Narradora
Pasaron los días y Kristen seguía empeorando. Aislándose. Cayendo en la depresión. Nadie lograba alcanzarla del todo. Ni Thetis, ni Elizabeth, ni siquiera Tristán.
Desde que regresó herida de Benwick, había dejado de mirar el mundo con los mismos ojos. Y ahora que apenas veía con uno, se mareaba con frecuencia. Tropiezos, vacíos. La oscuridad no solo la había tocado por fuera: también se había instalado dentro de ella.
Aquella noche, todo pareció seguir su curso habitual. Nadie sospechó que sería diferente.
Kristen dejó su diario sobre la cama, junto con una flor seca y una hoja de papel en blanco. Luego fue hacia el armario y sacó una vieja espada, la misma que usó en sus primeros entrenamientos. Estaba oxidada, inofensiva a simple vista. Pero su filo aún bastaba.
Caminó en silencio por los pasillos del castillo, guiada solo por una memoria que, a pesar del vértigo, todavía resistía. Las torres quedaron atrás. El campo se abrió ante ella: solitario, húmedo por el rocío. Sus pasos la llevaron al estanque. Aquel donde, una vez, comenzó su historia con Tristán.
Se arrodilló entre las piedras. Miró su reflejo distorsionado en el agua. Ya no se reconocía. Ni siquiera sabía si seguía siendo ella.
Tomó la espada con ambas manos. Temblaba. Pero apretó los dientes.
—Al menos aquí… —susurró— aquí fui feliz una vez.
Y entonces, la hoja atravesó su piel.
El dolor fue agudo, caliente, punzante. Cayó de lado, sintiendo cómo el mundo se le escapaba por el pecho, cómo el frío la envolvía. No lloró. Solo cerró los ojos.
En el castillo. El primero en notar su ausencia fue Chion. La puerta entreabierta. El cuarto desordenado. El diario sobre la cama.
—¡Tristán! ¡Tiaa! —gritó, corriendo por el castillo— ¡Kristen no está!
Todos se movilizaron de inmediato. Thetis fue la primera en entrar en la habitación. Reconoció la escena al instante. Una de sus anécdotas que en algun momento Kristen le compartió. El diario abierto. La flor seca. La hoja en blanco. Su corazón cayó al suelo.
—Maldición...
Pero fue Tristán quien se detuvo al ver el dibujo en la última página del diario: un estanque, dos siluetas bajo el atardecer. Lo conocía perfectamente.
—No… —susurró—. Mierda… ¡No!
Corrió sin detenerse, impulsado por algo más profundo que el miedo. Extendió sus alas apenas pudo y surcó el aire, sin escuchar los gritos, sin pensar. Solo ella.
La encontró tendida sobre la orilla de aquel estanque, la sangre empapando parte de la arena.
—¡KRISTEN!
Corrió hacia ella, cayó de rodillas y la sostuvo con manos temblorosas.
—¡No, no, no! —repetía— ¡No me hagas esto!
Le arrancó la espada del pecho y de inmediato usó su magia. Selló la herida, contuvo la hemorragia. Le hablaba entre sollozos.
—¿Por qué no me dijiste que te dolía tanto? ¿Por qué no me dejaste ayudarte?
Ella apenas logró abrir el ojo sano. Lo miró, confundida, débil.
—Tristán… ¿eres tú?
—Sí. Soy yo. Ya estás a salvo. Ya estoy aquí.
Regresó al castillo con Kristen en brazos. La sangre aún caliente entre sus manos. No dijo nada al cruzar las puertas. No podía.
Elizabeth y Thetis aparecieron tan pronto fueron alertadas. La reina se acercó sin dudar y canalizó su poder sanador sobre el cuerpo de la joven. Su magia era más fuerte que la de Tristán.
Thetis se acercó en silencio.
—¿Está viva?
—Sí… apenas. Pero sí.
La mirada de Thetis se quebró. Algo dentro de ella también.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Pelliot, con la voz tensa.
—Ella… lo intentó —respondió Tristán—. Se enterró una espada. Si no hubiera llegado a tiempo…
No pudo terminar la frase.
Thetis bajó la cabeza. Chion se ofreció a acompañarla a su habitación, y pidió a su primo que intentara calmarse.
Pero Tristán cayó de rodillas. Intentaba ser fuerte, pero por dentro… estaba hecho pedazos.
—Tristán —dijo entonces Thetis, su voz baja, grave—. No estoy aquí para culparte. Pero hay algo que debo decirte.
Él ya lo presentía. Cerró los ojos.
—Sabías lo del hechizo. Sabías que Gowther le había sellado los recuerdos. Y no dijiste nada.
Tristán tragó saliva.
—Creí que era lo correcto… que era lo mejor para ella.
—Y mientras tú lo creías… ella se desmoronaba. Dudaba de su mente, de su pasado, de sus decisiones. Y tú callaste.
No había rabia en su voz. Solo una tristeza insoportable.
—Thetis…
Ella negó suavemente con la cabeza. Luego le tocó el hombro.
—No vine a reclamarte. Vine a pedirte algo.
Tristán la miró.
—Sálvala.
—Yo… no sé si puedo…
—Sí puedes. No con magia. Con verdad. Con presencia. Con todo lo que tú y ella alguna vez compartieron. Eres la única voz que aún la alcanza cuando cae.
Guardó silencio, y luego agregó:
—Si alguna vez la amaste… entonces no la sueltes ahora.
Tristán apretó los dientes.
—¿Cómo se supone que haga eso cuando ella solo piensa en él?
Thetis no respondió. Tal vez tenía razón. Kristen no lograba sacar de su mente a Lancelot, por más cruel que fuera.
Mientras tanto, en la habitación de Kristen, Elizabeth, Chion, Nansies y Meliodas cuidaban de ella.
Elizabeth suspiró, aliviada.
—Sus signos están mejorando. Despacio… pero sí.
Tristán y Thetis llegaron minutos después. Él con la mirada baja. Ella, ya sin lágrimas.
—Gracias… por llegar a tiempo —le dijo Thetis—. Pero ahora… quédate con ella. No la dejes sola.
Fue la primera en salir, sin mirar atrás.
Kristen respiraba con dificultad. Pero vivía.
—¿Estás seguro de esto, hijo? —preguntó Elizabeth, suave.
—Sí, mamá. No quiero que cometa otra tontería.
Ella lo entendió todo. No hubo más preguntas. Solo una caricia breve en su rostro antes de marcharse.
Todos salieron de la habitación.
Pero Tristán no se apartó de su lado.
No esa noche.
Ni las siguientes.
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Caí en tu mundo...
Fanfiction¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
