Augusta Belona Bianca
"La nacida en la guerra"
──── En esta vida nueva deseo protegerlo a él de todos los males existentes en este mundo que conozco sólo en los libros, así deba arrebatarle todo a la protagonista, ser cruel también es parte de ser...
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César llora recostado en un sofá de su habitación, rebuscando más dolor en las palabras de su madre dichas desde el odio y vergüenza.
Bebe directamente de la botella, lleva tres vinos, cuarto con el que estaba acabando. Desecho por todos sus planes estrellados antes de siquiera florecer, el brillo en sus ojos estaban apagados, nada que ver con la felicidad expresada para el Papa que al parecer, como era obvio, se burlaba en su cara en ese banquete.
Seguiría mal, seguiría en depresión, pero una melodía de arpa le impedía seguir en sus destructivos pensamientos, frunce el ceño, ahora sería capaz de decirle fea hasta a la princesa más bella y sin importarle las consecuencias. La melodía era buena, animada y perfecta, pero no estaba de humor.
──Cállate. ──Ordena.
Se oye una risa chillona.
──¡Que te calles! .──Ruge, sorprendido por estar acostumbrado a que se acaten sus órdenes a la primera. ──¡¿Quién es?! ¡Juro que…
──Cálmate, soy un amigo.
César se levanta lentamente, mirando que no había nadie.
──Bien imbécil, más te vale salir de tu escondite y podría ser benevolente con tu vida.
──Ah. ──Suspira en sorna.── Siempre orgulloso hasta el final, ¿Verdad, joven Duque?.
──¡Ya me hartaste!.
Las ventanas se abren de inmediato, ráfagas frías penetran por todo el lugar limpiando los restos de vasijas, madera y artilugios costosos, todo a costa de la ira reprimida de César.
César cierra los ojos ante el repentino cambio del clima, cuando los abre, choca con unos rubís sin vida pero al mismo tiempo con una sola estrella, se trataba de un ave, un cuervo feo.
──Hola, César de Pisano.
El joven hombre retrocede y sin querer resbala, cayendo sentado al suelo, su bata de dormir se ensucia mientras que sus ojos azules adquieren el brillo por la impresión.
──No… No es posible.
──Claro que sí. ──Grazna.──Soy Felipo.
──D-Debo haberme vuelto loco. ──Se ríe para sí mismo, avergonzado.──¡Estoy hablando con un cuervo! ¡Ja!.
El cuervo aterriza en el alfombrado del piso. «Zerval tenía razón, los hombres en estrusco son unos débiles lloricas.»
──Déjame explicarte. ──Pide con la poca paciencia que le queda.──Yo soy Felipo, un mago, vengo a ayudarte con tus problemas.
──¿Por qué lo harías?. ──Cuestiona, aún un poco temeroso.
──¡Porque somos amigos! .──Ríe. ──He visto como sufres, deseas acabar con Alfonso, casarte con Ariadne y ser el Rey definitivo. Tampoco entiendo como es que rechazan tus avances, ¿Acaso no ven lo complicado que es quedar bajo las direcciones de tu madre?.