Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
Existen dos planos superpuestos en Everton. En uno, hay una villa preciosa, bendecida todo el año con flores. En el otro, Astarté cosecha las almas, extrayendo de ellas su energía para alimentarse y sostener al pueblo que lo venera. Sus víctimas, incapaces de morir o desvanecerse, terminan convertidas en abono para sus campos y en una fuente de energía constante para sus cuerpos.
—¿Qué significan las flores? —preguntó Mabel a Laurel.
—No lo sé con certeza. Podrían representar a las víctimas o tal vez ser una manifestación del poder de Astarté. Aparece una nueva cada vez que uno de ustedes... se consume, supongo. Lo que sí puedo asegurar es que no son una creación natural, y sus efectos... atontan a la gente, nublándoles la mente —Laurel bajó la mirada con aprensión. Mabel notó cómo la tristeza le opacaba el rostro.
—¿Y el segundo plano? —interrumpió Ryker, inclinándose sobre la mesa. Mabel le lanzó una mirada de advertencia, dejando claro que, si seguía presionando a la niña, la casa o ella misma lo pondrían en su lugar.
—El segundo... bueno, tampoco lo sé con seguridad. ¿Quizás sea el lugar donde la energía toma forma fuera del cuerpo terrenal?
Al escucharla, Ryker y Mabel se miraron con idéntica expresión de desconcierto en el rostro.
—¿Qué?
—¿Eh?
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La gallina en la jaula sostuvo la mirada de Gustav. El mayordomo retrocedió y le entregó el cuchillo a una de las dos mucamas que estaban a su lado. La joven temblaba, sujetando el mango con ambas manos mientras lo miraba, aterrorizada.
—¡¿S-señor?!
—¿Qué estás esperando? ¡Mátala!
—¡P-pero señor...!
—¡Nada de peros!
Aunque su tono fue severo, ninguno de los tres sirvientes se atrevió a dar un paso adelante.
—Y-yo... ¡tengo que lavar la ropa! —soltó la mucama, dejando el cuchillo sobre la mesa antes de salir corriendo.
—¡Voy a remendar la cobija rota! —exclamó la otra, huyendo tan rápido como la primera.
Gustav las siguió con la mirada, cargada de odio, y luego volvió su atención a la gallina. Giró la jaula, la acercó a la ventana y abrió la puerta que la mantenía encerrada.
—¡Vete! ¡Huye! Si te vuelvo a ver, te prometo que te haré a la plancha.
La gallina, tan indiferente como antes, saltó fuera de la jaula y regresó con sus compañeras.
—¡Santo cielo! —murmuró Gustav, apoyándose, derrotado, en el lavaplatos. Papas y zanahorias se apilaban allí, esperando a que decidiera qué prepararía para la cena. La carne estaba descartada, el pescado no le interesaba a nadie, y las gallinas eran parte de la casa. Nadie –ni siquiera Gustav, que haría cualquier cosa por su amo– podía sacrificarlas para el menú de esa noche. —¿Caldo de verduras, entonces?