Augusta Belona Bianca
"La nacida en la guerra"
──── En esta vida nueva deseo protegerlo a él de todos los males existentes en este mundo que conozco sólo en los libros, así deba arrebatarle todo a la protagonista, ser cruel también es parte de ser...
Advertencia: • Smut/Acto sexual semi-explicito, por favor, discreción
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La inminente noche llegaba, Alfonso ya había hecho lo más complicado, hablar con su esposa sobre la situación y su partida a la Ciudad Trevero con un ejército listo para atacar, sumado a eso, se unió la proclamación de Felipe IV respecto a su posición como enemigo del clero y que estaba plenamente dispuesto a atacar el pueblo santo. Sin embargo en ese momento, la guerra era el menor de sus problemas, siendo de noche, llegaba uno de los problemas más complicados que iba a enfrentar.
"Tengamos una pelea y apostemos para que sea interesante."
"Pero Agus, no quiero lastimarte."
"No va a pasar eso, he estado practicando con Sir. Bernandino. Voy a estar bien."
La insistencia de Augusta por tener una lucha de práctica en la tarde le obligó a Alfonso a ceder y tener todos sus sentidos más despiertos que nunca durante el combate, porque jamás se perdonaría si le hacia daño a su esposa, mujer que más amaba después de su madre fallecida.
"Alfonso, tómatelo en serio."
"Lo hago."
"Mentiroso, te he visto luchar muchas veces y te has visto imparable."
"Por supuesto que lo soy, pero no quiero..."
Alfonso traga saliva de los nervios al recordar la mirada feroz de Augusta cuando blandía su espada en contra de él.
"Alfonso, en la vida tomas acciones que hieren a otros siempre, a donde vas ahora también lo harás. Lo que hagas para obtener el objetivo que desees va a lastimar a otros, sé que a estas alturas es algo hipócrita por mi parte pero quería que lo tengas en cuenta."
"Gracias, Agus."
"Creo que ganaste."
──Alfonso.
Él voltea, estando en la habitación compartida con su esposa, la misma se hace presente con un atuendo inusual, una bata de dormir relativamente simple de color blanco, tanto que le hizo tragar saliva de los fríos nervios, por un momento miró al suelo topandose con que ella estaba usando zapatillas cerradas, cosa que le hizo emitir un suspiro sutil.
──¿Quieres vino?. ──Augusta ofrece, su cabello cae a un lado de su hombro como una cascada natural de fuego, aunque sus ojos azules están siendo gentiles, incluso tímidos.
──No, quiero recordar al día siguiente, guardarte en mi memoria para no sentirme sólo. ──Afirma Alfonso──. Para que no me dejes sólo.