Capítulo 38

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Lancelot

Los cuatro jinetes mencionados en la profecía finalmente estaban reunidos. Qué irónico saber que yo era uno de ellos.

Parte del reino estaba sumido en el caos. La pelea de Tristán con esos mandamientos destruyó una cuarta parte de Liones. Para nuestra sorpresa, Pellegarde había llegado sólo por Percival.

Ese tipo era extraño. A pesar de ser parte de los caballos del caos, no tenía intención de matarnos. Su único objetivo era raptar a Percival. No dudó en encerrarnos en un cubo perfecto para escapar con ese mocoso.

Por un momento, pensé que sería difícil salir, ya que Tristán y yo no sabíamos cómo romper el cubo. Sin embargo, aquella joven fue capaz de hacerlo.

Ella y Tristán salieron en la dirección donde habían huido ese tipo con Percival.

Quise seguirlos, pero en ese instante, una presencia muy familiar se hizo presente en el castillo. Decidí abandonar a los demás y dirigirme hacia allí.

Podía sentir su esencia y magia. No cabía duda, ella estaba aquí.

No sabía cómo reaccionar. Había estado buscándola durante tanto tiempo, y ahora finalmente la encontraba. Pero… ¿por qué estaba aquí?

Corrí hacia los calabozos, en el área subterránea del castillo. Lo que vi no lo esperaba.

Un muro de hielo bloqueaba el pasillo, y los compañeros inútiles de Tristán estaban ahí, observando lo que sucedía.

—Háganse a un lado —ordené, rompiendo la barrera con facilidad.

Lo que encontré me dejó en shock. Mi maestra Jericho, y la maestra Guila, la cual se encontraba convertida en hielo y a punto de ser asesinada por mi maestra.

No podía permitirlo, así que rápidamente sujeté la figura de piedra y, con un poco de mi poder, lancé a Jericho al aire, sin hacerle daño.

—Dense prisa y llevenla con Thetis para que elimine el hechizo antes de que muera congelada—les ordené a los dos mientras les entregaba a mi maestra.

Ellos obedecieron y salieron corriendo.

Por mi parte, me quedé allí.

Me apresuré a llegar a donde se encontraba Jericho. Había llegado hacia el caballero del caos que habíamos capturado hace poco.

Después de dos años de búsqueda, por fin estaba ahí, de pie frente a mí, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero lo había hecho. La calidez que alguna vez tuvo ya no estaba. Y lo que sentí en su mirada me tomó por sorpresa.

Intenté hacerla entender lo mucho que nos preocupamos por ella pero fue inútil

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Intenté hacerla entender lo mucho que nos preocupamos por ella pero fue inútil

—Has crecido… —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero tu mirada sigue siendo la misma.

—Tú también cambiaste —respondí con cautela—. Pero no sé si para bien.

Ella bajó la mirada un instante, pero no era debilidad. Era duda. Y eso me preocupó más.

—Lancelot… —murmuró—. ¿Alguna vez pensaste en mí… como algo más que tu maestra?

Mi respiración se detuvo.

No era una pregunta inocente.

Ya lo sabía.

—¿Qué tonterías estás diciendo? Tu eres como mi hermana mayor

Jericho dió un paso más cerca. Su rostro estaba sereno, pero había una tormenta en sus ojos.

—Te amo, Lancelot.

El mundo se contrajo en torno a esas palabras.

—No… —dije, casi sin voz.

Ella sonrió, triste.

—Desde que eras un niño, yo te protegía. Pero con el tiempo… ya no pude seguir viéndote solo así. Intenté enterrar este sentimiento, ignorarlo. Pero cada vez que te veía luchar, cada vez que me mirabas con esa seriedad tuya… era imposible.

—Maestra, no… no puedo devolverte esos sentimientos.

—Lo sé. —Cerró los ojos con fuerza—. Siempre lo supe. Pero no podía seguir sin decirlo. Tenía que soltarlo… antes de dejarlo todo atrás.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Ahora sirvo para Camelot, allá encontré lo que aquí no puedo tener.

Mi cuerpo se tensó.

—¿¡Estás loca!? Ese lugar es solo una maldita ilusión creada por ese imbécil

—Tal vez. Pero allí tengo a algo preciado, a un Lancelot que si me ama, alguien que no me rechaza.

Sus palabras me asustaban

Quise correr hacia ella. Sujetarla por los hombros, sacudirla, gritarle que no lo hiciera. Pero mis manos no se movieron.

—Maestra…

Ella me miró por última vez.

—Gracias por todo. Por esos tres años. Por dejarme amarte… aunque fuera sola... Y si intentas detenerme, te juro que no me importará pelear contigo

Y entonces se fue, abandonado el lugar con un portal que abrió con ayuda de esa marca que tenía en su piel, dejando un silencio

Y por primera vez en mucho tiempo… ese silencio me dolió.

Me quedé allí, inmóvil.

Ella me había amado. No lo vi venir.

Y ahora, ese amor se convertía en peso.

No por culpa.

Sino por pérdida.

No la amaba. Eso estaba claro.

Pero era mi maestra, mi hermana, mi guía.

Y ahora, ese lazo estaba roto.

—Perdóname, Jericho —susurré—. No por no corresponderte… sino por no haberte salvado de ti misma.

Me percaté que aquel prisionero ya no se encontraba con vida, nuestra esperanza por entrar a Camelot estaba perdida

Maldito Arturo

Me quedé sentado entre los escombros, tratando de procesar lo que sucedió, lo que escuché; hasta que un par de Percivalines vinieron por mi, algo sucedía allá afuera

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora