Capítulo 75

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Narradora

El silencio que quedó tras el descanso de Kristen era distinto. No era la calma después de la tormenta, sino la que llega cuando alguien, por fin, se deja caer, sin fuerzas ni defensas.

Tristán no se movía. La sostenía aún entre sus brazos, con el cuerpo de ella acurrucado contra su pecho, como si temiera que, si la soltaba, pudiera quebrarse otra vez... o desaparecer.

-¿Está... dormida? -preguntó Elizabeth en voz baja, acercándose con cuidado.

Tristán asintió, sin hablar.

La reina se arrodilló a su lado, con una mano temblorosa y el rostro endurecido por la angustia. La observó como si no fuera su paciente, sino una hija que acababa de volver del infierno.

-Nunca la vi así -murmuró-. Ni cuando la trajimos de vuelta. Ni cuando sanó su cuerpo. Nunca la había sentido tan... desgarrada.

Tristán bajó la mirada. Su pecho subía y bajaba con lentitud, como si el peso de lo que acababa de decirle aún le ardiera en la piel.

-Recordó a Percival -susurró él, acariciando con suavidad el cabello de Kristen-. Fue él lo que la trajo de vuelta.

-Eso... explicaría muchas cosas -dijo Elizabeth, con los ojos empañados-. Los episodios. El dolor de cabeza. El rechazo de la magia...

Tristán tragó saliva. Miró la cicatriz en el rostro de Kristen y la besó, justo al final de la marca, como si eso pudiera aliviar el daño que las hadas y el destino habían dejado.

-Ella piensa que no es digna. Que su dolor la ensucia. Que no puede llevar mi apellido.

Elizabeth bajó la cabeza. La luz cálida del atardecer pintaba su rostro con sombras doradas, como si el día, al irse, le dejara una caricia para el alma.

-Qué equivocada está -susurró.

-Le dije que si por mí fuera, ya sería mi esposa -confesó Tristán, sin apartar la vista de Kristen-. No podía guardármelo más. No después de verla así.

Elizabeth no dijo nada de inmediato. Solo se acercó y apoyó una mano en el hombro de su hijo. Lo apretó con cariño.

-Entonces no dejes que esa confesión se pierda en la desesperación. Cuando despierte... hazle saber que sigue aquí porque alguien la llamó desde el amor. No desde la culpa.

Tristán respiró hondo. Cerró los ojos. El corazón aún le dolía, pero una pequeña parte, solo una, comenzaba a encontrar paz.

Se levantó del suelo con Kristen en brazos y la llevó a su nueva habitación. La recostó con cuidado, como si su cuerpo pudiera romperse al mínimo contacto. Cerró las cortinas, cubrió sus pies con una manta ligera, y se sentó a su lado hasta que su respiración se volvió más tranquila.

Kristen dormía. Tristán la abrazaba. Elizabeth velaba.

Y por un instante, la memoria dejó de doler.
Solo por un instante.

Horas más tarde. La noche había caído del todo.

Elizabeth se había marchado hacía ya un rato, dejando tras de sí un aroma tenue a flores curativas y la calidez de una madre que sabe cuándo dar espacio a una herida más profunda que cualquier magia.

Tristán seguía despierto.

Sentado al borde de la cama, con la espalda tensa y los ojos fijos en el suelo, sentía cómo las palabras que había dicho horas antes comenzaban a enredarse en su pecho.

¿"Si por mí fuera, ya sería mi esposa"?

Sí. Era verdad.
Pero también era una herida.

Porque sabía que esa frase había nacido no solo del amor... sino del miedo.

Miedo a perderla.

Miedo a verla irse.

Miedo a que, al final de todo, Lancelot siguiera siendo el nombre que vivía en el centro de su alma.

Acarició el cabello de Kristen una vez más. El movimiento fue casi automático, una despedida suave, aunque aún no lo supiera del todo.

Se levantó.
Salió de la habitación con pasos silenciosos, sin volverse.

Atravesó los pasillos envueltos en penumbra. El castillo dormía, pero en él seguían resonando los ecos de demasiadas batallas no peleadas: las internas, las que nadie aplaude, las que dejan huellas en la mirada.

En la cocina, se sirvió una taza de té. No era por sed ni por costumbre. Era por no sentir el temblor de las manos al estar completamente quieto.

El vapor se disipó pronto.

Con la taza entre los dedos, caminó hasta su habitación. Cerró la puerta tras de sí con suavidad. El espacio estaba en orden, apenas iluminado por una lámpara de aceite que proyectaba una luz tibia sobre el escritorio. Todo estaba en su sitio, como si nada hubiera cambiado. Como si el dolor no pudiera atravesar los muros del castillo.

Pero él sabía que no era así.

Se sentó con calma. Dejó el té a un lado. No pensaba demasiado en lo que iba a hacer. O quizá sí, pero no con ansiedad. Era más bien una certeza que se había asentado como plomo en el estómago.

Tomó la pluma. Mojó la punta en tinta.

Y sin más, comenzó:

"Lancelot."

No hubo duda en el trazo.
No había rabia ni nostalgia, solo una intención clara.
Cada palabra escrita era un eco de lo que había callado demasiado tiempo.
Era directo. Serio. Honesto.

Escribió sobre lo que había visto. Sobre lo que Kristen había recordado. Sobre lo que había dicho mientras el dolor la quebraba. No como reclamo, ni como reproche, sino como testigo. Como quien ya no puede seguir cargando una verdad en soledad.

Cuando terminó, sopló con suavidad sobre la tinta para secarla. Releyó lo escrito una vez, con el ceño levemente fruncido, como quien evalúa si ha dicho justo lo necesario. No más. No menos.

Luego dobló la hoja, la selló con cera, y la dejó sobre la repisa.

El halcón mensajero lo observaba desde su percha, con las alas aún recogidas, como si esperara algo más que una orden.

Tristán no dijo nada al principio. Solo se acercó. Le ató la carta con firmeza a la cápsula en su pata y le acarició el plumaje.

-A Benwick -murmuró.

El halcón alzó el vuelo por la ventana abierta, sin ruido, perdiéndose en la noche estrellada como un suspiro que no quería ser oído.

Tristán no lo siguió con la mirada. Volvió a sentarse, tomó la taza, y bebió el té ya frío.

Había hecho lo que debía.
No esperaba respuesta.

Pero al menos, ya no quedaba en silencio lo que tanto tiempo había callado.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora