Capitulo 90

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El tiempo siguió su curso sin detenerse. Habían pasado dos años y medio desde aquel día, y en Liones aún se desconocía el paradero del príncipe Tristán y su pelotón, Isolda y Chion.

En el Reino de las Hadas, Nansies cuidaba pacientemente de Percival, quien permanecía sumido en un profundo sueño del que nadie sabía si algún día despertaría.

Mientras tanto, en Benwick, la tristeza seguía envolviendo a las hadas. La desaparición de Lancelot había dejado un vacío imposible de llenar. Ban había recorrido tierras enteras buscándolo, pero tras cada intento solo encontraba silencio.

Eilene, por su parte, lloraba en silencio la ausencia de su hijo. Cada amanecer le resultaba más difícil mantener la esperanza; su corazón de madre sentía que algo había cambiado en él, como si la distancia entre sus almas se hubiera vuelto infinita. Sin embargo, jamás dejó de mirar al cielo con la ilusión de volver a verlo.

La ausencia de Kristen también pesaba en el corazón de todos. Muchos la consideraban ya la futura reina de Liones, destinada a estar al lado de Tristán. Pero su desaparición, junto con la del príncipe de Benwick, había quebrado aquella esperanza.

Todo parecía transcurrir con normalidad aquella tarde… hasta que una energía extraña recorrió el aire. Era una sensación conocida, idéntica a la que se había sentido la vez que el portal había tragado a Kristen y Lancelot.

Meliodas fue el primero en percibirlo. Se levantó de inmediato y corrió hacia el lugar de donde provenía esa energía.
Y allí estaba: el portal, resplandeciendo en medio de aquel jardín.

El brillo era cegador, el aire vibraba con fuerza, y de pronto dos siluetas emergieron del resplandor.
Meliodas se quedó inmóvil, su corazón dio un vuelco.

—¿Lancelot…? —murmuró, incrédulo.

—Tío… —respondió el joven con voz entrecortada.

Entre sus brazos sostenía a Kristen, que apenas había cruzado el portal antes de desvanecerse por el agotamiento. Lancelot la sostuvo con cuidado, y detrás de ellos el portal comenzó a desestabilizarse.

Elizabeth y Thetis llegaron al jardín, deteniéndose en seco ante la visión.

—¡Es ella! —susurró Elizabeth, corriendo hacia Kristen.

—Llevémosla adentro —ordenó con urgencia.

Apenas cruzaron el umbral del castillo, el portal se cerró con un rugido sordo, como si el aire mismo se rompiera. El resplandor desapareció en un instante, y el jardín quedó en silencio absoluto, como si nada hubiera ocurrido.

Lancelot se quedó quieto unos segundos, mirando el punto donde el portal se había desvanecido.
Su pecho se oprimió. Por un momento, el aire a su alrededor se sintió distinto, pesado, melancólico.

Habían vuelto a Britania.
El suelo bajo sus pies, el olor del viento, la energía mágica en el ambiente… todo le resultaba familiar.
Pero en su interior, algo se quebraba lentamente.

Durante mucho tiempo creyó que nunca regresarían. Que ese portal había desaparecido para siempre. En su corazón ya había aceptado que aquel otro mundo sería su hogar final: un lugar donde nadie lo conocía como caballero o príncipe, donde no existían batallas ni profecías, donde solo eran él y ella.

Allí, había aprendido a vivir sin guerra. A sonreír sin miedo.
Había tenido paz.
Y ahora, al ver cerrarse el portal detrás de ellos, comprendió que esa vida se quedaba atrás para siempre.

Una punzada de nostalgia le recorrió el pecho. Recordó el sonido de su risa al amanecer, el aroma del café que ella preparaba, las noches en que hablaban hasta quedarse dormidos. Todo eso… se había quedado en aquel mundo.
Una parte de él también.

Apretó los dientes, conteniéndose las lagrimas, y siguió caminando tras Elizabeth y Thetis.

Dentro del castillo, todos estaban alarmados, pero Lancelot mantuvo la calma.

—No se preocupen, está bien —dijo con voz firme—. Solo usó demasiado su poder.

—¿Poder? ¿Qué demonios dices, Lancelot? —exclamó Thetis, confundida.

Elizabeth observó el rostro sereno de Kristen con nostalgia… pero un detalle llamó su atención: un anillo en su mano derecha. No era el anillo de su hijo le entrego. Era otro, uno desconocido. Sintió una punzada de curiosidad y sospecha, pero decidió guardar silencio. Sabía que Kristen, tarde o temprano, le contaría todo.

—Es complicado de explicar —admitió Lancelot.

—¿Dónde han estado todo este tiempo? —preguntó Meliodas, aún sin apartar la mirada del joven.

—Ese portal nos llevó a su mundo —respondió Lancelot, bajando la vista hacia Kristen—. Al lugar de donde ella proviene.

Un silencio pesado los envolvió.

—Así que eso fue… —murmuró Meliodas, comprendiendo poco a poco—. ¿Y cómo lograron volver?

—Pasaron muchas cosas —continuó Lancelot—. No sabría por dónde empezar… ¿Cuánto tiempo ha pasado aquí desde nuestra desaparición? ¿Dos años y medio?

—Sí, Lancelot —confirmó Elizabeth.

Lancelot cerró los ojos y asintió lentamente.

—Entonces todo tiene sentido…

—¿Qué quieres decir? —preguntó Thetis, intrigada.

Lancelot levantó la mirada, y en sus ojos se mezclaban el cansancio, la nostalgia y un vacío de años imposibles de describir.

—Porque allá… allá pasaron veintidós años. Veintidós años juntos, en su mundo.

Thetis abrió los ojos con asombro.

—¿Qué… qué dices?

El silencio volvió a reinar, cargado de incredulidad y de un misterio que apenas comenzaba a revelarse.

—¿Veintidós años...? —repitió Meliodas, sin poder creerlo.

Lancelot asintió lentamente.

—Sí. Allá el tiempo transcurre de manera distinta. Para nosotros pasaron veintidós años… pero nuestros cuerpos no cambiaron.

Thetis los miró detenidamente: el mismo rostro joven, la misma mirada de hace dos años y medio. Ni una sola arruga, ni un cambio físico. Era como si el tiempo no los hubiera tocado. Cuando miro a Kristen, se dió cuenta que ya no tenía aquella cicatriz en el rostro, parecía un ser casi perfecto.

Lancelot exhaló despacio.

—Y tal vez no podamos envejecer por un largo tiempo...

—¿Qué fue lo que pasó, Lancelot? —preguntó Thetis con voz temblorosa.

Lancelot apretó la mano de Kristen, con la mirada perdida.

—Kristen iba a morir en ese lugar… porque le dolió descubrir ciertos secretos de su pasado. No tuve más opción que salvarla dándole agua de la juventud eterna, una pequeña porción que mi padre me había regalado para ayudarla cuando yo la lastimé, pero que en ese momento no usé por egoísta. No podía perderla ahí, así que se la di… pero por accidente, bebí parte de ella también.

Thetis se llevó las manos a la boca, sin poder asimilarlo.

Kristen emanaba una magia demasiado fuerte, demasiado pura. ¿Qué le había sucedido realmente?

Lancelot la observó dormir. Su cuerpo necesitaba tiempo para adaptarse al poder que ahora albergaba.
Habían dejado atrás una vida tranquila en su mundo, y ahora regresaban a Britania, donde el destino los esperaba.

Pero mientras la miraba, supo que algo dentro de él se había quedado allá, en ese otro lugar donde ella y él habían sido solo dos almas aprendiendo a amar sin magia, sin guerra y sin profecías.

Porque Lancelot lo entendía mejor que nadie: a veces, volver también era otra forma de perder.

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⏰ Última actualización: Nov 03, 2025 ⏰

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