—"Timonet, la mejor herbolaria del mundo."
Timonet despertó sobresaltada, con el corazón a punto de galopar fuera de su pecho. Dean estaba inclinado sobre su hombro, observando con diversión los grabados en su escritorio. Era su peculiar manera de buscar inspiración cuando el cuidado de ciertas plantas interfería con sus ocho horas de sueño ininterrumpido.
—¿Qué haces en mi habitación? —cerró el libro que leía, impidiéndole husmear en sus anotaciones.
Mabel se apartó de su posición sobre el escritorio, dejando paso al chico rubio que abría las cortinas para que la luz del sol, ya en lo alto, iluminara ese rincón sombrío de la casa. Contra la pared del fondo se alineaban filas de flores azules en macetas cuidadas con evidente dedicación.
—¿Y esto? No estaba la última vez —Dean abrió la ventana y probó la firmeza de una barra que Timonet había instalado. Era evidente que ella la había colocado, pues su padre jamás hacía nada sin aplicar estrictas medidas de seguridad.
—¿Qué te importa? —respondió Timonet, dándole una patada y empujándolo hacia la puerta. Su mirada se clavó en la melena rubia y platinada que reflejaba la luz. Sin importar lo que dijeran los demás, lo único realmente atractivo en ese cretino eran sus ojos, verdes como la naturaleza que ella cuidaba con devoción. Claro, jamás lo admitiría.
Dean plantó los pies con firmeza antes de ser expulsado, inclinando la cabeza para mirarla fijamente mientras decía:
—¿No se supone que estaban "todos felices" de recibirme? No me siento apreciado.
—Papá te mintió —replicó ella, empujándolo con el hombro hasta sacarlo por completo.
Lo logró solo porque él se dejó. Una vez que la puerta estuvo cerrada, se oyó su voz desde el otro lado:
—Entonces, no quieres tu regalo... bien.
Timonet se detuvo en seco, camino a su escritorio. Abrió la puerta apenas lo suficiente para que un ojo verde y burlón asomara al interior.
—En realidad no es un regalo —susurró Dean inclinándose un poco más cerca. —Son varios libros raros de botánica humana y unas semillas...
—¡Dámelos! — exclamó ella, abriendo la puerta de golpe y extendiendo la mano con exigencia.
—El hambre no me deja recordar en dónde los puse, así que vamos a desayunar primero —respondió él, tomándola de la muñeca y llevándola escaleras abajo.
Mabel, convertida en un fantasma espectador del amor juvenil, los siguió, intrigada por la escena.
—¿Timonet? Pensé que dormirías un poco más —dijo Ginger, la madre de las chicas, mientras tomaba té en la mesa.
Dean presionó a Timonet por los hombros, sentándola junto a él.
—Yo también.
—Oh, pensé que Timo seguía dormida —comentó Rosemary, titubeante y sonrojada, mientras colocaba un plato rebosante frente a Dean .—Serviré un poco más...
Mabel arqueó una ceja ante ese "poco más". Los platos de Ginger y Rosemary tenían porciones normales, mientras que el de Dean contenía el equivalente a dos raciones. En contraste, para Timonet apenas rasparon el fondo de la sartén, compensando con una manzana entera la evidente carencia de alimentos. La diferencia y favoritismo eran tan evidentes que a Mabel se le tensaron los nervios. Era un trato que ella misma había sufrido de niña y que siempre detestó.
Timonet miró su plato con sorna, pero la burla se desvaneció cuando Dean lo tomó y lo reemplazó con el suyo. Ella lo observó con desconcierto, y él respondió mordiendo la manzana y encogiéndose de hombros. En cuanto tuvo la comida frente a ella, se dio cuenta de que no recordaba la última vez que había comido, y terminó todo en un santiamén.
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Rever Arcade
AventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
