El contrato

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Mabel atravesó la oscuridad y, en lugar de continuar subiendo, la gravedad se invirtió, arrojándola en caída libre. El lugar donde se encontraba podría describirse como "vacío", compuesto en su mayoría por una infinita oscuridad, profunda y espesa, como si en cualquier momento fuera a zambullirse en un mar de brea. Las mariposas se apresuraron a rodearla, formando una nube que suavizaba su descenso. Parecía un meteorito surcando el cielo nocturno, y la idea hizo que Mabel riera a carcajadas sin parar. Si arrojaba su peso a un lado, rodando sobre las mariposas, estas se apresuraban a sostenerla y redirigirla en una dirección que solo ellas conocían. Si pudieran quejarse, la acusarían de complicarles el trabajo con cada voltereta que insistía en realizar.

A diferencia de la fisura en su habitación, la oscuridad de ese vacío no era opaca y sin fondo; más bien, la luz provenía de ciertos puntos colocados aleatoriamente en diferentes partes del espacio, como cuadros colgados en un museo. Los más lejanos apenas eran una mancha de color flotando en la penumbra, mientras que los más cercanos parecían escenarios de teatro en plena función. Curiosa, Mabel luchó para poder ver lo qué hacían los títeres dentro de cada cuadro, queriendo entender lo que pasaba, pero se deslizaba tan rápido que apenas conseguía un vistazo fugaz. Entre ellos distinguió un paisaje congelado, donde la espesa nieve impedía avanzar a los títeres, y otro casi se perdía en la oscuridad del fondo, pues mostraba un océano nocturno con diminutos botes remando entre aguas infestadas de medusas bioluminiscentes.

Las mariposas, guiadas por su líder, redoblaron esfuerzos para evitar que Mabel lograra su cometido de engancharse a alguno de esos escenarios. Entre aplausos y forcejeos, su viaje fue abruptamente interrumpido por un par de brazos fuertes que la arrebataron del control de las mariposas. La nube vaporosa regresó indignada, abofeteando al responsable con sus patas. Sin embargo, una chispa estalló entre los revoltosos insectos, creciendo en una llamarada de rojo y naranja que las disipó por la fuerza, eliminando una gran parte en el proceso. Ni tontas ni perezosas, las mariposas admitieron la derrota y renunciaron a Mabel, buscando refugio en la oscuridad circundante. A fin y al cabo, su tarea era traerla, y ya lo habían hecho. Si llegaba al punto de retorno o no, ¿qué les importaba a ellas?

Mabel tampoco estaba interesada en si las mariposas la abandonaban o no. Su cerebro, empalagoso y solo capaz de pensar en un cosa a la vez, se enganchó de lo único que valía la pena en ese lugar: una cara bonita. Su enfoque se hiperconcentró en los ojos naranjas, del color de las primeras minutos del amanecer, que la observaban a su vez. El rostro del joven era todo ojos alargados y líneas afiladas, con el cabello oscuro cayéndole hasta la mitad de la espalda, prolijamente peinado y recogido en una coleta baja. Con todas sus inhibiciones adormecidas por el sedante que las mariposas le habían dado, no dudó ni por un segundo en acariciar las espesas pestañas. No le importó que la punta de sus dedos estuviera manchada con yeso, ni que al tocarlas dejara un rastro de polvo en ellas.

No, su cerebro ignoró deliberadamente la mueca de disgusto del joven y se centró en la segunda cosa más atractiva en él: el solemne uniforme militar que vestía. Se veía digno y orgulloso, como un soldado debía ser, con charreteras en los hombros y filas de medallas colgando del pecho. El corazón de Mabel dio un vuelco, y no pudo evitar soltar burbujeantes risillas nerviosas, recargando su mejilla contra su hombro sin apartar la vista de su rostro. Decidió que estaba bien si él quería interrumpir todos sus sueños por el resto de su vida.

—Cien por ciento perfecto —murmuró Mabel, soltando un largo y empalagoso suspiro enamorado. Olía a plantas y, aunque el olor le hizo picar la nariz, todavía pudo apreciar la esencia masculina en él.

El soldado comenzó a moverse, dio media vuelta y entró en lo que Mabel había creído que era el escenario de un teatro. Se equivocó. No era un escenario, y aquello no era una obra de teatro; era un espacio real, con dimensión y profundidad. En ese bloque de cemento aparentemente suspendido en el aire se encontraba una parada de autobuses con todos los elementos básicos para identificarla: el poste con los señalamientos, horarios, un refugio simple en forma de alero donde los peatones podían esperar en bancas, una máquina expendedora rota y vandalizada, botes de basura y anuncios publicitarios. Incluso había maniquíes perturbadores representando a personas reales esperando el autobús. Era una parada tan común y descuidada como cualquier otra en la que Mabel hubiera estado antes. El soldado la depositó sobre una de las bancas desocupadas, evaluando la gravedad de su estado en silencio.

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