El bocadillo más fragante

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Mechones sueltos de cabello golpeaban el rostro de Mabel mientras la camioneta avanzaba a paso moderado por la carretera. Kiran iba al volante, con un brazo fuera de la ventana y tarareando una canción. Ella viajaba en la cajuela, sola, recostada junto a la ventanilla y abrazándose a sí misma. Se había vuelto a poner las botas, los pantalones, la sudadera y la chamarra, pero dejó los bolsos al cuidado de Eddy y Bastet. Gavril, con su tono habitual -áspero y seco- les había dado un plan a medias, entrelazado con la historia que les contó: deseaba darle a la bestia un final trágico, similar al que tuvo su familia. No aceptaría otra cosa. Sin embargo, la criatura no lo seguiría, y arrastrarla era imposible; aunque pareciera un saco de huesos, seguía siendo uno con mucha fuerza.

Con su voz ronca -bastante agradable, lamentablemente- murmuraba quejas sobre ellos, sobre cómo supo que sus años de arduo trabajo se habían ido al infierno cuando encontró a la bestia devorando a una mujer a mitad de la carretera. Como ya había hecho antes, condujo directamente contra ella, lanzándola por los aires. La criatura, cínica, se mantuvo aferrada al cuerpo mientras corría hacia los árboles para terminar de devorarla. Prefería las partes más grandes -piernas y torso- por tener más carne para masticar. La cabeza, en cambio, la dejó aún lado. Las veía como trofeos, que colgó en su día en la cabaña o en el bosque para que los visitantes supieran lo que les esperaba. Un viejo hábito de sus días de gloria. Gavril mencionó, con la misma indiferencia de siempre, que esperaba que la cabeza de la mujer -Jane, que en paz descanse- los convenciera de huir de una vez. Pero ahí estaban, listos para otra aventura.

Los últimos minutos en la cabaña pasaron como un borrón para Mabel, demasiado ocupada llorando y repitiendo en bucle lo que Gavril había dicho sobre ella. Sus palabras dulces fueron una trampa inocente, pero efectiva, que la obligó a replantearse su amor propio. No podía derrumbarse cada vez que alguien le decía algo vagamente agradable; no le alcanzaría la vida para complacer a todos. Y menos si lo que querían de ella era usarla como carnada. La paseaban como un trozo de carne sazonada, asada y puesta a enfriar en una ventana, dando vueltas en círculos, esperando que la luna llena se tornara rosa. Gavril mencionó que la transformación podía ocurrir antes, pero el punto más alto de la luna era cuando sus mentes se nublaban, aumentando las posibilidades de éxito. Sin hierba que comer, la bestia no podría resistirse a un festín tan suculento como ella.

Mabel estaba de acuerdo, pero no le gustaba la forma en que Gavril la miraba al decirlo. Podía verlo salivar y tragar con dificultad; no fue solo una o dos veces. Después de que limpió los restos de las hierbas en su piel, Gavril parecía incapaz de apartar la mirada. Había procurado mantener distancia por precaución, pero él tenía la inquietante habilidad de aparecer detrás de ella. Pensar en que podría morderla de forma no consensuada y sangrienta apagaba cualquier rastro de libido que su presencia masculina y dominante podría haber despertado en ella.

—Nunca tocaría a una mujer —dijo Gavril al verla asustada, y después de un momento de silencio incómodo, agregó: —No de nuevo.

Sin el contexto de su vida, era una frase muy homosexual de su parte, aunque no parecía darse cuenta. Mabel terminó relajándose, distraída mientras contenía la risa. Podría entregarlo a la comunidad felizmente -al igual que a Kiran-, pero le gustaría quedarse con Erik, porque sabía guardar silencio y era el más fácil de mirar sin querer ahorcarlo justo después. Gavril, ajeno a sus pensamientos, continuó con sus preparativos. No vio de dónde lo sacó, pero de pronto había frascos y frascos de hierbas sobre la mesa. Al saber de donde provenían, Mabel cayó de nuevo en una espiral decadente. Si pensaba que llevar la ropa de alguien desaparecido en combate era malo, las hierbas que crecían en los cadáveres, untadas sobre sus heridas -desde el cuello hasta la punta de los pies- era horripilante... ¡Qué asco! Los inciensos y el agua hirviendo no iban a ser suficiente para darse una limpia; tendrían que unirse el vinagre, el alcohol y el Ajax a la fiesta como la santa trinidad purificadora para su cuerpo y alma. Eso sí, los efectos fueron maravillosos, sanando incluso los músculos adoloridos, pero esta era una de esas veces en que el remedio no valía la pena. Mabel tuvo que enterrar, muy discretamente, un par de lingotes de oro en el patio de Gavril para sentir que pagaba a los muertos por su sacrificio.

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