver a Alice entrar en la cocina.

— Hola, señora Blanchett. Estoy muy bien. ¿Usted cómo está?

— Alice, sé que eres una niña muy educada, pero no me llames señora. Llámame Cate — dijo la rubia, acariciando su cabello.

— Está bien, Cate — respondió Alice, riendo ante la novedad de llamarla por su nombre.

La presencia de Cate en la vida de Alice se convirtió en una fuente constante de inspiración. Cate, siempre dispuesta a ofrecer una palabra de aliento o un consejo sabio, se convirtió en una mentora no oficial para Alice. Cada visita a la casa de los Blanchett era una oportunidad para aprender algo nuevo, ya sea sobre la vida, la medicina, o simplemente sobre cómo ser una mejor persona.

— Alice, ¿sabías que para cuidar de otra persona, primero debes cuidar de ti misma?

La relación entre Alice y Chloe floreció en este ambiente de apoyo y admiración mutua. Las dos amigas enfrentaron juntas los desafíos típicos de la adolescencia, desde los exámenes escolares hasta los primeros amores, siempre con una sonrisa y una palabra de aliento. Y en medio de todo esto, la figura de Cate Blanchett permanecía como un faro, guiándolas con su ejemplo de dedicación y humanidad. Así, la vida continuó para "la rubia y la castaña", dos almas gemelas que encontraron en su amistad un refugio y una fuente de fuerza. Lo que Alice no sabía entonces era que su relación con Chloe y su admiración por Cate serían los cimientos sobre los cuales se construiría una historia aún más profunda en los años por venir. Ambas chicas tenían gustos diferentes: Chloe quería estudiar derecho y Alice quería ser doctora igual que la persona que tanto admiraba, Cate.

Un día, mientras Alice estaba en la casa de Chloe, una discusión se desató entre los padres de su amiga.

— Alice, ¿puedes traerme un vaso de jugo? — pidió Chloe, con un tono de súplica.

— ¿Por qué no vas tú, Chloe? Tienes los pies sanos — replicó Alice, aunque no con malicia.

— Porque mamá y papá están peleando otra vez. No quiero ver eso, y lo sabes — respondió Chloe, bajando la mirada.

— Está bien, tú ganas — aceptó Alice, resignada.

Mientras Alice se acercaba al pasillo que conectaba el living con el comedor, escuchó las voces alzadas de Cate y su esposo, John.

— Te he dicho una y mil veces que la despidas — demandaba Cate, con voz firme.

— Cate, no puedo hacer eso. Ella me demandaría — respondió tratando de mantener la calma.

— Es ella o yo, y la elegiste a esa mujer. Sabes muy bien que aún te acuestas con ella, eres tan cliché. — acusó la rubia, con dolor y rabia en sus palabras.

— Eso no es verdad. Todo terminó desde el momento en que lo descubriste, te lo juro — se defendió John, casi suplicando.

— No te creo nada, John — sentenció Cate, cortante.

— Cate, por favor... — rogó John, acercándose a ella.

— John, ya no te quiero. Te he pedido mil veces el divorcio. Esto no da para más y lo sabes — dijo decidida y autoconvenciéndose.

Desde su escondite, Alice escuchaba todo con el corazón en un puño. No podía entender por qué Cate, una mujer tan fuerte y admirable, estaba atrapada en una relación tan destructiva.

— Me iré de la casa porque así lo deseo, no porque tú me lo estés diciendo. No te daré el divorcio, Cate. Tú eres mía y debes entenderlo —amenazó con un tono peligroso.

— Vete con tu amante. Sacaré tus cosas de la casa. Pronto te mandaré los papeles y tendrás que firmar. Sabes el porqué, John — replicó con una mezcla de ira y tristeza.

John, fuera de sí, se acercó a Cate y la tomó por el cuello.

— Tú no me amenazas. No eres nadie, eres una mojigata — espetó con crueldad.

Alice, incapaz de soportar más, salió de su escondite y enfrentó a John.

— ¡Suéltala inmediatamente, maldito imbécil! — gritó con voz firme.

John, sorprendido por la repentina intervención, soltó a Cate y retrocedió un paso.

— ¿Acaso eres tan poco hombre que solo sabes golpear y amenazar? Deberías ser más astuto y no dejar evidencias, ya que mi testimonio en un juicio sería de gran ayuda. Ahora, vete de esta casa — dijo Alice, plantándose frente a él con valentía.

— ¿Quién eres tú, maldita mocosa? — gruñó John, tratando de recuperar su compostura.

Aunque Alice era joven, con 24 años, tenía la determinación y el coraje para encarar a ese patán abusador. Con una mirada decidida, se puso a la misma altura que John y declaró:

— Soy quien te va a hundir. A Cate no la vuelves a tocar nunca más en tu vida. Yo misma me encargaré de que así sea.

— ¿Ahora sales con mocosas, Cate? — se burló John, intentando herir.

Cate, aún en shock, no sabía qué hacer. Alice la miró con ternura y fuerza.

— El niño que no ha madurado eres tú, John — respondió Alice, con calma.

Alice se acercó aún más a John, mirándolo directamente a los ojos.

— Además, ¿acaso solo tú puedes andar con jovencitas? — dijo, en un tono frío y desafiante.

John, sin palabras, empujó a Alice y salió del lugar hecho una furia, humillado por la joven. Alice, preocupada por Cate, la abrazó y le susurró:

— Todo está bien, Cate. No te dejaré sola nunca más.

Emergency de un romance Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora