La obsesión de Blaz

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—Tengo que mear.

Mabel se aferró al marco de una puerta y se negó a soltarse.

—¿Puedes esperar cinco minutos? ¡Ya casi llegamos!

—Piiiiisss...

Séamus alzó la vista al cielo en busca de ayuda y al cuchillo de Lele por paciencia.

—Por favor, ¡vas a hacer que me golpee!

—Pipí, tengo que...

—Ya, ya entendí. ¡Suéltate para que podamos ir a un baño!

Mabel obedeció con una sonrisa de suficiencia que Séamus quiso golpear. Se encaminaron por un pasillo alterno que sí conducía a unos baños, pero que él había intentado evitar por la simple y sencilla razón de que odiaba ayudar a un borracho a usarlos. La dejó de pie y la empujó dentro con un:

—¡Atínale al hoyo!

Mabel se tambaleó hacia el centro del baño.

—¡Soy muuujer!

Pero al ver el estado de los tres inodoros y sus respectivos cubículos, entendió por qué lo había dicho y no estaba tan borracha como para aceptar entrar allí. Encontró su reflejo en el espejo, sonrojado e inestable, y lo señaló con un dedo acusador.

—No —ladró con mucha seriedad. —¡Aguanta!

Estaba decidida a retener lo que necesitaba retener hasta encontrar condiciones decentes y dignas para hacerlo, pero su vejiga, llena a reventar de cerveza de menta, no estaba cooperando.

Séamus silbaba al ritmo de su irritación, con los pies inquietos siempre apuntando de regreso a la arena, donde su gran amor luchaba. Pasó un minuto entero fantaseando antes de darse cuenta de que había demasiado silencio detrás de él.

—Muuujer... —tocó la puerta, llamando a Mabel y alargando la palabra como ella había hecho.

Empujó la madera, asomó la cabeza por la abertura y miró con horror el baño vacío. Sobre los espejos, la rejilla de ventilación estaba abierta.

—No... no va a pasar nada, ¿verdad? —Séamus se apresuró a trepar por los lavamanos, asomándose al hueco de la ventilación con pánico. —La muñeca está con ella, sí, está con ella, jejeje...

Una humana y cerveza de los duendes era una combinación nueva para él, pero Mabel parecía soportarla bien, ¿verdad? Cerró la rejilla para no levantar sospechas de terceros, bajó riendo sin humor y se ajustó el cuello del traje, visiblemente nervioso. Salió con una mueca y se unió al primer grupo de duendes que regresaba alegremente a ver la pelea. La había llevado lo suficientemente cerca, ¿no?

Distinguió a Hugo a lo lejos, quien levantaba el pulgar esperando una confirmación de su parte. La escoba estuvo a punto de caer de sus manos al ver a Séamus evitar su mirada y devolverle el gesto con una expresión culpable.

 La escoba estuvo a punto de caer de sus manos al ver a Séamus evitar su mirada y devolverle el gesto con una expresión culpable

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