Castigo doble

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Mientras Gustav cargaba a Mabel sobre su hombro, ella se retorcía, buscando a Cereza en su piel. Lele, navegando sobre la cadera de la chica, lo vigilaba amenazante, pero el pelirrojo no se inmutó, como si no pudiera ver ni a la muñeca ni el cuchillo que sostenía.

—Debe quedarse aquí mientras las aguas se calman, señorita —dijo, depositando a Mabel en el centro de una de las habitaciones del servicio. Dio media vuelta y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Lele, con su escalerita, comprobó que habían puesto seguro por fuera, encerrándolos en el interior.

"Si quieres marcharte, Lele puede romperla en diez segundos."

Cuando giró para ver a Mabel, se dio cuenta de que la chica no le estaba prestando atención; en cambio, se había sacado el cárdigan y la camiseta rosa, y estaba a medio camino de desnudarse frente al espejo del modesto tocador en la habitación. Cereza era una pequeña bolita, de la cual solo se distinguían las plumas de las alas, entre los omóplatos.

—Cielo, no escuches lo que dijo. Es un idiota, envidioso, ¡su opinión no importa!

Pero el ave de fuego, en lugar de responder, estiró las alas y bajó por la columna, perdiéndose en el borde de los jeans.

—¡Cereza! —Mabel se desabrochó la tela del cinturón, se quitó los tenis a patadas y bajó los pantalones de golpe. Volvió a encontrarlo tras la rodilla. —Eres la mejor bestia del mundo. Mira lo mucho que has soportado y aún estás aquí, lo rápido que te estás curando. ¿Qué hubiera hecho yo sin ti? ¡Me has salvado la vida muchas veces!

El tatuaje del pajarito daba vueltas por su cuerpo; Mabel intentó seguirle el ritmo, pero era demasiado rápido, hasta que, simplemente, subió sobre su cuello, ocultándose bajo el cabello, donde no podían verlo con claridad.

Lele le hizo señas a Mabel, pero la chica la ignoró, sentándose sobre el tocador y sujetándose el cabello en alto para ver las suaves líneas que formaban al pajarito en el cuero cabelludo.

"¡Mabel!"

—¿Por qué? —preguntó con los ojos llorosos y la voz temblorosa. —¿Por qué su opinión es más importante que la mía?

La sábana de la cama fue arrancada de un tirón y echada sobre Mabel de golpe. La chica regresó a sus sentidos en ese momento, dándose cuenta de dónde estaba y que algo pasaba en sus narices.

—¿Qué...?

—No creo que sea porque importa más su opinión —dijo una voz, de pronto.

Mabel tembló, deteniéndose a medio camino de retirar la sábana de su cabeza. Instintivamente cruzó las piernas desnudas y los brazos frente a ella, envolviéndose mejor.

—¿Cuándo...? —no pudo terminar la pregunta, la voz ahogada por la vergüenza al reconocer la voz.

—Hace un momento —respondió Hazel.

Lele había intentado advertirle cuando escuchó los golpes del bastón acercándose, pero Mabel no se dio cuenta. Lo único que la muñeca pudo hacer fue arrojarle la sábana y colocarse como tope contra la puerta, impidiendo que la abrieran. Sin embargo, Hazel no intentó entrar, quedándose de pie del otro lado. Que pudiera escucharse con tanta claridad se debía a que las paredes eran muy delgadas, y la puerta tenía suficiente espacio arriba y abajo para que el sonido pasara. Aún así, Lele no se apartó, lista con un cuchillo para dañar su otra pierna si era necesario.

—Perdona que no saludara antes. Sonabas... alterada. ¿Te encuentras bien?

—... He estado mejor —Mabel se miró en el espejo. ¿Cómo había terminado semi desnuda tan rápido? Su semblante estaba ensombrecido por la tristeza y el coraje. Nolan tenía razón, tenía serios problemas de ira; lo único que quería era abrazar a su pajarito y obligar a Oslo a pedir perdón de rodillas.

Rever ArcadeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora