Capítulo 72

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Narradora

Todo era extraño para Kristen. Como si el mundo se le hubiera desdibujado en matices ajenos.
El color del cielo, las voces, los rostros.

Todo parecía conocido, pero también distante. Como si los recordara a través del agua.

Había regresado a la vida, pero no completamente.
Apenas si hablaba. Se esforzaba por comer.
Recordaba a quienes la rodeaban, sus nombres, sus sonrisas.

Pero algo en su interior… se sentía incompleto.
Como si un hilo invisible la mantuviera atada a un lugar al que ya no pertenecía.

Y, sobre todo, sentía que alguien faltaba.
Alguien a quien no podía nombrar, pero cuya ausencia pesaba como el silencio en una habitación vacía.

Kristen merodeaba los pasillos del castillo como un eco.
A veces se detenía frente a una ventana, como si esperara encontrar algo en el horizonte.
A veces simplemente se sentaba en los jardines, mirando al cielo, como si buscara entender por qué.

Una tarde de brisa suave, cruzó los muros del castillo sin que nadie lo notara.
No por impulso, ni con intención de huir. Solo quería caminar.
Seguir el viento, las flores, el murmullo de los árboles.

Cuando notaron su ausencia, el corazón de todos dio un vuelco.
Elizabeth y Tristán se pusieron en movimiento de inmediato, mientras Thetis permanecía más tranquila.

—No está lejos —dijo con calma—. Su presencia se siente al este. No está en peligro.

Tristán no necesitó oír más.
Salió volando sin mirar atrás.

Elizabeth la miró con curiosidad.

—Hice un hechizo para tenerla más vigilada. Tampoco voy a permitir que esta vez la perdamos tan fácil.

[...]


El campo se extendía como un mar dorado y blanco.
Miles de dientes de león se mecían con el viento.
Kristen estaba en el centro, arrodillada entre ellos, tocando los tallos con la yema de los dedos.

Parecía no haber escuchado su llegada.
Su cabello se movía con la brisa, y su vestido claro se confundía con los tonos del campo.

Tristán aterrizó con suavidad, a unos pasos de ella.
La vio de espaldas. Tan pequeña.

Tan viva.

Tan ajena, y no tan suya.

—Te estábamos buscando —dijo en voz baja.— Por un momento pensé que...

Kristen giró apenas el rostro. Sus ojos se encontraron.
Y por un instante, todo se detuvo.

Ella lo reconocía. Lo sabía. Pero había algo… desdibujado.
Como si su alma recordara, pero su mente no pudiera seguir el ritmo.

—¿Pensabas que iba a volver a atentar contra mi vida? —respondió—.No. Solo… quería salir a caminar un poco. Intentando sentir lo que ese lugar me daba. Paz.

Tristán dio unos pasos hacia ella, hasta quedar a su lado.

—¿Y lo sentiste?

Kristen dudó. Miró las flores, una en especial que había arrancado sin querer.

—Sí… esto es bonito. Me hace pensar que no todo cambió.

Hubo un silencio, pero no incómodo. Solo suave, como el que nace cuando dos almas no necesitan hablar para entenderse.

—¿Recuerdas algo de antes? —preguntó él.

Kristen asintió con lentitud.

—Pedazos. Voces. Canciones. A ti… pero como en un sueño.

Tristán apretó los labios. Quería llorar, pero no lo haría allí. No delante de ella.
No cuando por fin la tenía tan cerca.

—Te extrañamos mucho —murmuró.

Ella lo miró de nuevo, esta vez con un brillo más cálido en los ojos.

—Yo también me extraño —dijo—. A veces creo que aún estoy muerta. Pero no da miedo… solo es confuso.

Tristán se sentó a su lado. Juntos, miraron cómo el viento hacía volar algunas semillas.

—¿Puedo quedarme aquí un rato más? —preguntó ella, como una niña que pide cinco minutos más antes de dormir.

—Claro —respondió él, con una sonrisa tenue—. Yo también me quedaré.

Y así lo hicieron.

Sin necesidad de palabras, sin urgencias. Solo dos almas reencontradas en un campo de flores, respirando juntas, por primera vez desde la muerte.

Cuando el sol empezó a bajar, la cargó con cuidado sobre su espalda.
Ella apenas se removió, aún sumida en un sueño profundo.

—Ya casi estamos en casa —susurró él, más para sí que para ella.

Y con pasos firmes pero suaves, emprendió el regreso a Liones.
Cargando no solo a Kristen, sino todo lo que significaba tenerla de vuelta.

Cuando cruzaron las puertas del reino. Ella seguía dormida, su rostro apenas rozando su nuca, su respiración serena como la de un niño.

La brisa jugaba con los cabellos de ambos, y cada paso de Tristán era una mezcla de alivio y cuidado.

La guardia abrió paso de inmediato al verlo.
No necesitó hablar: el peso sobre su espalda y la expresión en su rostro bastaban para que todos entendieran que aquella escena era más sagrada que cualquier protocolo.

Desde una de las ventanas del segundo piso, Isolda observaba la escena.

La silueta de Tristán recortada por la luz dorada. Kristen dormida, ajena a todo.
Su pecho se tensó, aunque no dijo palabra.
No había enojo en su mirada, pero sí una tristeza suave, resignada.
Como quien entiende que el lugar que creyó suyo ya no lo es.

Tristán cruzó el jardín principal y, antes de que pudiera entrar, Elizabeth salió al encuentro.

—¡Tristán…! —exclamó aliviada, al ver que Kristen estaba bien.

Él no respondió con palabras. Solo bajó a Kristen con suma delicadeza, dejándola de pie poco a poco mientras ella empezaba a despertar, algo aturdida por el sueño.

Kristen parpadeó varias veces, confusa.
Estaba de nuevo allí. Frente al castillo.
Rodeada de los mismos muros… pero se sentía como si fuera la primera vez.

Elizabeth no esperó. La envolvió en un abrazo cálido, lleno de ternura contenida.
Kristen se dejó abrazar, aunque su cuerpo aún parecía flotar entre realidades.

Tristán se quedó a un lado, en silencio. Sonriendo apenas.

—Vamos… —susurró Tristán, con dulzura guiando a la joven a su habitación.

Y desde la ventana, Isolda bajó la mirada, enmudecida por una punzada silenciosa en el pecho.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora