Desde el refugió de los árboles, Amelie podía ver la luz de una hoguera. No era el resplandor anaranjado de un fuego común, no se parecía en nada al cálido abrazo de la fogata del campamento. Por el contrario, el brillo azulado resultaba más frío y cruel, proyectando su luz hasta el borde del claro y creaba sombras oscilantes que parecían bailar con la oscuridad.
La cabaña, a contraluz, ofrecía una vista inquietante: las cadenas resplandecían junto con la pintura, y el humo, además del resplandor, les daba una exposición innecesaria. Tal vez lo mejor sería irse, adentrarse en el bosque y buscar un escondite. Ya sabía dónde se encontraba la arcade, y tarde o temprano el grupo de tres abriría las cadenas para marcharse, o la pareja de expertos vendría por su cuenta. Solo era cuestión de tiempo y paciencia para salir.
Sin embargo, su instinto gritaba en advertencia, recordándole que ese juego en particular no parecía seguir el mismo patrón que los anteriores, volviéndose cada vez peor. Era su cuarto juego; podía considerarse alguien con experiencia, y sabía que los objetos que llevaban los novatos solían ser cosas que tenían a mano o encima al momento de ser reclutados. Nada que, en teoría, debería ser capaz de crear una atmósfera tan ominosa como esa.
Mabel no parecía tan simple como cuando salió de la tienda, mirándolos con asombro. Era brutal, estúpida y salvaje; jamás había visto que un jugador romper las reglas con tanto cinismo. Le tomó dos juegos completos darse cuenta de las jugadas por debajo del agua: los movimientos discretos que usaban el entorno como arma letal para no ensuciarse las manos. Sin sangre, no habría castigo. Dejar inconsciente, drogar, provocar el peligro y redirigirlo al enemigo... Los jugadores con experiencia eran serpientes y alacranes escondidos.
Una parte de ella seguía rabiando de coraje, consigo misma por haber subestimado a una novata y con el jugador que la engañó para intercambiar su moneda. No quería recordar lo ingenua que fue al confiar ciegamente en él, admirar la hacha de cristal ultramarino que llevaba y creer en su palabra sobre el juego donde la adquirió. Recorrió de arriba abajo ese lugar de mierda y solo encontró diarios viejos e inservibles, polvo de plata y escarabajos carroñeros. El ave de fuego era lo más cercano a un objeto de valor, pero su estado era deplorable; con suerte, podría canjearla por unos cuantos puntos. Perdió puntos y tiempo yendo a ese sitio, y su orgullo sufrió una quemadura abrasadora.
Además de Kiran y Erik, era la única con números rojos. Este debía ser su momento de triunfar, y ni siquiera había logrado robar a una bestia mediocre. En cambio, estaba boca abajo, oculta bajo los matorrales, con la cola entre las patas, el rostro ardiendo y la sangre aún goteando de su nariz hacia la tierra. Si quería recuperar algo de la dignidad perdida, tenía que derrotar a Mabel, ganar puntos de experiencia y un poco de alivio espiritual. Si no podía con una novata hoy, mañana cualquier jugador de su nivel la haría pedazos. No podía permitirse bajar el ritmo o relajarse. La bestia sería su objetivo después de deshacerse de la chica, pero la conservaría como trofeo, un recordatorio de que ella también era una de las serpientes en la hierba.
Había demasiadas cosas extrañas que considerar: la salida escondida tras un millar de cadenas y candados, completamente inaccesible para los jugadores; un terremoto salido de la nada, sin ninguna justificación; la insistencia sobre los tesoros y su ausencia. Amelie chasqueó la lengua, harta de tantas estupideces. Los juegos de novatos eran para novatos por una razón. Si quisiera complicarse la vida, usaría las monedas de su nivel en lugar de intercambiarlas. Abrió su panel para revisar los ítems en su inventario, pero un sonido metálico la detuvo.
—¡Eso es! ¡Sabía que tu tiempo en la cárcel nos serviría de algo! —exclamó la voz del chico, Eddy.
—¡Nunca fui a la cárcel, mocoso! ¡Y cállate! ¿No escuchaste... —el restó fueron siseos demasiado lejanos para que Amelie pudiera entenderlos.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
