Capítulo 66

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Narradora

El bosque de Benwick olía a rocío fresco, pero en el aire flotaba algo más denso: la culpa. Ban había caminado en silencio durante horas, dejando atrás el castillo de Liones, con la imagen del cuerpo sin vida de Kristen, el llanto de Elizabeth, la rabia muda de Tristán… y el peso de lo que debía decir.

Las hadas lo miraban con recelo mientras se abría paso hacia el gran roble. Algunas bajaban la mirada. Otras lo seguían en silencio. No era necesario anunciar su presencia. Él era el Rey Inmortal. Y ese día, no venía como el pecado capital… sino como padre.

Lancelot lo esperaba en el jardín central, el mismo donde de niño entrenaba bajo la mirada de Elaine. Estaba serio, con los ojos rojos. Pero al ver a su padre, no se movió. No habló.

Ban lo miró largo rato. Lo que vio no era su hijo. Era una sombra de él. Una que ya no sabía distinguir entre justicia y crueldad.

—Murió —dijo Ban sin rodeos.

Lancelot tragó saliva. Su mandíbula se tensó.

—¿Quién?

—No me jodas, Lancelot —dijo con voz ronca—. Sabes muy bien quién.

El silencio se volvió insoportable.

—Kristen.

Ban asintió.

—Sí. Kristen.

El nombre golpeó el aire como una campana rota.

—Tomó veneno. Uno de los que guardaba el joven Nansies. Lo hizo sola, en su habitación. Nadie la vio hasta que fue tarde. Elizabeth trató de curarla. Hendrickson también. Pero no había nada que hacer.

Lancelot cerró los ojos. No dijo nada.

Ban se acercó. Lo miró fijamente.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? Que cuando llegó aquí… cuando se arrastró hasta este bosque herida, temblando, ensangrentada… no venía a suplicarte amor. Ni a pedirte perdón. Venía a decirte algo que tú ni siquiera te dignaste a escuchar.

—No vengas a justificarla —dijo Lancelot, alzando la voz.

Ban lo ignoró.

—Venía a decirte que Percival va a volver. Que no está muerto del todo. Que la profecía… esa que tú jurabas que era una mentira, una locura… se va a cumplir. Y ella lo sabía. De no haber sido por Gowther, ella te lo hubiera dicho.

Lancelot palideció. Dio un paso atrás.

—Mentira…

—¡Maldita sea, Lancelot! —Ban lo empujó con fuerza, y el golpe lo hizo tambalearse—. ¡Ella iba a darte esperanza y tú la echaste como basura! Le dijiste que era una mentirosa. Que no valía nada. ¡Y luego permitiste que una de las hadas le arrunaran la vista con una de tus flechas que se encontraba en el suelo!

Lancelot bajó la cabeza. Las lágrimas se acumulaban sin permiso.

—Lo que dijiste la mató. Lo que hiciste… la rompió. Y aun así… ella te amaba.

Ban respiró hondo. Se alejó un par de pasos. Su voz se quebró.

—Yo te amo, hijo. Eres lo mejor que me pasó. Pero hoy… hoy me cuesta mirarte sin sentir vergüenza. Porque fuiste cruel. Porque te olvidaste de ser humano.

Lancelot cayó de rodillas. No dijo una sola palabra. Solo lloró. Como un niño perdido entre los árboles.

Ban se inclinó hacia él. Puso una mano en su hombro.

—El dolor no se va, Lance. Pero si dejas que se pudra dentro de ti, terminarás siendo como esa basura del Caos. Si aún te queda algo de alma… encuéntrala. No por mí. No por ella. Por ti.

Y sin esperar respuesta, Ban se dio la vuelta. Caminó en silencio hacia Eilene quien observaba tal escena entre padre e hijo. No sin antes decir:

—Su funeral se llevará a cabo hoy y posiblemente dure hasta mañana.

El viento de Benwick sopló entre las ramas. Y entre las hojas, por primera vez en mucho tiempo, las hadas guardaron silencio.

El silencio se volvió un eco insoportable.

Lancelot seguía de rodillas, con las manos temblorosas sobre el suelo húmedo del bosque. Sentía que respiraba por inercia, como si su cuerpo aún no se hubiera enterado de que su alma ya no estaba allí.

Kristen está muerta.

Ban se lo había dicho con la voz rota y el corazón hecho pedazos. No era una suposición. No era una pesadilla.

Era real.

Las hojas caían sobre sus hombros como pequeñas lápidas. Cada una parecía susurrar el nombre de ella.

Kristen.

Recordó su rostro manchado de tierra y sangre, el día que la expulsó del bosque. Su voz temblorosa rogándole que la escuchara. Su llanto ahogado, la desesperación en sus pupilas verdosas. Y recordó también cómo la miró con rabia.

Con rencor.

Cómo le dijo que era una farsante. Una carga. Un error.

Una traidora.

El viento trajo el murmullo de las hadas. Pero ahora no se burlaban. No cuchicheaban. Algunas lloraban en lo alto de los árboles. Otras lo miraban desde la distancia, como si ya no fuera su príncipe, sino un paria. Un monstruo.

Y con razón.

—“Yo solo quería que me creyeras… Percival regresará.”

Las palabras que Kristen nunca pudo decirle. Y que él había leído de sus pensamientos

Lancelot apretó los puños hasta que la sangre le manchó las palmas. ¿Cómo no la escuché? ¿Cómo pude ser tan cruel?

Su mente retrocedió a todo: sus caricias, su risa torpe, las noches en las que se dormían hablando, el calor de su piel junto a la suya. Las veces que se quitaba el cabello de la cara y decía que él era su hogar.

Y ahora… ella ya no estaba.

Se levantó tambaleando. Dio unos pasos, como si el aire se hubiera vuelto un pantano. Cada movimiento dolía. Cada recuerdo lo incendiaba.

Y gritó.

Gritó como si el alma se le rompiera en mil partes. Como si el bosque pudiera devolverle lo que le había arrebatado.

—Lo siento… Kristen… lo siento…

Pero el viento no le respondió.
Porque ya no quedaba nadie que pudiera perdonarlo.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora