Decir que no estaba emocionado sería una mentira. Casi agradeció a la niebla por darle una excusa para huir de la soledad. Mientras avanzaba por la ruta que tantas veces había escuchado narrar a sus mayores, fue encontrando las piedras marcadas por los cazadores: nombres y fechas de quienes habían pasado antes por allí antes, marcas que continuaron hasta adentrarse en la cordillera. Sus fantasías eran muchas y variadas, desde convertirse en la pieza clave para derrotar a la bestia, hasta un abrazo conciliador con las dos mujeres más importantes de su vida. Practicó las disculpas que no pudo darle a Madalina, a Jenica y al resto por haber sido un idiota que saboteó las provisiones. Saber que él era una de las razones por las que Madalina ya no sonreía como antes era una puñalada que llevaba clavada en el corazón, una que él mismo se había dado.
Sin embargo, un hombre ahorcado no estaba entre lo que había imaginado. Su rostro gris y morado fue la imagen que lo recibió. El sol se hundía en el horizonte, y mientras la oscuridad descendía sobre San Lázaro, Gavril se quedó congelado, observando el cuerpo mecerse con el viento. No era el único. Otros cadáveres colgaban detrás de él, hombres y mujeres. De pie en la fisura que conducía al parque, soltó una risa nerviosa, intentando ahogar el miedo y calmar el temblor. No era luna llena, pero con el demonio suelto colgando cuerpos por deporte, no se atrevió a continuar su viaje durante la noche. Las montañas tampoco parecían seguras, pero eran preferibles a los suelos teñidos de rojo que lo esperaban. Como cada noche desde la partida del grupo, la memoria de Madalina lo acompañó mientras se acurrucaba en algún rincón para descansar.
La última vez que logró dormir algo fue en el refugio de los cazadores. Desde que entró en las proximidades del territorio de la bestia, no volvió a cerrar los ojos del todo. Esa noche conoció al demonio de blanco, cuando su conciencia -usando la voz risueña de Madalina- le advirtió del peligro antes de que despertara por completo. Se levantó sobresaltado; un túnel se había abierto a sus espaldas, descendiendo a lo más profundo de la montaña. Desde las sombras, unas manos pálidas se arrastraban hacía él, golpeando la tierra juguetonamente, sin prisa pero con constancia. Gavril no esperó a que el cuerpo se revelara y salió corriendo sin mirar atrás.
A pesar de su deseo de huir, la desaparición del hombre ahorcado lo detuvo. Por un momento pensó que estaba alucinado; su razón le decía que algo así solo podía ser obra de la bestia, jugando con su mente. Pero la realidad era más inquietante. No tardó en verlo balanceándose en el aire mientras el árbol del que colgaba avanzaba, arrastrado por sus raíces. Gavril se acercó, demasiado impactado para reaccionar, y el árbol se detuvo. No estaba solo: los árboles se movían en manadas, como bancos de peces en un mar de troncos. Las raíces, largas y gruesas, se extendían por el suelo, arrastrando árboles y toda la basura que infestaba el bosque.
Gavril se había preguntado vagamente por qué esos árboles viejos tenían raíces tan expuestas en lugar de estar bien ancladas. Ahora lo entendía. Nunca eran los más cercanos a él, como si su sola presencia los detuviera. Pero ¿los demás? se desplazaban tan rápido como su peso lo permitía, alterando los caminos para impedirle volver por donde había venido. No valía la pena dejar marcas ni intentar trazar una ruta, porque la rareza invadía todo el territorio, incluidas las montañas. Aunque éstas permanecían en su sitio, nunca eran iguales; las cuevas aparecían y desaparecían con el mismo capricho con que los árboles se movían.
El hombre ahorcado fue el primero de muchos cuerpos que infestaban el bosque como trofeos de caza. Los escarabajos carroñeros se daban un festín con ellos, una cantidad interminable de insectos que se amontonaban sobre los cadáveres con gusto. San Lázaro estaba maldito, increíble y rotundamente maldito. No debería sorprenderle, siendo el hogar de una bestia como aquella, pero el nivel de crueldad y sadismo era desconcertante. Ni personas ni animales hacían lo que él: mordisqueaba partes de sus víctimas y con el resto decoraba el bosque, como si quisiera seguir burlándose de ellos. Siempre lejos de las carreteras, claro, para que ningún policía viera los crímenes atroces que cometía, o acabaran formando parte de ellos. Pero si se trataba de un grupo de romaníes caminando por el arcén, eso sí no se lo perdían nunca, obligándolos a tomar rutas alternas para no ser descubiertos.
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Rever Arcade
PertualanganMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
