—Esto sería más fácil si lo tiramos al mar.
—¡No podemos! —jadeó Mabel, soltando su lado de la silla para tomar un respiro.
Entre Cheryl y ella estaban moviendo al viejito, aunque era Mabel quien cargaba con la mayor parte del peso. No es que él fuera especialmente pesado, pero el respirador portátil sobre sus piernas, con su propia batería, sí que lo era. Avanzaban con apuro por los pasadizos, no porque temieran que Michael despertara –si es que realmente era posible–, sino porque William representaba una amenaza mucho más seria que cualquiera de sus hermanos. Con algo de suerte, se quedaría atrapado en la mansión mientras ellas escapaban.
—¿No será que... ? —Cheryl la escaneó de arriba a abajo.
—¿Qué? —Mabel le devolvió la mirada con desconfianza.
—Siempre pensé que tú y Edward tenían una relación... peculiar.
—¿Relación...? ¡No! Dijimos que no hablaríamos más de eso.
Cheryl se encogió de hombros.
—¿Te lo prohibió Dios?
—Me hizo creyente, iluminada y monja, todo la misma noche, ¿no es eso un milagro?
Podría estar hablando tanto de la noche en que conoció a Davian –cuando su ruta de vida se torció a una trayectoria extraña–, como de aquella horrible velada con los Clow, en la que el toque fugaz y huesudo de un viejito mañoso la volvió célibe. No quería generalizar sobre los hombres, aunque los guapos le resultaban inquietantes, con la esperanza de manifestar una pareja alta, atractiva y espectacular, alguien que pudiera rivalizar con su amor idealizado por el Conde Von Bargen.
Cordelia jamás habría tenido que cargar con un engendro del mal, sudando a chorros por pasillos húmedos y sofocantes, eso era seguro. A Mabel aún le quedaba un largo camino por recorrer –mucha gente que buscar–, pero después de todo ese trabajo, al menos ya le alcanzaría para ir a terapia el tiempo que hiciera falta.
—Los pasadizos terminan en el centro del jardín. El resto del camino es por el exterior —anunció la dama fantasma.
Mabel sospechaba que las estaban guiando por rutas más complicadas solo para disfrutar viendo cómo zarandeaban a Edward Clow. Cheryl había recurrido a la "violencia accidental" más de una vez desde que comenzaron a descender por los pasillos, dejando que las agarraderas se le resbalaran o fingiendo que el sudor le hacía perder el control. A veces el anciano se deslizaba solo por las pendientes, estrellándose contra las paredes. Si tenía suerte, los cables se enganchaban en algo y frenaban la caída. De un modo u otra, terminaba golpeado, pero mientras siguiera vivo, a nadie le importaba.
—Me sorprendió que Michael apareciera tan de repente —susurró Cheryl a Mabel, aunque su expresión mostraba todo menos sorpresa. —Siempre fue el más notorio, y justo por eso su señor padre nunca lo soportó. Te tenía celos porque pasabas más tiempo con él que con nadie.
—Dijimos que no hablaríamos de eso —repitió Mabel sintiendo cómo su ojo sano parpadeaba involuntariamente por el estrés.
—Cierto, perdón —respondió Cheryl con una sonrisa boba, empujando lejos la silla de Edward.
Al verla marchar, Mabel sospechó que Cheryl podría estar jugando con su mente. Después de todo, era mucho más inteligente de lo que aparentaba. Tal vez se estaba vengando de todas las cosas que le hizo Mabel incomodándola a propósito. No era descabellado pensar que podría haber visto venir a Michael, ya que se apartó del peligro a tiempo, dejando que Mabel recibiera varios golpes antes de intervenir. Si ese era el caso, resultaba aterrador lo buena actriz que era.
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Rever Arcade
AventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
