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La habitación secreta de Edward

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Mabel pensó que lo más difícil sería conseguir la silla para trasladar al viejito. No fue así. Una vez que Cheryl aceptó acompañarlas –en nombre de la venganza y la justicia–, todo fluyó sorprendentemente bien. A Cereza le bastó un solo intento para derretir la cadena que mantenía sujeta a la rubia. Cheryl vitoreaba, dando saltitos y aplaudiendo; el ave de fuego no se dejó acariciar, pero se contoneaba con orgullo y vanidad al ritmo de los aplausos. 

Sobre el camisón, Cheryl se colocó una bata casi transparente, con plumas en los bordes, y unas frágiles ballerinas en los pies. Mabel comprendió la importancia de mantener la armonía estética y no la juzgó.

—Me llevaré esto y... esto —murmuró la rubia mientras sacaba un bolso de lentejuelas plateado y lo llenaba con el cuaderno de notas y algunos objetos ocultos en la habitación. Tomó parte del dinero, dejando una buena suma abandonada en su caja. Mabel se despidió con pesar; sería de muy mal gusto volver a guardarlo en su mochila después de haberlo entregado.

Cheryl sabía de memoria dónde estaba cada cosa, y fue cuestión de seguirla unos metros por los pasillos hasta llegar a un almacén donde había un par de sillas de ruedas plegables.

—A estas alturas, las alas deben estar cerradas —comentó la rubia mientras cerraba las puertas del armario.

Cheryl no tenía intención de cargar la silla, así que Mabel, la única otra persona viva dispuesta a llevar a cabo el plan, le cedió el bastón para poder transportarla ella.

—Sabemos cómo salir —respondió Mabel, siguiendo a la dama fantasma. Cheryl ya le había indicado en secreto a Felicity a dónde quería ir, pues su confianza en las dos nietas aún era endeble.

Era justo, considerando todo lo que le habían hecho soportar. Miya las acompañaba sin intervenir, aunque al menos no estorbaba. Mabel sospechaba que desaparecería en cuanto encontraran algún rastro de la arcade. 

Felicity las guió por varios pasillos hasta detenerse frente a un área específica de la pared.

—Quita el espejo —ordenó a Mabel, quien, por supuesto, había quedado relegada a hacer los trabajos pesados.

Cheryl se compadeció –un poquito, nada más– cuando el pesado marco adornado con serpientes estuvo apunto de tumbarla. Entre las dos lograron moverlo, revelando una zona cubierta con tapiz negro. Mabel presionó sobre él y una puerta secreta se abrió.

—Oh —Cheryl abrió la boca, sorprendida. —Pensé que era por la humedad.

La rubia parecía extremadamente feliz dentro del pasadizo oscuro y polvoriento. Felicity iba a la cabeza, con Cheryl pegada a sus talones fantasmales e intentando iniciar una conversación –sin mucho éxito–. Mabel, cargando la silla, marchaba justo detrás, seguida de Miya, una sombra silenciosa bajo la constante vigilancia de Cereza. Ahora que el pajarito estaba más fuerte, el fuego que emitía era más peligroso que decorativo. Estaba listo para usarlo y causar heridas graves. Mabel tenía la ligera sospecha de que esperaba que Miya le diera una excusa para probar su nueva fuerza.

Felicity se detuvo ante unos escalones de piedra que no llevaban a ningún lugar.

—Por aquí —dijo, atravesando el techo del túnel.

Cheryl subió alegremente los peldaños y empujó la puerta secreta sobre su cabeza con el bastón. Mabel reconoció la sección de la casa al instante: la escotilla formaba parte de los peldaños de las majestuosas escaleras que ella y Clover habían bajado al comienzo de esa noche. Justo detrás debía estar el reloj, aquel donde las serpientes trepaban en su intento de alcanzar la gloria.

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