Capítulo 78

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Narradora

Regresaron antes del amanecer, cuando el cielo aún era gris y el aire olía a rocío y esperanza. El castillo de Liones, aún medio dormido, se iluminó con la llegada de Kristen y Tristán, escoltados por los caballeros del reino.

El personal del castillo se movilizó de inmediato. Vestidos, flores, música, alimentos. Todo debía estar listo antes de la ceremonia. Kristen fue guiada con ternura por las damas del palacio, quienes se encargaron de prepararla con esmero. Mientras cepillaban su cabello y ajustaban las cintas de su vestido, ella no dejaba de mirar aquel anillo. Brillaba como un pequeño sol atrapado en metal. No era un anillo de compromiso, pero pesaba como si lo fuera. En un impulso, lo deslizó en su dedo. Encajaba perfectamente.

Tristán lo notó desde lejos. No dijo nada. Solo la miró. Y sonrió.

Poco a poco, los invitados comenzaron a llegar. La plaza central del castillo fue adornada con guirnaldas, mesas de plata y frutas frescas. La comida era exquisita, los vinos suaves. Y entre todos los rostros ilustres, también llegaron los Siete Pecados Capitales. Diane, King, Gowther y por supuesto, Ban, que no se despegó de Meliodas y Elizabeth en ningún momento. Todos estaban ahí para ella.

Kristen fue llamada al frente durante la ceremonia. Frente a los estandartes del reino, Meliodas y Elizabeth, rodeados de luz, la tomaron de las manos y, con una sonrisa que derramaba ternura, la nombraron hija adoptiva del reino de Liones.

La plaza estalló en aplausos. Había flores por doquier, y el aire olía a promesa.

La noche trajo música, danzas interminables y alegría compartida. Kristen bailó, brindó, reía... Pero tras tantas miradas, tantos abrazos y felicitaciones, sintió que algo dentro de ella comenzaba a tambalearse. Su corazón, que horas antes latía seguro, volvía a extraviarse en un rincón de su alma que no terminaba de sanar.

Salió sin que nadie lo notara. Cruzó los corredores del castillo y llegó a uno de los jardines traseros. La luna estaba alta y las luciérnagas flotaban en el aire como pedazos de sueño.

Y entonces lo vio.

Recargado en el tronco de un roble, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Vestía pantalón negro y una camisa blanca, medio desabotonada. El cabello le caía un poco húmedo sobre la frente. Se veía más hombre que nunca. Más solo que nunca.

Kristen se quedó inmóvil. Su corazón golpeaba su pecho con fuerza desmedida.

-¿Lancelot...? -susurró apenas, como si temiera romper el momento.

Él levantó la mirada. La vio. Hermosa, con el vestido blanco y detalles dorados y los ojos verdes que aún le parecían el rincón más tierno de este mundo. Pero su mirada bajó inevitablemente al anillo. Su ceño se frunció apenas.

Dolía.

Kristen sintió esa punzada, esa tensión en su rostro.

-No es lo que parece... -dijo en voz baja-. No me pidió matrimonio. Es un anillo de promesa. Solo... simbólico.

Lancelot no respondió. Se quedó quieto, tragando el nudo en su garganta. Entonces sus ojos subieron a su rostro, y se encontró con la cicatriz. Esa línea delgada sobre su mejilla que no recordaba haber visto.

Contuvo sus lágrimas.

-Fue algo extraño... -dijo ella, tocando su propio rostro-. Ya me había rendido. Ya no quería vivir. Pero Percival me sanó. Sin embargo... me negué a quitarme esta cicatriz. No quería borrarte. Quería recordarte. De alguna manera...

Lancelot cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, estaba arrodillado frente a ella.

-Perdón... -susurró.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora