Capítulo 51

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Lancelot

Llevaba una semana entrenando a los chicos, aunque reconozco que me centre especialmente en Percival. Pero hoy decidí que era momento de detenerme… y mirar a Kristen. No porque dudara de ella. Todo lo contrario.

Sabía que podía pelear.

Sabía que desde niña fue sometida a aprender artes marciales, incluso las más peligrosas. Sabía que manejaba la espada como si hubiera nacido con una en la mano. Lo que me preocupaba no era su técnica.

Era su corazón.

Y los traumas que seguían clavados allí como astillas bajo la piel.

Esa mañana, cuando la llevé al campo de entrenamiento, le pedí que llevara su espada. La que encantó mi tío King y mi tío Meliodas le obsequió cuando ella decidió ser una caballero sacro. Ella la tomó sin dudar, y vi en su rostro la familiaridad de quien empuña algo que entiende sin pensar.

Claro que lo hacía con facilidad. Yo estuve presente cuando King la creó. Sabía de qué estaba hecha, lo que podía hacer… y lo que podía sacar de su dueña.

—¿Estás segura? —le pregunté una última vez.

—Estoy contigo —respondió ella. Y eso bastó.

Usé la misma técnica que había aplicado con Percival: imitar los movimientos reales de enemigos pasados, sin asumir sus personalidades. Solo el estilo de combate. Quería que Kristen reaccionara, no que se bloqueara.

Y reaccionó.

Al principio dudó. Medía sus golpes, contenía su fuerza, se frenaba antes de golpear con intención. Yo aumenté el ritmo. La empujé. La presioné. De repente, sin pensarlo, olvidé que era mi amada. Olvidé que era ella.

Y fui duro.

Le exigí. La provoqué. La arrinconé con golpes mágicos y desplazamientos bruscos. No por crueldad, sino por miedo. Porque si yo no lo hacía, el mundo real lo haría. Y ahí no habría amor que la protegiera.

Kristen me miró como si no me reconociera. Pero no se echó atrás.

Sabía usar a la perfección su espada e incluso logró cortar mi prenda superior. Pero no a tal grado de herirme.

Entonces vi algo despertar en sus ojos. Algo oscuro. Una memoria. Un reflejo de la niña que había sido forzada a luchar, a herir, a matar… y que lo había hecho con las manos temblando.

—¡Muévete, Kristen! —le grité, esquivando su estocada—. ¡No estás en el pasado! ¡Mírame!

Ella soltó un grito y golpeó. El poder de su espada se encendió, una luz azul y cálida que respondía a su voluntad. Contraatacó con precisión. Defendió con instinto. Los movimientos que había enterrado desde su infancia volvían a surgir, violentos, dolorosos… pero reales.

Sin querer, uno de mis hechizos rozó su costado. La tela de su blusa explotó. Otro golpe voló la mitad de sus pantalones. Ella siguió peleando sin detenerse, ahora vestida solo con un sostén deportivo y un bóxer oscuro. Su piel brillaba por el sudor. Y yo…

Yo me perdí por un segundo.

No porque estuviera distraído. Sino porque solo Kristen podía verse tan devastadora y tan hermosa a la vez.

Aun así, el entrenamiento no se detuvo. Ella lo dio todo. Y justo cuando creí que no podía más, falló un bloqueo y cayó de rodillas.

—¡Basta! —gritó, con lágrimas en los ojos—. ¡No puedo… no quiero seguir así!

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora