Capítulo 81

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Narradora

El tiempo en Britania no se detenía.

Habían pasado ya casi ocho meses desde aquella noche en que Kristen se permitió una segunda oportunidad con Tristán.

Ambos decidieron seguir adelante.

Apostar por un amor más sereno, uno que pudiera sostenerse en el tiempo, incluso con las heridas abiertas.

Intentaban encontrar calma. Rutina. Sentido.
Pero había cosas que no podían reconstruirse tan fácilmente.

Kristen intentaba convencerse de que estaba bien. De que era suficiente.

Y sin embargo, había días en los que el pasado aún dolía.

Lo que sabía —o creía saber— sobre esta historia, había empezado a fracturarse.

En la versión que recordaba, Percival despertaría a los 18 años. Tristán desaparecería junto con Chion e Isolda tras esa búsqueda fallida. Y de Lancelot… simplemente no se sabría nada.

Pero su llegada a este mundo había alterado algo.

No de forma evidente. Apenas un desvío sutil en el hilo del destino.
Uno que nadie parecía notar, excepto ella.

Percival aún dormía. Nansies lo cuidaba sin importar el tiempo. Su despertar sería a los veinte, según los nuevos cálculos de los sabios demoníacos.

Y Kristen… simplemente se mantenía en pie.

Ya no había un camino claro a seguir. Desde la partida de Percival, todo parecía borroso.
Su presencia, sus decisiones, incluso sus sentimientos…

¿Realmente aún tenía un propósito aquí?

Tristán la amaba. Lo sabía. Lo sentía.

Y aun así, una parte de ella —la misma que no podía olvidar a Lancelot, ni a Jade, ni a la mirada de Elizabeth cuando la curó en vano— le recordaba que seguía rota.

Fue entonces que —al poco tiempo de cumplir sus diecisiete años— decidió acudir a Thetis.

Necesitaba aprender. Volverse útil.
Quería —debía— estar a la altura de Tristán.

—Enséñame todo lo que sepas —le dijo una tarde, con el corazón encendido—. Hechizos, conjuros, protección, defensa, lo que sea. Quiero ser tu aprendiz.

Thetis la observó un instante, y asintió con suavidad.

—Está bien… Pero prométeme que lo harás por ti. No por alguien más.

Kristen no respondió.

Lo haría por ambas cosas.

Durante los meses siguientes, progresó a pasos sorprendentes. Era natural para la magia. Sus encantamientos ganaban fuerza, y su cuerpo empezaba a soportar mejor los flujos de energía.

Era brillante, rápida, precisa.
Y aun así… seguía sintiéndose una sombra.

Tristán también había cambiado.

Desde hacía meses, viajaba con frecuencia al Reino Demoníaco. No como emisario de paz, sino como aprendiz.

Zeldris, su tío, había aceptado entrenarlo.
No por obligación, sino porque reconocía en él el mismo fuego que alguna vez vio en su hermano Meliodas.

Y Tristán, lejos de temerle a su herencia demoníaca, decidió comprenderla.

No quería reprimir esa parte de sí mismo. Quería dominarla.

—No puedo proteger a nadie si no me entiendo a mí mismo — había dicho una noche a Kristen, mientras ella se recargaba en su pecho.

No lo hacía por ambición ni por orgullo.
Lo hacía porque amaba a su gente.
Porque sabía que el enemigo al que se enfrentaban no tendría misericordia.

Zeldris lo entrenaba con dureza, sí. Pero Tristán respondía con una sonrisa obstinada, con esa actitud luminosa que no se apagaba ni siquiera ante la oscuridad del Reino Demoníaco.

Kristen lo admiraba por eso.
Él no se estaba volviendo más frío, ni distante.
Seguía siendo el mismo joven apasionado, generoso, algo imprudente a veces, pero siempre valiente.

Solo que ahora… estaba creciendo.

Y aunque lo extrañaba en cada viaje que hacía, también aprendía a confiar en que volvería más fuerte.
Más capaz.

Porque Tristán no se perdía a sí mismo en el poder.
Lo usaba como escudo, no como coraza.

Mientras tanto, en el corazón helado de Camelot, Lancelot se movía entre máscaras.

Había logrado entrar gracias a Pellegarth, uno de los caballeros más astutos al servicio de Arthur. Nadie sabía quién era realmente. Solo algunos lo conocían por un nombre falso, por su utilidad táctica y su eficiencia fría.

Arthur no sospechaba nada.

Ginebra era su único contacto directo con el castillo.

Se veían a escondidas, en una vieja torre abandonada, donde ella escapaba cuando las sombras se alargaban.

Era más joven que él, pero se comportaba como si ya fuera toda una mujer experta.
Atrevida, directa, confianzuda. Jugaba con la autoridad que Arthur le había otorgado como futura esposa.
Y sin embargo, seguía siendo una prisionera. Tan atrapada como cualquiera.

—¿Por qué nunca sonríes cuando me ves? —preguntó una vez, sentada sobre el borde de una mesa rota.

—No estoy aquí para eso —respondió Lancelot, sin mirarla.

—¿Entonces por qué vienes? —sonrió ella, mordiéndose el labio—. ¿Quieres información? ¿O solo te gusto más de lo que quieres admitir?

Lancelot no respondió.

La usaba. Lo sabía. Ella también. Pero jugaban al juego.
La necesitaba. No por deseo, ni por afecto, sino por lo que sabía.
Y cada palabra que obtenía, era una pieza más del rompecabezas de Arthur.

A veces ella se acercaba demasiado, rozándole el rostro, tomándole de la ropa. Y él la dejaba hacer.
Porque si se apartaba… quizás sospecharía.
Porque si fingía reciprocidad… hablaba más.

Y cada vez que salía de aquella torre, sentía que el frío no venía de Camelot, sino de sí mismo.

No había una noche en que no pensara en Kristen.

Ni siquiera estando con otra.

Ni siquiera fingiendo deseo.

Era su rostro el que veía, su voz la que recordaba, su nombre el que no se atrevía a pronunciar.

Había aprendido a caminar sin ella.
Pero no a olvidarla.

Y por eso… seguía avanzando.

Porque si alguna vez quería encontrarla de nuevo —si alguna vez podía volver a mirarla a los ojos sin arder de rabia o culpa— tendría que sobrevivir.

Tendría que derrotar a Arthur.

Y tendría que reconciliarse con el hombre en que se estaba convirtiendo.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora