Capítulo 41

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Lancelot

Me dirigía a mi habitación, aunque en el fondo no quería estar solo. Quise invitarlos, distraerme un rato. Así que fui hacia la habitación que les habían asignado.

Toqué suavemente la puerta.

—Chicos, ¿quieren ir a cenar algo? Hay un restaurante a unas calles del castillo y cierran hasta tarde —dije, pero nadie respondió.

Volví a tocar, pero nadie abrió. Entonces, de manera sigilosa, giré la perilla y abrí la puerta.

La escena me causó ternura: todos dormían juntos en la misma cama, rodeando a Percival como si fueran su escudo.

—Supongo que será en otra ocasión —murmuré para mí mismo.

Aun sin compañía, decidí salir a caminar por las calles de Liones.

La ciudad se sentía tranquila, como si por un momento hubiera olvidado el caos reciente. Pero bastaba con mirar un poco más allá para notar la verdad: calles agrietadas, muros resquebrajados, casas derrumbadas... cicatrices aún abiertas tras la batalla contra Arthur.

Las luces de algunos faroles seguían encendidas, iluminando apenas los escombros y los rostros cansados de algunos ciudadanos que trabajaban en silencio, intentando reconstruir lo que podían. Esa calma aparente no era paz. Era resignación.

Avancé por la calle principal con las manos en los bolsillos, dejando que la brisa nocturna me despeinara. Todo parecía más grande, más silencioso... más vacío. El eco de la pelea contra Arthur seguía presente, no en sonido, sino en la forma en que la ciudad respiraba.

Como si el reino entera estuviera conteniendo el aliento, esperando que la próxima tormenta no llegara tan pronto.

Sentía curiosidad por acercarme al lugar donde Tristán había derrotado a los dos mandamientos.

Y entonces la vi.

La joven ayudante de mi tía Elizabeth. Thetis. Reencarnación de Derieri, uno de los Mandamientos que murieron en la Guerra Santa.

—Sí que eres demasiado rara, Thetis —comenté con burla.

Ella me miró con una expresión fría, casi amenazante. Meditó un instante antes de suspirar y hablar.

—Cincuenta muertos. Treinta heridos. Veinte huérfanos. Veinticinco caballeros sacrificados. Esas hubieran sido nuestras pérdidas hoy... de no haber sido por Kristen. Si no fuera por ella, Liones habría sangrado esta noche —dijo con total serenidad—. Curioso, ¿no? Siendo una simple humana sin gracia... resulta ser un caso especial —añadió con sarcasmo.

—Me sorprende que siendo tu amiga te expreses así de ella —le respondí.

Soltó una risa mientras se estiraba.

—¿Crees que es envidia?

—¿Lo es?

Negó con una sonrisa amarga.

—No, claro que no siento envidia. Aunque debería. Sin hacer nada, se ganó tu amor, y yo... ni siquiera logré llamar tu atención

—Claro, si escabullirte a mi habitación para que te encontrara desnuda fue un intento... déjame decirte que no lo fue.

—Solo quería divertirme un rato contigo —respondió, sin vergüenza.

No supe qué contestar. El silencio se volvió incómodo. Casi asfixiante. 

—No siento envidia por ella —dijo Thetis, con esa sonrisa suya, afilada como una daga—. Me irrita su ingenuidad... y la forma en que Tristán la trató. En lugar de protegerla, se la cogió y la dejó sola en esa cabaña como si no valiera más que una manta sucia. Y tú, todo noble y callado... me das hasta ternura.

Se acercó despacio, como si saboreara cada paso hacia mí.

—Pudiste evitarle ese momento. Si hubieras aparecido como Lancelot, no como ese estúpido conejo. Pero supongo que era más cómodo mirar desde lejos, ¿no? Como un espectador cobarde.

Me quedé en silencio.

Thetis sonrió con malicia y, casi sin tocarme, se apoyó en el marco de una farola. Jugaba con su bastón como si fuera una extensión de su lengua.

—¿Sabes que ya no es virgen? Tristán se la cogió sin pensarlo dos veces. Así de rápido. Como si fuera una distracción, un desahogo. Y tú todavía la miras como si fuera intocable... adorable.

—¿Y eso qué te importa? —pregunté, tenso.

—Nada. Solo me divierte ver tu cara —susurró, acercándose un poco más, tan cerca que podía sentir su respiración—. ¿Te molesta? ¿Te duele saber que llegaste tarde?

Me observó. Esperó. Y cuando no respondí, soltó una risa seca.

—Bah. Eres igual de torpe que ella.

Estaba a punto de girarse cuando su voz cambió. Apenas una grieta, pero la suficiente.

—Solo... no entiendo por qué siempre es ella —dijo en un tono más bajo—. No tiene gracia. No tiene poder. Su pasado es una mierda. Solo... llora. Y aun así, la eliges.

Se mordió el labio, y por primera vez, la sonrisa se desvaneció.

—Yo estuve ahí, ¿sabes? Siempre estuve ahí. A tu lado. Esperando que me miraras. Que me vieras, aunque fuera solo una vez. Así como la miras a ella cada vez que respira.

El silencio nos cubrió como un manto pesado. La noche parecía haberse detenido.

—Intenté seducirte. Ser directa. Provocarte. Pensé que si te enojabas, al menos me verías —rió, pero ya no sonaba divertida—. Pero ni siquiera eso funcionó.

Thetis bajó la mirada por un segundo. El bastón tembló en su mano.

—No siento envidia de Kristen... Siento que no importa lo que haga, nunca voy a ser suficiente para ti.

Y al terminar la frase, como si se avergonzara de haber dejado caer la máscara, su sonrisa regresó. Vacía. Dolida.

—En fin. Si llegas a romperle el corazón, Lancelot... no lo dudes: yo me encargaré de romperte el tuyo.

No respondí. No podía.

Porque en ese momento, por primera vez, entendí lo que Kristen cargaba.

No solo era el dolor de haberse sentido usada. Era la vergüenza muda de haberse entregado buscando amor y recibir silencio a cambio. Era ese vacío invisible que los demás no veían, pero que Thetis sí. Porque ella también lo sentía.

Y eso... eso me rompió un poco por dentro.

Thetis desvió la mirada, como si dijera demasiado, como si arrepentirse fuera una debilidad que no podía permitirse.

—Tómate un poco de aire, príncipe —susurró, y sin más, golpeó el suelo con su bastón.

En un parpadeo, desapareció.

Me quedé solo en medio de la calle, con el corazón desordenado y el alma ardiendo.

No por lo que hizo Tristán.

Sino por todo lo que no hice yo.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora