Capitulo 54

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Lancelot

El entrenamiento con Percival me había dejado agotado. Esa versión suya, Perciflan tenía más energía que sentido común. Por suerte logramos finalizarlo. Me dolían los hombros, el cuello… y las ganas de verla me ardían en el pecho.

Kristen.

Desde que llegamos al reino demoniaco, apenas habíamos tenido momentos a solas. Todo eran estrategias y entrenamiento. Y ella… ella estaba siempre cerca, pero lejos. Con esa forma suya de observarme en silencio cuando creía que no la veía. Con esa sonrisa discreta cuando pasaba junto a mí en los pasillos, como si el mundo no supiera que su cuerpo ya había ardido contra el mío.

Sin mencionar esos días en que la entrené. A pesar de haber estado con ella, apenas si pudimos estar juntos.

Era nuestro último día en el castillo. Por tal razón recibimos la orden de descansar un poco.

Esa tarde, después de dejar a los chicos en el comedor, caminé hacia los corredores vacíos. El castillo estaba en silencio, apenas iluminado por antorchas y cristales demoníacos que emitían un brillo púrpura tenue.

Y entonces la vi.

Apoyada contra una columna de piedra negra, los brazos cruzados, el cabello cayendo sobre un hombro. Su mirada me buscó apenas me acercó. No dijo nada.

Pero no hacía falta.

Me acerqué sin detenerme. Tomé su muñeca con suavidad, firme, y la jalé conmigo, guiándola por un pasillo lateral más oscuro. Nadie nos seguiría ahí.

—¿Lancelot...? —susurró, divertida, con un brillo en los ojos.

—Shhh —le dije, girándola contra la pared—. Solo unos minutos.

Mi mano se apoyó junto a su cabeza. La otra se posó en su cintura, atrayéndola a mí. Estaba cálida, más de lo que esperaba. Mi pulgar subió lentamente por debajo de su blusa, rozando su piel despacio.

Ella jadeó bajito. Cerró los ojos.

—Te extrañé —dije contra su cuello, mientras mi boca lo rozaba—. Todo el día.

Mis labios descendieron por su clavícula, mientras mis dedos exploraban su espalda baja. La sentía temblar, como siempre. Y yo… yo también estaba perdiendo el control.

Deslicé la mano hacia arriba, por su costado, hasta que mis dedos rozaron el borde de su sostén. Podía sentir el calor de su piel vibrar bajo mis caricias, su respiración volviéndose más irregular.

—Aquí no… —murmuró, sin convicción.

—Lo sé —susurré, apretándola contra mí—. Pero no puedo seguir fingiendo que no quiero tocarte cada vez que te miro.

Mis labios buscaron los suyos. La besé con hambre contenida, una presión firme pero cargada de emoción. Ella respondió con desesperación suave, como si también hubiese estado aguantando todo el día.

Cuando la sentí aferrarse a mi ropa, supe que estaba al borde. Pero no era el lugar.

No era el momento.

Me separé apenas, respirando contra su boca.

—Esta noche —le prometí—. Voy a hacer que olvides que el mundo existe. Pero ahora... necesito volver a checar unas cosas antes de que alguien venga a buscarme.

Ella me miró con esa sonrisa tan suya.

—Te voy a estar esperando.

Maldita sea. Esas palabras casi me hacen perder la cabeza.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora