La dimensión desconocida

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Mientras Mabel descendía por una espiral blanca y negra, llena de giros imposibles y aparentemente interminables, las cosas en Rever Arcade seguían su curso. Lumière, inclinado sobre su escritorio, continuaba trabajando sin descanso para mejorar los accesorios que le entregaría más adelante. Mientras cosía, fingía no escuchar los cuchicheos burlones que se mofaban de las herramientas viejas y los materiales baratos sobre su mesa, en su rincón polvoriento del almacén. Esta vez, estaba decidido a no darle ninguna excusa a Mabel para quejarse de su trabajo, hasta lograr que aumentaran el presupuesto de su proyecto.

Los juegos continuaban en su habitual ciclo infinito e imperturbable. En la central de juegos, donde abundaban las máquinas arcade, se veían tanto rostros felices celebrando victorias como personas tristes y desdichadas, junto con sombras apáticas que cruzaban sin inmutarse. En medio de ese flujo constante de jugadores, Eddy y Nolan vigilaban ansiosos la alberca de pelotas desde el borde, esperando que Mabel apareciera en cualquier momento, pero solo las caras extrañadas de Kiran y Erik les devolvieron la mirada. Ninguno pudo explicar qué había pasado.

Dentro de las partidas, jugadores menos afortunados seguían probando su suerte, incapaces de encontrar la salida; como Joey, que alzó la mirada cansada hacía Dave antes de dar un paso al cálido interior de la posada, donde una dulce mujer vestida de azul los invitaba a refugiarse de la niebla.

Y otros, completamente abandonados por la esperanza, enfrentaban el final de sus vidas con amargura.

Un jugador se arrastraba sobre manos y rodillas por la escalera, observando de reojo cómo sus brazos se transformaban en los de un anciano, con la piel pegada a los huesos, colgando arrugada y vieja. Incapaz de ponerse en pie, lo único que le quedaba era seguir arrastrándose, impulsado por el miedo y la ira abrumadora que sentía. La puerta al final del pasillo, hacia la que se dirigía tan rápido como sus frágiles extremidades le permitían, estaba entreabierta, dejando escapar una franja de luz naranja. Se estrelló contra ella, cayendo al umbral del estudio.

—Tú... —su voz era ahora solo un susurro seco y tembloroso, casi inaudible. Con la carne consumiéndose, pronto no sería más que una momia sobre la alfombra, polvo en el olvido. Al fondo del estudio, el joven dueño de la mansión seguía observando por la ventana sin inmutarse. El jugador quería llorar, pero la humedad en su cuerpo había desaparecido, y solo pudo balbucear, intentando emitir algún sonido coherente para llamar su atención. No quedaba rastro del amable y educado joven que los había recibido en su casa; su indiferencia era tan cruel como el castigo que acababa con su vida.

Gimoteó, arrastrando su peso con los antebrazos, deseando atraer su atención. Había llegado hasta este punto porque él era su última esperanza, aunque su mente continuaba gritando que su comportamiento gentil era un engaño, tan hipócrita como el pueblo que gobernaba. Sin embargo, no podía resignarse a perder así.

El mayordomo, igual de joven como el señor de la mansión, lo miró de reojo, frunciendo el ceño.

—Se ha colado basura de nuevo —se quejó mientras llenaba la copa sobre la mesa con un brebaje verde.

El joven señor de la mansión, de aspecto frágil y enfermizo, no parecía notar al visitante que se retorcía en su puerta, soltando su último aliento en agonía. En cambio, su atención permanecía fija en la ventana a su lado, esperando pacientemente. Un panel emergió junto a él, y la voz de Evie Boo advirtió:

[Cargando nueva partida...]

Tras las rejas del patio delantero, un nuevo grupo de jugadores apareció. Hazel bebió de su copa, aguardando el momento para recibir a sus invitados.

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