Capitulo 69

681 114 42
                                        

Narradora

Tristán caminaba con la mirada perdida por las calles empedradas de Liones. No le importaba la lluvia que empapaba su capa ni los charcos que salpicaban sus botas. Sabía bien hacia dónde iba. Lo hacía cada semana, sin falta, como si el tiempo se hubiera congelado el día que ella murió.

Al pasar frente al pequeño puesto de flores, el comerciante de siempre ya lo esperaba. Era un hombre mayor, de manos agrietadas y mirada compasiva, que no decía palabra. Tenía listo el ramo de rosas blancas —las favoritas de Kristen— envueltas con cinta gris.

Tristán lo tomó sin decir nada y dejó unas monedas sobre la mesa húmeda. Era un ritual silencioso. Todos en la ciudad sabían para quién eran esas flores. Nadie se atrevía a preguntar. Nadie interrumpía su duelo.

El cementerio estaba en las afueras, en una loma baja cubierta de sauces y lápidas antiguas. La lluvia caía sin pausa, empapando la tierra hasta volverla pesada. La niebla de la mañana aún no se disolvía del todo, flotando entre las tumbas como un velo que separaba a los vivos de los muertos.

Tristán caminó hasta la que conocía de memoria: una lápida de mármol blanco con letras doradas, limpias, grabadas con cuidado.

Kristen de Liones

Se arrodilló frente a la tumba y colocó el ramo con delicadeza, apoyándolo al costado derecho como siempre hacía. Era su manera de recordarla. De seguir estando con ella.

Se quedó en silencio unos segundos. El sonido de la lluvia sobre las hojas era lo único que llenaba el espacio.

—Hola, Kristen —susurró—. Hoy también llueve... como ese día.

Su voz era apenas un murmullo. La miraba como si pudiera verla allí, con ese cabello castaño desordenado, con sus ojos verdes llenos de vida, diciéndole que dejara de hacer el tonto y le contara lo que sentía de verdad.

—Volví al estanque donde todo empezó… donde solíamos ir . El paisaje que te gustaba sigue ahí, ¿Sabes? Ese lugar sigue estando normal, como si nada hubiera pasado. Como si tú no… —se le quebró la voz—. Como si tú no estuvieras aquí debajo.

Respiró hondo. Se limpió la cara, aunque no sabía si lo que caía eran lágrimas o solo lluvia.

—A veces te sueño. Y en mis sueños estás viva. Me hablas como antes. Me regañas por no seguir adelante. Me pides que deje de cargar culpas. Pero yo no sé cómo hacerlo.

Detrás de él, Isolda estaba de pie. Mojada, silenciosa. Como siempre.

La acompañaba desde que Kristen murió. Nadie se lo pedía, pero ella lo hacía. Sabía que él no quería estar solo, aunque no lo admitiera.

Pero esa vez, algo dentro de ella se quebró.

—Tristán… por favor. Acaba con esto —dijo, en voz baja, sin dureza, sin reclamo. Solo con cansancio.

Él no respondió.

—No puedes seguir viniendo aquí cada semana como si nada hubiera pasado. Tienes una misión. Eres uno de los Cuatro Jinetes. Kristen ya no está. Ya no te necesita.

Tristán cerró los ojos. Le dolía el pecho.

—Ya cállate, Isolda… por favor… —suplicó, sin fuerzas.

Ella dio un paso atrás. No quería herirlo. Pero la verdad pesaba.

Tristán se levantó, con la capa chorreando agua, dispuesto a marcharse. Isolda lo siguió sin decir nada. Como siempre.

Avanzaron apenas unos pasos, cuando un sonido los detuvo.

Un golpe.

Luego otro.

Después, una voz.

—¡AYUDA! ¡AYÚDENME!

Tristán se quedó inmóvil. Creyó haberlo imaginado. Pero entonces miró a Isolda, que estaba pálida, con los ojos abiertos como platos.

—¿Lo escuchaste? —murmuró él.

—Tristán… viene de ahí…

Ambos giraron. La voz… los golpes… venían de debajo de la tierra.

—¡NO PUEDE SER! —gritó Tristán, corriendo hacia la tumba de Kristen.

—¡AYÚDAME A RASCAR! —clamó desesperado.

Se arrodilló y comenzó a escarbar con las manos. No importaba la lluvia, el barro, las piedras. Isolda cayó junto a él, sin entender cómo, y empezó a ayudar. Las uñas se les partían. La tierra se pegaba como sangre.

Los gritos eran más fuertes. Más reales.

Tristán jadeaba. Su corazón parecía salírsele por la boca.

—¡KRISTEN! ¡ESTOY AQUÍ! ¡AGUANTA!

Al fin, tras remover capas de tierra empapada, apareció el brillo dorado de la tapa del ataúd. Tristán no dudó. La abrió de golpe, con un grito ahogado en los labios.

Allí estaba ella.

Kristen.

Su rostro no tenía cicatrices. Su cuerpo había cambiado ligeramente pero seguía más pálido. Sus labios temblaban. Y sus ojos… sus ojos verdes estaban abiertos, empañados por el terror.

Respiraba con dificultad, como quien regresa de un abismo.

Lo miró… y antes de poder decir algo, se desmayó.

—No… —susurró él, temblando—. No puede ser real…

Isolda se levantó de golpe.

—¡VOY POR AYUDA!

Y corrió colina abajo, sin mirar atrás.

Tristán no podía moverse. El temblor en sus manos era incontrolable. La sostuvo como si fuera de cristal. Como si con solo apretarla un poco, pudiera volver a morir.

La alzó en brazos y comenzó a caminar.

Paso tras paso. Bajo la lluvia, con el corazón en llamas y la mente hecha pedazos.

Cuando entró al castillo, las puertas se abrieron ante él como si el tiempo se detuviera. Nadie dijo nada. Nadie respiró.

Meliodas lo vio desde la escalera y corrió. Chion lo siguió de cerca.

Tristán apenas murmuró su nombre… y se desplomó.

Meliodas atrapó a Kristen en el aire, mirándola como si estuviera viendo un fantasma.

—Es… imposible —susurró.

Y así, mientras la lluvia seguía cayendo y la noche descendía sobre Liones, todos comprendieron una sola cosa:

La muerte no había querido a Kristen.

Y el mundo… estaba a punto de cambiar.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora