Augusta Belona Bianca
"La nacida en la guerra"
──── En esta vida nueva deseo protegerlo a él de todos los males existentes en este mundo que conozco sólo en los libros, así deba arrebatarle todo a la protagonista, ser cruel también es parte de ser...
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Llegan al punto de encuentro, era una residencia por no decir un ostentoso castillo que podría acobijar al más extravagante monarca, su escolta anuncia ante todos su presencia y rápidamente la guían adentro de la residencia, ella reconoce bien las pinturas, colores cálidos y el estilo de ropas gálicas, era como si hubiera sido transportada a ese reino.
«Aunque... El ambiente es tenso y desolador.» Augusta lo determina en las caras de muchos sirvientes que solo sonríen con esperanza cuando la saludan con respeto.
¿Tan mal estaba el Rey? Eso lo iba a determinar en unos minutos.
──Aquí, su alteza. ──Murmura una sirvienta humildemente.── Lo mejor sería que solo entre usted, es cuestión de seguridad.
──Bien. ──Augusta lanza una mirada a su séquito que dan un paso atrás.
──Su alteza.
──Dime.
──Por favor... Por favor, hablé con su majestad.
Augusta siente la angustia y presión ajena estrujar su corazón sin compasión, incluso el rostro de esa sirvienta era de uno cansado y con vendas que indicaban cuan herida estaba.
──Así lo haré.
Augusta ahora pasa por las puertas de la gran habitación real, todo era oscuro, las cortinas carmesíes estaban cerradas impidiendo entrada de la luz, aunque, pequeños hilos se filtran siendo débiles a la oscuridad, cerca de un gran ventanal, detecta sillas, mesa y en una de estas sillas cómodas hay una sombra sentada.
Se trataba de él, Felipe IV.
El monarca era un hombre completamente destruido desde cualquier punto de vista, la esencia de juventud que poseía a pesar de no concordar con su edad se había hecho añicos, sus ropas de sedas si bien eran de calidad ahora estaban sucias y con algunos cortes, el cabello antes reluciente en brillo solar era ahora opaco sin gracia, largo y con cierta barba crecida, por último, estaban sus ojos, esos azules marinos que revoloteaban de ambición eran actualmente unos zafiros llenos de tierra.
«También ha perdido peso...»
──Su majestad.
Felipe alza su mirada un poco más, sus ojos se entrecierran un poco, como si la vista fuera borrosa pero cuando se aclara, se levanta, su rostro ahora está tenso de la sorpresa y avanza un paso al extender su mano diestra.
──¿A-Augusta?.
──De Karras. ──Aclara con pesar luego de unos segundos.
El rostro de Felipe se deforma a una inmensa tristeza, cae al suelo, totalmente en desdicha.
Augusta reacciona tomándolo por un brazo, intentando que no se hiciera daño.
──Majestad, por favor, déjeme llevarlo a la cama para que descanse.
Felipe apenas puede pronunciar algo audible, sus murmullos se resumen a un asentir y eso le da a Augusta claro permiso.