Capítulo 36

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Cate despertó al día siguiente sintiéndose cansada pero satisfecha. La noche anterior había sido una mezcla intensa de emociones y placer que la había dejado agotada. Los recuerdos de Ava y Abi, sus caricias y besos, aún rondaban en su mente. Abrió los ojos lentamente y miró alrededor de la habitación. La cabaña estaba en silencio, solo el suave sonido de la lluvia golpeando las ventanas rompía la tranquilidad.

Se giró y miró el reloj en la mesita de noche. Eran las tres de la tarde. Sorprendida por lo tarde que era, se estiró, sintiendo el leve dolor en sus músculos, un recordatorio de la pasión desbordada de la noche anterior. Cate sonrió para sí misma, disfrutando de la quietud del momento.

La lluvia caía en cortinas constantes, creando una atmósfera acogedora dentro de la cabaña. Cate se levantó lentamente de la cama y se envolvió en una bata suave y cálida. Sus pensamientos iban y venían, aún procesando todo lo que había sucedido. Necesitaba un café.

Mientras preparaba la cafetera, el aroma familiar llenó la cocina, brindándole una sensación de hogar y calma. Miró por la ventana, observando cómo las gotas de lluvia formaban pequeños riachuelos en el cristal. El lago, normalmente brillante y apacible, estaba cubierto de una ligera bruma.

Con una taza de café caliente en la mano, Cate se dirigió a la sala de estar y se acomodó en el sofá frente a la chimenea, donde las brasas de la noche anterior aún ardían suavemente. Envolviéndose en una manta, se dejó caer en el cómodo cojín, permitiendo que el calor la envolviera.

Los eventos de la noche pasada volvieron a su mente: la risa, los juegos, los momentos íntimos y apasionados con Ava y Abi. Había sido una experiencia nueva y emocionante, algo que no había esperado encontrar en su retiro a la montaña.

— ¿Realmente sucedió todo eso? — se preguntó en voz alta, con una leve sonrisa en sus labios.

El silencio de la cabaña le respondió, solo acompañado por el crepitar ocasional de las brasas y el constante murmullo de la lluvia. Decidió tomar el día para sí misma, permitiendo que su mente y cuerpo se recuperaran. El tiempo en la montaña le había dado la oportunidad de desconectar y encontrar paz, y ahora, después de la noche anterior, sentía que había redescubierto una parte de sí misma.

Cate se quedó en el sofá, sorbiendo su café y mirando la lluvia caer. Sentía una mezcla de tranquilidad y renovación, como si el agua que caía del cielo limpiara no solo la tierra, sino también sus pensamientos y emociones. Sabía que todavía tenía cosas que resolver en su vida, pero por ahora, en ese momento, estaba en paz.

Cate estaba sumida en sus pensamientos, disfrutando de la tranquilidad y el calor del fuego, cuando escuchó un golpe en la puerta. La sorpresa la hizo levantar la cabeza y mirar hacia la entrada, preguntándose quién podría ser. Se levantó lentamente, aún envuelta en su bata y sin nada debajo, y se dirigió a la puerta.

Cuando abrió, la vista la dejó sin palabras. Allí, empapado por la lluvia, estaba John. Su exmarido la miraba con una mezcla de desesperación y alivio en sus ojos.

— ¡John! — exclamó Cate, sin poder ocultar su sorpresa. — ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo supiste de esta cabaña?

John se pasó una mano por el cabello mojado, intentando apartar el agua de su rostro.

— Cate, necesitamos hablar. Por favor, déjame entrar. — Su voz tenía un tono de urgencia que Cate no pudo ignorar.

Cate vaciló por un momento. El simple hecho de ver a John allí, en su refugio, la hizo sentir vulnerable y confundida. No entendía cómo había llegado hasta su cabaña, un lugar del que nunca le había hablado. Pero algo en su expresión la hizo dar un paso atrás y abrir la puerta completamente para dejarlo pasar.

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