Capítulo 63

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Narradora

Pasaron los días.

El estado de Kristen empeoraba lentamente, como una flor que se marchita. Su visión disminuida le provocaba jaquecas, mareos. A veces no podía distinguir rostros, otras simplemente deseaba dormir para no existir.

Pero dentro de su mente, el dolor seguía despierto.

Había fallado. Había perdido a quienes amaba. Ya no era fuerte. Ya no era útil. Y su corazón seguía partido entre el rencor y la culpa.

Así que elaboró un segundo plan.

Salió de su habitación en silencio, cubierta por una capa ligera. Caminó hasta el potrero, tomó una soga sin que nadie la viera, y se dirigió al bosque. Aquel que comenzaba más allá del campo de entrenamiento, donde los árboles eran tan altos que el sol apenas tocaba el suelo.

Su intención era clara.

Buscó una rama alta. Aseguró el nudo. Cerró los ojos.

Lo que no sabía era que Chion la había estado siguiendo desde que salió de su habitación. La había visto caminar encorvada, torpe, perdida en sí misma. Algo en su pecho —molesto, incómodo— le había dicho que no debía dejarla sola.

Y llegó justo a tiempo.

—¡Kristen! —gritó, y corrió.

El sonido del cuerpo cayendo nunca se escuchó.

Chion saltó, trepó, y con fuerza cortó la cuerda segundos antes de que el nudo se cerrara del todo. Kristen cayó en sus brazos, sin fuerzas, sin lágrimas.

—¿Por qué...? —susurró ella con la voz quebrada—. ¿Por qué no me dejaste hacerlo...? Siempre fuiste grosero conmigo. ¿Ahora qué te importa?

Chion apretó los dientes. Su respiración era pesada. Estaba temblando.

—Porque no pienso permitir que el primer amor de mi primo termine así. Porque... —bajó la voz, casi sin mirarla—. Desde que supe todo lo que hiciste… te admiro, aunque me cueste admitirlo.

Ella bajó la mirada, cubierta de vergüenza.

—Soy un monstruo. Mira esta cicatriz...

Chion la miró. Guardó silencio.

Y entonces, sin decir una palabra, levantó su propio flequillo. En su ojo izquierdo había una cicatriz vertical, vieja, profunda.

—Una loca enamorada de mi padre me secuestró cuando era niño —murmuró, sin dramatismo—. Me escapé. Me persiguió. Y un día, intentó matarme. Tristán me salvó. Y esta herida... fue el precio.

Kristen lo miró. Y por primera vez en días, lloró de verdad.

No por dolor. Sino porque alguien, por fin, la entendía.

Chion la sostuvo entre sus brazos y la cargó de regreso.

El amanecer aún no asomaba cuando las puertas del castillo se abrieron de golpe.

Chion cruzó la entrada del castillo con pasos firmes, el rostro endurecido, la ropa manchada de tierra, y Kristen colgando inconsciente sobre su espalda.

Y en su mano, la soga.

Isolda fue la primera en verlo.

—¡¿Qué pasó?! —corrió, con el corazón en la boca.

Detrás de ella apareció Tristán, medio vestido, aún adormecido.

Chion los miró con un rostro difícil de leer.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora