Luna llena rosa

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Cuando el aullido atravesó San Lázaro como un trueno ensordecedor, su primer instinto fue correr. El camino que Mabel había elegido subía, lo que significaba una pérdida de tiempo considerable que nadie estaba dispuesto a afrontar, ni siquiera ella. Dave, sujetando a Joey por el brazo, salió disparado en dirección contraria al sonido, y el resto lo siguió como si el mismísimo diablo los persiguiera. Por un mal movimiento, Mabel resbaló en la pendiente que estaba trepando y fue arrastrada hacía abajo por el peso de la mochila, que se sentía como llevar un garrafón de paseo. Maldijo mientras luchaba con las raíces que la retenían para ponerse en pie.

El único que notó su situación fue Eddy, quien, entre dubitativo y de mala gana, terminó regresando tan rápido como pudo para ayudarla.

—¡¿Qué carajos pasa contigo?! ¡Estás mal de la cabeza! —le gritó en el oído después de levantarla tirando de la mochila y sentir su peso.

—¡Corre, demonios, corre! —gritó Mabel de regreso.

Al verla avanzar tan lento como una tortuga, Eddy maldijo con más ganas y colocó una mano en la parte baja de la mochila para cargar él mismo parte del peso, mientras la guiaba a través de los obstáculos.

—¡Tírala!

—¡No!

—¡Usa el cerebro, mujer!

—¡Úsalo tú!

Eddy gritó, arrebatándole la mochila a Mabel y arrastrándola por el codo tan rápido como podía para no perder de vista al resto. Él era más hábil para identificar dificultades y evadir obstáculos, además de regresar a Mabel al camino correcto, ya que ella tendía a desviarse.

Los minutos pasaron como un suspiró. Sin importar cuánto avanzaran, la sensación de estar apunto de convertirse en un bocadillo nocturno no los abandonaba. El terreno resultaba más traicionero de lo que parecía a simple vista, obligándolos a concentrarse para evitar accidentes con los obstáculos salientes, agujeros y depresiones escondidas. Eddy y Mabel, que iban al final y peleando, eran los más agotados por la marcha forzada, pero se negaban a rendirse, tomándose pequeños y merecidos descansos cuando debían pasar por encima o debajo de algún tronco caído, bajar una pendiente particularmente empinada o cruzar espacios angostos.

Al ver a John detenerse repentinamente, Eddy jadeó aliviado, dejando caer a Mabel y su mochila contra un árbol, y derrumbándose él mismo en las raíces de otro. Ambos respiraban con fuerza, sonrojados y cubiertos de sudor.

—Excelente, tiempo fuera —suspiró el chico con alivio.

Mabel asintió; si intentaba hablar, era probable que un pulmón se le saliera por la boca. Aunque se quejó y la maldijo todo el camino, Eddy no la soltó en ningún momento, ni cuando pensó que él mismo iba a arrojarla por una pendiente, así que no le pesó ofrecerle una de sus botellas de agua. Él la recibió como si se hubiera ganado la lotería, terminando media botella de un solo trago. Aun con la mochila abierta, Mabel sintió las miradas codiciosas cayendo sobre ella. Lumière había sido recatado en la cantidad de botellas que guardó -asumiendo que ya había suficiente peso en la mochila- y compartir era... inquietante.

—¿Quieren...?

Su botella, a la cual apenas le había dado un pequeño sorbo, fue pasada entre los demás hasta vaciarse. Mabel solo pudo observar resignada, sin animarse a sacar otra por temor a que corriera la misma suerte. Imitando el comportamiento de los dos jugadores con números rojos, ninguno de los novatos pensó en tomar cosas del campamento, dejándolos sin provisiones y demostrando lo poco preparados que estaban para ese juego. Mabel sí llevaba una lamparita en su mochila, además de los objetos que Lumière había añadido. Sabía que usarlos podría ayudar a avanzar -o defenderse, como el cuchillo-, pero al recordar cómo se terminaron la botella sin importarle si había más para Mabel o no, le preocupaba que se adueñaran de sus cosas, ya que eran más que ella. Dave cargaba con su propia mochila, pero todos parecían olvidar que la llevaba.

Rever ArcadeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora