Capítulo 59

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Narradora

El bosque de Benwick, antaño refugio de risas y magia, parecía haberse rendido al luto. La niebla envolvía las copas de los árboles, y la brisa que solía cantar entre las hojas ahora susurraba apenas, como si temiera romper el silencio que había caído sobre el hogar de Ban y Eilene.

Desde que regresó, Lancelot no había pronunciado una sola palabra.

Ni a su padre. Ni a su madre.

Ni al mundo.

Solo se encerró en su habitación y la convirtió en una trinchera. El interior era un caos: vidrios rotos, libros rasgados, trozos de madera astillada, y un silencio tan afilado que parecía gritar.

Ban y Eilene, padres marcados por la espera, solo podían rondar afuera de su habitación como fantasmas. Temían tocarla. Temían hacercarse a su hijo y no saber como ayudarlo.

—Lancelot… —susurraba Ban casi cada noche, apoyando la frente contra la madera—. Si supieras cuántas veces soñé con oír tu voz de nuevo… Aunque fuera para gritarme. Aunque fuera para odiarme.

Pero nada. Ni un crujido. Ni una respuesta.

Eilene dejaba platos calientes tres veces al día. Nadie los tocaba. A la mañana siguiente, los encontraba fríos y cubiertos de polvo. Aun así, volvía a intentarlo. Como una madre que alimenta a un hijo muerto con la esperanza de que alguna vez vuelva a respirar.

Lloraba en silencio, abrazando las prendas viejas de su niño.

Recordaba sus risas, sus pasos pequeños, su manía de dormirse con los pies colgando. Se los arrebataron cuando tenía diez años. Y ahora lo tenían de vuelta, sí… pero vacío.

Vacío.

Como si todo lo que lo hacía Lancelot hubiera muerto con Percival.


[...]


En Liones, el aire también estaba podrido de silencio.

Kristen deambilaba por los pasillos del castillo como un espectro sin rumbo. Ya no hablaba. Apenas comía. Dormía mal, despertando sobresaltada con el nombre de Percival ardiéndole en la garganta.
Nadie se atrevía a acercarse… salvo para juzgarla.

Annie ya no la miraba como amiga, si es que alguna vez la considero como tal. Sus ojos eran cuchillas. A veces, decía cosas al pasar, como si escupiera las palabras para hacerlas doler más:

—¿Duermes bien? Yo no. Hay muertos que aún gritan por las noches.

Donny no se molestaba en fingir civilidad. Un día, al verla pasar, le lanzó una cantimplora a los pies.

—Tómala. Para que tengas algo que derramar si decides llorar.

Kristen no respondió. No lo hacía con nadie.

Pero dentro, algo se moría cada vez un poco más.

Quería gritar. Quería sangrar.

Quería desaparecer.

Una tarde, cayó de rodillas en el jardín tras recibir otra de esas miradas que la hacían sentir menos que polvo. Estuvo a punto de romper en llanto… cuando una figura inesperada se puso frente a ella.

Chion.

—¿No tienen vergüenza? —dijo, fulminando a Annie y Donny—. Ustedes no tienen derecho. Ninguno.

El silencio se hizo absoluto.

Kristen levantó la mirada, confundida. Chion, quien siempre la había tratado con desdén, estaba ahora erguido como un escudo frente a ella. Sus palabras no eran dulces, pero su intención era clara.

—No me importa una mierda si me odian por esto —añadió, clavando la mirada en Donny—. Pero no volverán a tocarla.

Y por primera vez desde su regreso, Kristen sintió que no estaba completamente sola.

Nasians, en cambio, no necesitó un motivo para quedarse. Lo hizo desde el primer día. Se sentaba con ella en los pasillos, en silencio. A veces hablaban, a veces no. Pero él nunca se apartaba.

—Hablé con Tristán, con Thetis… —le dijo un día, bajo la lluvia—. Meliodas me contó todo. Lo que hizo Gowther. Lo que te hicieron. Se me hizo injusto cuando tu les brindaste tu ayuda.

Kristen, con las manos temblorosas, solo alcanzó a murmurar:

—Percival… él no merecía morir, eso lo sé. Pero si tan solo entendieran la verdadera razón o lo que pasará en un futuro. Entenderían que hizo lo correcto, por más egoísta que pareciera.

—Por eso mismo tú tampoco merecías cargar con esta culpa —respondió él—. Yo lo conocía. Todos lo conocíamos. Habría dado la vida por ti. Y tú por él.

Ella se cubrió el rostro. Las lágrimas ya no caían como antes; ahora simplemente se quedaban en los ojos, sin fuerzas para fluir.

—¿Entonces por qué siento que cada latido que tengo… lo estoy robando?

Nasians no respondió. Solo se quedó a su lado. Y eso fue más que suficiente.

[...]


En Benwick, Lancelot estaba de rodillas.

No frente a alguien. No rezando.

Solo… colapsando.

Sostenía una de sus prendas que aún contenía el aroma de Kristen.

La apretaba contra su rostro mientras el llanto lo vencía de nuevo. No era un llanto contenido. Era brutal, primitivo. Como si lo desgarraran desde dentro.

—¿Por qué no fue ella? —gritó de pronto, rompiendo el silencio de la casa.

Ban y Eilene, al otro lado de la habitación, sintieron cómo su mundo se partía.

—¿Por qué no fue ella? —repitió él, entre sollozos—. ¡¿Por qué él… y no ella?! ¡Confíe en ella! ¡Maldita sea! ¡Me entregue a ella y así me pagó!

Y tras eso, nada más. Solo el crujido de algo que se rompía. Tal vez un objeto. Tal vez su alma.

[...]

El mundo seguía girando. Pero para ellos, estaba detenido.

Donny y Annie seguían buscando culpables.

Ban y Eilene lloraban a un hijo vivo como si estuviera muerto.

Kristen caminaba como quien carga un cadáver a cuestas.

Chion e Isolda intentaban comprender la perdida de Jade.

Tristán sentía un enojo hacia su padre y una tristeza profunda por ver a Kristen en ese estado.

Y Lancelot… Lancelot había dejado de ser él mismo.

Porque a veces, el silencio duele más que cualquier grito.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora