Capítulo 68

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Narradora

Habían pasado ya tres meses después de la muerte de Kristen.

Nansies tomó la decisión de partir hacia el Bosque del Rey Hada. La carta que Kristen le había dejado fue el motivo definitivo. En ella, le confesaba todo lo que sabía: sobre el despertar de Percival, sobre los peligros de Camelot... aunque evitó revelar demasiado, como el verdadero origen de Nansies. Aun así, fue suficiente para empujarlo a buscar respuestas.

En Liones, Annie y Donny iniciaron su entrenamiento como caballeros sagrados. Sus habilidades mágicas comenzaban a florecer, y pronto estarían listos para futuras misiones.

Meliodas, por su parte, continuaba creando estrategias defensivas, anticipando una posible nueva amenaza de Camelot. Aunque Ban, King, Diane y Gowther intentaban mantenerse en contacto con él ante la ausencia de los Cuatro Jinetes, sabían que algo en Meliodas había cambiado. Se mostraba fuerte, como siempre... pero había grietas en su mirada.

Esa tarde, Elizabeth lo encontró en la taberna. Bebía en silencio, con los ojos clavados en nada.

No dijo una palabra. Solo se sentó a su lado.

-Nunca me perdonaré lo que le hice a Kristen -murmuró él, con la voz rota.

-No te culpes por eso... -susurró Elizabeth.

-Ella confió en mí. Me dijo todo lo que sabía... y aun así le oculté cosas que nunca debí. Permití que la odiaran, que Lancelot la lastimara sin razón.

Elizabeth apretó los labios. Sabía que, en el fondo, Meliodas tenía razón. Él había cometido un error que costó demasiado caro.

-Yo también llegué a verla como una hija -confesó Meliodas-. Ella logró que mi relación con Tristán se volviera más cercana. Sabía lo importante que era para mí, aunque yo mismo no lo supiera. Creí que un día ella y Tristán tomarían nuestro lugar... Pero hoy, ni siquiera queda la sombra de ese futuro.

Elizabeth recargó su cabeza en el hombro de Meliodas, con lágrimas silenciosas.

-Perdimos a Kristen... y con ella, también a Tristán. Nuestro hijo la ama, aunque ya no esté. Y Lancelot... ese joven... él debe estar peor que Tristán.

Meliodas asintió con lentitud.

-Es curioso... Ban y yo hablábamos de nuestros hijos hace unos días. Soñábamos que serían buenos amigos como nosotros. Pero en lugar de eso, se volvieron rivales. No los culpo. Por alguien como Kristen... ¿quién no lucharía?

Siguieron hablando. No para encontrar consuelo, sino para dejar escapar el dolor de a poco, como quien se quema los dedos para no incendiarse por dentro.

Y Tristán...

Bueno, él ya no sabía en qué punto había perdido el rumbo. Dormía poco. Comía menos. Apenas hablaba.

Isolda lo observaba en silencio, entre la tristeza y una rabia que no sabía cómo manejar. Lo había intentado todo, y aun así... no era suficiente.

Hasta que estallaron.

-¿Qué ganas con llorarle a una muerta? -le gritó ella-. ¡Ella no va a volver, Tristán!

-¡Cállate, Isolda!

-¡Ojalá me vieras a mí con esos mismos ojos! ¡Ojalá te dieras cuenta de que sigo aquí!

Tristán bajó la cabeza. Cerró los ojos con fuerza.

-Lo siento, Isolda... Pero no puedo olvidarla.

Y con eso, lo dijo todo. Ella no era Kristen. Y él ya no era el mismo.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora