Capítulo 64

619 96 24
                                        

Narradora

La noche había sido larga.

Kristen dormía, pero no en paz. Aquel sueño parecía más un limbo silencioso que un descanso. Su rostro, pálido, estaba humedecido por el sudor. Cada tanto, sus labios se movían, pero no emitía palabra alguna. Como si algo en su interior suplicara auxilio sin poder salir.

Tristán estaba junto a su cama. Sentado, doblado sobre sus rodillas, con los ojos hinchados de no dormir. No se había movido desde hacía horas, salvo para cambiarle las compresas frías o limpiar con ternura su frente. No hablaba, no lloraba. Solo estaba allí. Quieto. Como una estatua moldeada por la culpa.

La puerta se abrió suavemente. Elizabeth asomó el rostro, con la expresión serena pero preocupada.

–Tristán –dijo en voz baja–. ¿Por qué no vas a darte un baño? Te dejé ropa limpia en tu habitación. Yo cuidaré de ella un momento.

Él parpadeó. Como si volviera al presente. Dudó por un segundo.

–No quiero dejarla sola…

Elizabeth sonrió con dulzura y caminó hacia él. Le acarició el cabello con ternura.

–Confía en mí. Solo serán unos minutos.

Tristán suspiró. Se levantó con cierta torpeza, el cuerpo entumecido. Antes de salir, miró una última vez a Kristen. Como si temiera que, al cerrar la puerta, se desvaneciera para siempre.

Elizabeth se sentó en el lugar de su hijo. Tomó la mano de Kristen con la suya y acarició sus dedos con suma delicadeza.

–Ay, mi niña… –susurró–. Has aguantado tanto… Ya basta. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

El silencio reinó por unos minutos, hasta que Elizabeth escuchó pasos. Tristán regresaba, con el cabello mojado y ropas limpias. Se detuvo en el umbral, sin entrar del todo.

–¿Cómo está?

–Igual –respondió ella–. Pero no está sola.

Tristán apretó los labios. Caminó hasta la ventana y apoyó una mano en el marco, con la vista perdida. Y de pronto, sin previo aviso, se quebró.

–Se la entregué a Lancelot completa. Viva. Y así me la devolvió. Rota. Herida. Vacía. –Su voz salió con un peso que no pudo contener más–. Me prometió que la cuidaría. Que la amaría. ¡Me lo juró! Y mírala, mamá… mírala.

Elizabeth lo observó con el alma en vilo.

–Fui un idiota al confiar en él.

–Tristán… –comenzó ella, pero su hijo negó con la cabeza.

–La dejé ir pensando que estaría mejor. Que por fin sería feliz. Que encontraría en él algo que yo no pude darle. Y ahora, no puedo dejar de pensar que… que si yo me hubiera quedado… tal vez esto no habría pasado. Quiero odiarlo pero no puedo. Porque yo también cargo con esa maldita culpa. Si yo no ni hubiera guardado ese decreto, tal vez ella...

Elizabeth se levantó, caminó hacia él, y sin pedir permiso, lo abrazó con fuerza.

–Mi amor… No busques culpables ahora. Lo único que importa es que Kristen sigue con nosotros. Que respira. Que hay esperanza.

Él se aferró a su madre como si aún tuviera diez años.

–No puedo verla así. Me rompe. Me destruye. Nunca imaginé… que una persona pudiera romperse tan profundo sin hacer ruido.

Elizabeth acarició su cabello.

–Yo la quiero como a una hija. Lo sabes, ¿no?

Tristán asintió contra su pecho.

–Ella es parte de nuestra familia. No por ti. Por lo que ella es. Por lo que nos dió sin pedir nada. No importa si su sangre no es real, si vino de otro mundo o si arrastra cicatrices que no entendemos.

Él alzó la cabeza, sus ojos vidriosos.

–¿Y si no se despierta?

–Entonces estaremos con ella hasta el final. Pero no te rindas, Tristán. Porque ella no lo ha hecho.

Tristán volvió a sentarse junto a la cama. Tomó la mano de Kristen y apoyó su frente en ella.

–Perdón, Kristen –murmuró–. Perdón por no verte. Por no escucharte. Por dejarte sola cuando más me necesitabas.

Elizabeth no dijo nada más. Se sentó junto a ellos. Tres vidas cruzadas por el amor, el dolor y la promesa silenciosa de no abandonar jamás.

Horas más tarde, Elizabeth abandonó la habitación en silencio. Caminó por los pasillos con el corazón oprimido, hasta llegar a la habitación de su padre, el rey Bartra. Tocó suavemente la puerta.

–Adelante, hija –se oyó desde dentro.

Bartra la recibió con una sonrisa suave, recostado en su cama con las manos cruzadas sobre el regazo. La miró como se mira al invierno cuando vuelve tras una larga primavera.

–Padre… –susurró ella al acercarse–. Necesito hablar con alguien que aún sepa mirar más allá.

Bartra entrecerró los ojos, atento. Elizabeth se recostó a su lado, con los ojos humedecidos.

–No puedo más… –murmuró–. Verla así me destroza. Yo… yo la quiero como si hubiera nacido de mí. Como si el destino me la hubiera devuelto.

Bartra no dijo nada. La dejó hablar.

–Hace años, cuando intentamos tener un segundo hijo, no funcionó. Fue un embarazo difícil… una pérdida inevitable. La mezcla de nuestras razas era demasiado. Y aún lo siento, papá. El vacío. La ausencia.

–Lo sé hija. Todos anhelábamos la llegada de esa pequeña.

Entonces bajó la mirada, llorando.

–Y cuando Kristen llegó a este mundo… yo sentí algo. Algo que me dijo: “ahí está”. No nuestra hija por sangre… pero sí por amor. Meliodas sintió lo mismo. Esos hermosos ojos verdes me hacían recordarla. Nunca se lo dijimos a ella, pero… la cuidamos como si lo fuera.

Bartra tomó la mano de su hija con suavidad. Sus ojos parecían nublados, pero tranquilos.

–No necesitas justificar el amor, Elizabeth. No cuando es tan real como el tuyo.

Hubo un largo silencio. El viejo rey miró hacia la ventana, donde la luz de la luna apenas se filtraba.

–La noche aún guarda un hilo de sombra –dijo con voz baja–. Pero en lo profundo de esa sombra… algo está por renacer.

Elizabeth lo miró con súbita atención.

–¿Qué dices?

Bartra cerró los ojos, como si escuchara algo que nadie más podía oír.

–La muerte rozará a la niña… pero no la tomará. No del todo. Porque hay destinos que deben cumplirse… aunque cuesten una vida entera. O más.

Elizabeth negó con la cabeza, con las lágrimas escurriendo por su rostro.

–No. No, papá. No me digas eso. No me digas que la perderemos…

Bartra volvió a abrir los ojos y la miró con ternura infinita.

–Tal vez no la perderán. Pero deberán aprender a dejarla ir… para que pueda regresar.

Elizabeth cerró los ojos, conteniendo un sollozo. No entendía el alcance de aquellas palabras… pero algo dentro de ella se rompió.

Kristen estaba al borde. Y el universo parecía sostener el aliento.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora