Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
Su cabeza golpeó contra el filo de una mesa de madera al caer. Mabel quedó en el suelo, soltando un quejido doloroso mientras sus huesos tronaban.
-No estoy... lo suficientemente joven para soportar esto -se lamentó, sin saber si le dolía más la cabeza, la espalda, la rodilla o la cadera.
Lele, quien -por decisión de Mabel- se mantenía escondida bajo la ropa, esperaba no tener que usar el botiquín tan rápido, pero estaba lista para socorrerla. El golpe iba a dejar un gran moretón y, quizás, hasta un chichón.
-"Necesitas hielo" -comentó Lele.
-¿Habrá hielo por aquí?
Ambas giraron sobre sus pies, observando el invernadero donde se encontraban. Era de noche, y la luz mínima provenía de algunas velas estratégicamente colocadas por el sitio. Lele caminó sobre una de las mesas, acercándose a la pared de cristal más cercana. Afuera, el viento agitaba las ramas de los árboles, aullando lamentos en sus oídos. En la oscuridad, unas luces tenues formaban un nombre de manera muy familiar.
-"Hemos aparecido lejos del resto de los jugadores; parece que tendremos que cruzar una barda para salir."
-¿Brincar una barda? -Mabel saltó, se trepó a la mesa, se acostó boca abajo y apartó las enredaderas para mirar junto a Lele. Cereza salió desde la cima de su cabeza para unirse al chisme. -Dios, pero es muy alta. ¿Cómo voy a trepar eso? ¡Y todo para volver a entrar de este lado!
-"Lele tiene una escalera."
-¿No puedo solo, ya sabes, desmayarme de este lado y fingir demencia?
-"Si los jugadores aparecen todos en un mismo punto, te verás sospechosa."
Mabel suspiró y se arrastró fuera de la mesa.
-Vamos, terminemos con esto.
Le hizo un gesto a Lele, recibiéndola bajo su cárdigan para que volviera a esconderse. Cereza se convirtió en tatuaje y descendió hasta su clavícula. Mabel se sacudió la ropa y avanzó en la dirección que Lele, desde su cuello, le indicaba.
-Espero que haya hielo -murmuró con tristeza.
Cuando desaparecieron por la puerta, una figura emergió de entre las sombras. Las puntas de las astas de la cabeza de ciervo que usaba como máscara rozaban el cristal superior del invernadero mientras avanzaba. El hombre siguió el camino que había recorrido Mabel, observando la parte del techo que se había abierto para revelar la espiral y tocando la sección de la mesa donde ella se había golpeado y donde se recostó junto al cristal.
Si Mabel hubiera descubierto a su espectador silencioso, quizá se habría desmayado de verdad. O tal vez habría omitido ciertas palabras de su conversación. O simplemente habría corrido muy lejos, ya que él era un hombre alto, con músculos bien definidos bajo la ropa suelta y una máscara de hueso que mantenía su rostro en sombras. El largo cabello negro cayó como una cascada de seda por su espalda -algo a lo que Mabel habría torcido el gesto al ver, llena de pura envidia- mientras él se inclinaba a la altura en que el trío había estado mirando por la ventana. No tuvo problemas para encontrarla de nuevo, en una esquina lejana de la barda, con la muñeca maldita ayudando pacientemente a cruzar al otro lado.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa hasta que se perdieron de vista.
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