Narradora
Una mañana distinta al resto, Kristen decidió abandonar su cama.
Se levantó con esfuerzo, sus piernas temblaban, pero su voluntad era más fuerte. A paso lento, arrastrando consigo el eco de sus dolores, cruzó los pasillos del castillo hasta llegar al salón de música.
Aquel lugar donde tantas veces la habían visto reír con Tristán, tocar mil melodías con los ojos cerrados y el alma abierta. Allí, donde el piano era una extensión de sus emociones, donde sus manos hablaban lo que sus labios no se atrevían a decir.
Al poco tiempo, las notas comenzaron a llenar el castillo.
Una melodía triste, melancólica, fluía por los pasillos como un suspiro sin dueño.
Era ella.
Kristen estaba tocando.
Su voz intentó acompañar a la música. Tarareaba con dificultad, pero lo hacía con el alma. Cada palabra entrecortada era un intento de desahogo. Y todos lo sintieron.
Donny, Pelliot, Annie, Chion... todos los chicos detuvieron lo que hacían. Se acercaron al salón, quedándose afuera, sin atreverse a interrumpir.
Ni siquiera Elizabeth cruzó la puerta. La música no pedía compañía, solo escucha.
—Tristán… —susurró Chion, entrando en la habitación del príncipe que apenas había conciliado el sueño—. Kristen está en el salón de música. Tienes que verla.
Tristán lo miró, desconcertado. Era extraño que él, que siempre había sido el más distante con ella, ahora pareciera tan... preocupado.
Sin pensarlo dos veces, se levantó y corrió. El sonido del piano se volvía más nítido conforme avanzaba, pero su corazón latía aún más fuerte. El pasillo estaba lleno. Isolda lo miró con ojos llenos de tristeza.
—Sería buena idea que entraras a verla —le dijo suavemente.
Tristán asintió. Abrió la puerta y la vió.
Sentada frente al piano, con la espalda encorvada por el dolor y los dedos temblorosos, Kristen seguía tocando.
Se acercó despacio y se sentó a su lado. No dijo nada. Solo apoyó sus manos sobre las teclas, acompasando sus notas a las de ella. Tocaron juntos, como antes. Como cuando ella le enseñaba con paciencia, guiándole los dedos con los suyos.
Pero la melodía se rompió.
Kristen bajó la cabeza, y sus hombros comenzaron a temblar. Las lágrimas se desbordaron sin aviso.
Sollozaba como una niña perdida.
—Yo… yo aún lo amo, Tristán —dijo entre lágrimas—. A pesar de todo, a pesar de su mirada de odio… yo lo amo. No he podido olvidarlo. Y duele. Duele tanto no haber podido decírselo. Duele que me odie. Duele no haber sido suficiente… para nadie.
Tristán la abrazó fuerte. Apretó los ojos, conteniendo su propio llanto.
Sentía cada palabra de ella como si fueran cuchillas.
Pero entonces, el dolor se convirtió en angustia.
Kristen se quejó. Una arcada de sangre se le escapó de los labios. Se llevó las manos al abdomen y cayó hacia él, débil, deshecha.
—¡Ayuda! —gritó Tristán, levantándola en brazos como si su cuerpo fuera de cristal—. ¡AYUDA!
Las puertas se abrieron y el mundo se volvió caos.
El rostro de Kristen era ceniza, su cuerpo apenas pesaba. Hendrickson fue el primero en acercarse, seguido por Elizabeth. La magia de Tristán no funcionaba. Nada funcionaba. Era como si su cuerpo hubiera dejado de responder desde hacía días.
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Caí en tu mundo...
Fanfiction¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
