Capítulo 58

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Narradora

El orbe estalló en un destello que lo dejó sin aliento.

Kristen desapareció.

Fue su voz la que lo ordenó. Con sus propias palabras había sellado su destino. Y aun así, cuando la luz se tragó su cuerpo y su grito se ahogó entre la magia, algo dentro de él se rompió. Fue como verla arder desde adentro, sin poder hacer nada para apagar el fuego.

Cuando la luz se desvaneció, el silencio cayó sobre todos como una losa. Tristán supo, en ese instante, que habían perdido. No por Ironside. No por Arthur. No por el veneno ni por las heridas. Perdieron porque él ya no estaba. Porque algo esencial había desaparecido con Percival.

Donny estaba arrodillado junto al cuerpo inmóvil de Percival. Annie gritaba, desgarrada, con lágrimas corriendo por sus mejillas como si el mundo se hubiese quebrado.

Lancelot permanecía inmóvil.

Demasiado inmóvil. Con los puños cerrados y el cuerpo temblando. Tristán lo conocía. Sabía lo que venía después del temblor.

Se acercó a él, con cautela.
—Tienes que calmarte… —murmuró, evitando alzar la voz. Hablarle fuerte sería como empujar un cristal a romperse—. Kristen no tuvo la culpa. Sabes que no la tuvo. Habla con ella. Por favor. Arregla esto antes de que…

—¿Arreglar? —Lancelot lo interrumpió. Sus ojos ardían de furia—. ¿Cómo carajos voy a arreglar algo con alguien que me mintió? ¡Sabía que Percival iba a morir y no me dijo nada! ¡Me hizo confiar en ella… para después traicionarme!

—¡Lancelot! ¡Basta! —Tristán le gritó, tomándolo del brazo—. ¡Ella no recordaba! ¡Fue Gowther! ¡Mi padre me lo confesó! ¡Tenía bloqueos mentales! ¡Nunca supo toda la verdad!

Pero Lancelot no lo escuchó. Lo empujó como si fuera un obstáculo más entre los escombros. Lo miró con resentimiento, como si él también hubiera traicionado su confianza.

—¿Y tú? ¿También lo sabías? ¿Y lo callaste? ¿Eso somos ahora? ¿Un grupo de hipócritas?

—No… —balbuceó Tristán—. No es eso…

—Prefiero estar solo. Solo antes que rodeado de gente que calla cuando más se necesita la verdad. Vete a la mierda tú y ella.

Y se fue. Se perdió entre los gritos, el polvo y las ruinas. Dejándolos. Dejó también a Tristán, parado en medio de un escenario de dolor y desolación.

Annie seguía sin moverse. Donny tampoco. Sus rostros estaban marcados por la misma mezcla de rabia y vacío. Solo Nasians se acercó, con una mirada que le pesó más que cualquier golpe.

—¿Estás seguro de que hiciste lo correcto?

Tristán no respondió. Lo intentó, pero no pudo. Gawain, fastidiada, chasqueó la lengua y se marchó sin decir palabra. Estaban hechos pedazos.

Miró una última vez a Percival. Estaba tan quieto. Tan frío. Como si nunca hubiera reído. Como si nunca hubiera amado. Pero él lo había visto reír. Lo había visto luchar. Lo había visto amar a sus amigos con una devoción absoluta.

—Regresemos al castillo de mi tío —dijo al fin, con la voz seca—. Yo llevaré a Percival. Los protegeré del miasma.

Nadie protestó.

Tristán lo cargó en brazos. El cuerpo pesaba más que nunca. No por su masa, sino por lo que representaba. Su magia apenas bastaba para mantener un escudo a su alrededor, pero no pensaba soltarlo. No podía dejarlo atrás.

Cuando llegaron, Zeldris y Gelda los esperaban. Al ver a Percival, algo en ellos se quebró. Porque ese era su hijo.

Thetis llegó más tarde. Chion ya le había contado todo lo sucedido. Ella los llevó al bosque del Rey Hada, donde su cuerpo estaría a salvo. Usó un hechizo para crear una réplica falsa.

Fingieron una sepultura. Para que el enemigo creyera que Percival realmente se había ido. Pero su verdadero cuerpo fue sellado, oculto. Porque sabían que volvería. Lo que no sabían era si ellos seguirían siendo los mismos cuando eso ocurriera.

Pasaron dos días antes de que Tristán reuniera el valor para regresar al castillo. Solo quería verla. Saber de Kristen.

Su madre había estado cuidándola. Le dijeron que debieron sedarla varias veces. Pelliot, con el rostro cansado, se lo confesó entre susurros.

Kristen tenía la piel pálida, el cuerpo frágil, y una tristeza tan densa que casi se podía tocar. Le dolía verla así. Y aunque Elizabeth intentó consolarlo, Tristán no la escuchó. Su rabia iba dirigida a otro.

A su padre.

No tuvo que buscarlo. Meliodas ya lo esperaba.

—¡¿Estás feliz ahora, padre?! ¡¿Era esta tu razón?! ¡¿Por esto permitiste que pasara?!

Meliodas no respondió de inmediato.

Lo miraba con una mezcla de culpa y resignación. Intentó explicar. Intentó pedir perdón. Pero para Tristán, ya nada de eso bastaba.

Solo quería entender.

Quería entender por qué.

Y no podía.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora