El dinero había sido la razón principal detrás de muchas decisiones en su vida. Estaba obsesionada con él, porque la había hecho independiente cuando se estaba ahogando bajo la presión de una vida miserable, y era el medio por el que obtenía las cosas bonitas que la hacían feliz. Pero también era un castigo, una correa alrededor de su cuello que habían intentado apretar más de una vez. Trabajando por un sueldo mínimo, con el estrés como otro compañero que la asechaba hasta su casa, en empresas que solo querían robarle el tiempo y la vida, comprometiéndola y presionándola, mientras ellos juntaban cupones para pagarte las horas extra con pizza. En este dar y recibir, la remuneración no compensaba el esfuerzo.
No era sorprendente que su vida laboral terminara tan trágicamente. No estaba hecha para oficinas, las reglas ni las injusticias. Su rostro delataba el desagrado; su cuerpo entero se agitaba ante lo intolerable. En las noches que no podía dormir, tomaba el té con los fantasmas de su peores momentos, diciéndoles todo lo que habría querido gritar entonces. Se arrepentía de muchísimas cosas: lo que no hizo, lo que no dijo, lo que permitió. Se aisló de las personas, temiendo dar a alguien otra oportunidad para herirla. La única razón por la que la miseria no se convirtió en su mejor amiga fue Bianca. Agradecía a los cielos por crearla como la persona más terca en el mundo, un ser extrovertido que se aferró a su amistad con Mabel, aunque eso significara estar juntas simplemente leyendo, sin mirarse durante horas. No le pidió ser más, y no quiso que fuera menos, solo estar.
Fue la primera vez que, para recibir algo, no le pidieron otra cosa a cambio. Fue refrescante y renovador. Bianca, con su labial negro y dos chongos en la cabeza con mechas rojas, había sido un punto de inflexión que cambio su vida. Escuchó todas sus quejas e insultó con ella y en su nombre. Ahora Mabel también podía agradecerle por aquella noche de tequila y conversaciones profundas. Una oportunidad que cambiaba vidas la había encontrado -una que literalmente valía oro; llevaba una mochila repleta para demostrarlo-, una alternativa a las oficinas y los trajes, y la posibilidad de descubrir un mundo mágico en el que tenía mucha fe. Kiran, Erik y, que Dios la perdone, Davian, eran totalmente su tipo de hombre, y seriamente esperaba encontrar más que buenos amigos en ese lugar.
La inspiró, seguramente no del modo que Bianca habría querido o imaginado, pero era inspiración al fin y al cabo. Y por eso iba a romperle toda su bonita cara a Amelie. La nariz y brazo del cretino de su ex jefe iba a ser una pelea de niños con lo que le haría a ella. Puede que no fuera la chica inocente más pura de la historia y que su cuento de hadas tuviera un par de gotas de sangre por encima, pero ¿y qué? La vida real era mucho peor, más dura y cruel. Mabel solo pagaría con la misma moneda, nada más.
¿Quién tenía tiempo para costillas adoloridas cuando había un amigo graznando por ayuda? Amelie debía llevar tiempo rondando ese lugar, observando en silencio desde que llegaron; solo así se explicaba que no se sorprendiera por la condición de la cabaña ni se molestara en revisar los candados y cadenas. La rubia lanzó a Puro Hueso sobre el techo con un movimiento fluido, sin importarle un carajo que el pajarito azotara contra las paredes, indefenso. Luego trepó, ayudándose de una ventana hasta alcanzar la cima, dirigiéndose hacia la chimenea. El ave trinaba furioso, esforzándose por causar algún daño a Amelie, pero estaba demasiado débil, y sus ataques eran solo destellos en la oscuridad. No pudo evitar que Amelie arrojara el bolso deportivo por el hueco de la chimenea, pero, para su mala suerte, era demasiado grande para caber.
Mabel la alcanzó justo cuando Amelie abría la cremallera del bolso. La pateó por detrás de la rodilla y le estampó la cabeza contra los ladrillos de la chimenea. Agarró la correa del bolso sin detenerse y lo arrojó a un lado. El pajarito aleteó para amortiguar la caída. Amelie intentó rodar para alejarse, pero Mabel no soltó su cabello y volvió a golpear su cabeza contra los ladrillos, diciendo:
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
