No me olvides

63 11 7
                                        


Llegó hasta la entrada de la villa, tan linda como había imaginado, y dio media vuelta, regresando sobre sus pasos para buscar en qué parte se había equivocado. Desde la colina se veía el camino hacia la casa abandonada, pero la desviación nunca apareció. Mabel tuvo que avanzar con la mirada fija en el suelo, buscando las señales del sendero perdido entre la maleza. Si entrecerrabas los ojos y pasabas por alto las ramas caídas que le daban una apariencia de inaccesibilidad, podía distinguirse la abertura entre los árboles a lo largo del trayecto. 

Confirmó su sospecha al dar un paso fuera del camino claramente delimitado, bordeado de flores y mariposas revoloteando. Las copas de los árboles se cerraron, la oscuridad se intensificó y los vientos cargados de lluvia comenzaron a silbar entre el follaje. Retrocedió un paso, y el clima volvió a ser soleado y perfecto.

—Completamente maldito, es por aquí —murmuró, abrazando con fuerza a Lele.

"Entonces, vamos."

Mabel leyó su mensaje y asintió, pero no se movió de donde estaba.

"¿Qué pasa?"

—Es que... siento que va a ser un poco accidentado. ¿No tendrás, como, rodilleras?

Cereza, sobre la cabeza de Mabel, voló a una rama baja e interpretó la escena más trágica posible. Fingió que algo lo golpeaba en la cabeza, se dejó caer de la rama, desmayado, y luego se elevó, mirándola fijamente. Mabel frunció el ceño, con la boca entreabierta de asombro por la manera tan clara en que la estaban dejando en evidencia.

"Lele entiende" — la muñeca rebuscó en su bolsillo.

Mientras Lele revisaba su almacén, Mabel dio un paso dentro del bosque maldito y se sentó en uno de los troncos que obstruían el camino.

—Pueden ser vendas —dijo, observando sus manos, aún envueltas en el suave vendaje blanco que le había puesto Hazel. Por experiencia sabía que cualquier tipo de protección era mejor que nada, y que no podía ponerse quisquillosa. Necesitaba salir de allí lo más intacta y rápido posible, lo cual significaba ir directo a los problemas.

"Lele tiene esto."

Sacó protección para codos y rodillas, cascos de ciclismo, de construcción, militares y otros modelos igual de poco favorecedores.

—... Servirá —dijo Mabel, tomando las rodilleras y fingiendo no ver los cascos, todos muy feos, grandes y toscos.

Se quitó los tenis para pasar la banda elástica de las rodilleras por encima de los jeans. ¿Se veía raro? Sí, pero una vez puestas, se sintió un poco más segura de rodar por otra colina sin pelarse la piel. Cereza se posó en un casco de motociclista y soltó un pitido.

—... Hay que recoger esto e irnos...

El ave gorjeó más fuerte, golpeando su patita contra el casco.

"Proteger la cabeza es lo más importante" —señaló Lele, uniéndose al lado de Cereza.

Mabel los miró con tristeza. Ellos le devolvieron miradas duras. Su bonito atuendo quedó arruinado por las bandas negras y el casco de protección amarillo. Sin embargo, apenas dio un paso dentro del bosque, empezó a valorar más la utilidad de los elementos de protección. Metió –accidentalmente– el pie en un hoyo y cayó al suelo antes de siquiera empezar. Cereza, desde una rama, y Lele, que apenas sacaba una hoz para abrir paso entre la hierba, solo la miraron, sin sorprenderse. Mabel levantó el rostro lleno de maleza y los observó.

—Ni una palabra —les advirtió, apuntándolos con un dedo amenazante. Sus dos compañeros de aventuras se encogieron de hombros; al fin y al cabo, ninguno de los dos hablaba.

Rever ArcadeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora