La expresión de Miya era la de alguien que deseaba gritar de indignación, pero no podía. Mientras ambas seguían a la dama fantasma, alternando entre pasillos y pasadizos, Mabel se mantuvo a un brazo de distancia. Sí, se podría decir que estaba haciendo trampa al saltarse puertas y rejas cerradas, pero ¿y qué? No era su culpa que hubieran puesto dos juegos en uno, permitiéndole aprovechar las lagunas. Ganarse el favor de la dama fantasma casi le había costado el cuello, así que no se disculparía por intentar facilitar las cosas.
Aunque la partida de Mabel había sido un poco atropellada, la de Miya fue peor, mucho peor. Se esforzó en no mostrar lo feliz que estaba de no ser la persona más golpeada de la habitación, y menos aún celebrar que estaba mejorando en eso de ser una cazarrecompensas.
Al doblar una esquina, entraron en un pasillo repleto de decoraciones, anunciado su llegada a una nueva ala. Desde su nueva perspectiva sobre John Joseph, su hambre de atención era muy obvia. Al verlo de ese modo, los adornos en las paredes parecían hasta tristes. Sin embargo, no sentía lástima por él, no cuando era más que probable que hubiera más de una trampa venenosa oculta entre las estatuas y relojes. Giraron a la izquierda al final del pasillo, entrando en una nueva sección más acorde con la cocina que con la excentricidad de los Clow.
—La última puerta a la derecha —gruñó la dama fantasma antes de desaparecer en el suelo.
Después de conocer al marido que había conseguido, el odio de la fantasma hacia Cheryl le parecía completamente injustificado, pero cuando eliges tus batallas, como Mabel juró hacer, pelear con un fantasma que sabía cómo moverse por la mansión estaba fuera de discusión. Sacó la mini linterna para iluminar el corto tramo, y ambas se detuvieron frente a la puerta, observándola en silencio por unos segundos.
—¿Tocamos? —susurró Mabel, llena de dudas.
—¿Estás bromeando? Estas personas no existen, ¿por qué tocarías?
—Existían cuando te dieron una paliza —susurró Mabel, pero de todas formas abrió la puerta.
La luz ondulante de las velas las recibió. Cheryl había colocado velas largas por todo el cuarto para contrarrestar la oscuridad. La habitación era más pequeña que las anteriores, pero no tan modesta como una de servicio. Había detalles que solo una joven podría añadir, dando un toque de vida al lugar.
En algún momento, Cheryl había estado sentada en medio de la sala, sobre una alfombra blanca y mullida, con revistas esparcidas a su alrededor. Las almohadas aún conservaban la huella de su cuerpo. Al acercarse, Mabel notó un refresco de cola en el suelo junto a la alfombra, todavía cubierto de gotas frías. Más cerca del centro, se dio cuenta de una delgada cadena de plata que salía de una puerta hacia la sala. La siguió con la vista, buscando su final.
—¿Qué...?
Cuando apuntó la linterna detrás de ellas, Mabel esquivó por poco un objeto lanzado hacía su cabeza. La rubia, que blandía la lámpara como una espada, cambió de dirección y la estrelló contra la espalda de Miya, que fue un poco más lenta para reaccionar.
—¡Vete al carajo! —gritó la mujer, chocando contra la pared más cercana, sacudiendo los fragmentos rotos de la lámpara en su ropa.
—¡¿Cheryl?! —chilló Mabel, esquivando a la chica que ahora sostenía un fragmento de porcelana como cuchillo.
Cheryl, con su cabello rubio revuelto en ondas agraciadas, se lanzó de nuevo contra Mabel. Su camisón rojo y sexy brillaba junto con su piel clara a la luz de la linterna. Sin maquillaje, su rostro lucía más joven y bonito que el del retrato con el abuelo Clow. Sin embargo, la furia en sus ojos no era nada atractiva; al contrario, parecía dispuesta a destripar a Mabel con sus propias manos.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
