Augusta Belona Bianca
"La nacida en la guerra"
──── En esta vida nueva deseo protegerlo a él de todos los males existentes en este mundo que conozco sólo en los libros, así deba arrebatarle todo a la protagonista, ser cruel también es parte de ser...
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──Todo esta listo.
Augusta asiente.── Por favor, llévenlo abajo.
──¿No va a cambiarse el vestido?.
──Lo haré en la habitación del barco.
Augusta estaba decidida a dejar el Continente Central. «Que estúpida soy… Que mi madre y hermana puedan perdonarme.»
Por seguir sin ver casi provocaba una nueva cruzada cuando ella misma fue la que más cerca estuvo de ver las consecuencias de una guerra, todo porque quería ir tras Alfonso y con la esperanza de que él pudiera corresponderle algún día, aunque muchas veces se dijo para si misma que eso jamás pasaría.
Ella no era la protagonista, no podía robar el puesto de Ariadne de Mare, por más que la odiara, no podía dejarle ser una infeliz soltera hasta la muerte, era demasiado cruel. Un añadido también era que Ariadne era la pieza clave en la profecía que le dijo la mora, ella sería la emperatriz. Ariadne y Alfonso iban a ser los líderes de un nuevo imperio. ¿Y ella? Tan solo el personaje de apoyo como Rafael de Baldesar.
«No importa… Cuando Calix entre a ser Rey yo podré viajar por el mundo, ¿Quién sabe? Tal vez y pueda querer a alguien.» Pensaba positivamente, intentando cerrar la tristeza de su corazón. «Le pediré perdón a todos cuando llegue, sobre todo a mi padre.»
Una vez estando listo en dos carruajes, Augusta sube a uno de estos en compañía de sus damas, dejando así la residencia, en busca de dejar la Ciudad Dorada de Trevero que le abrió los ojos con la cruda realidad.
Augusta suspira hondo, ya se encargaría de todo una vez en su tierra, tendría que pedir disculpas a todos.
Sus pensamientos se chocan con el freno abrupto del carruaje, tan brusco que ella cae encima de Kali.
──¡Por el padre celestial!. ──Kali frunce el ceño, golpea cerca de la ventana del carruaje.──¡¿Qué te pasa?! ¡¿Acaso quieres…
"¡Yo no les di orden de que la princesa de Karras dejara la residencia! ¡Yo soy su amo, su príncipe, Alfonso de Carlo!."
Las tres mujeres se miran atónitas con los gritos de Alfonso, la princesa sobre todo.
"¡Todos ustedes deberían ser castigados por esto! ¡Negar mis órdenes es como negar su patria!."
Augusta abre la puerta del carruaje apurada, no quería que nadie saliera lastimado por su culpa.
──¡Alfonso de Carlo!.
El príncipe deja su mirada severa sobre su gente para sonreír aliviado, aún seguía montando su caballo y la imagen era de pintura renacentista, toda la virtud de un hombre, el ideal que todos los hombres de nobleza desean alcanzar.